miércoles, 12 de agosto de 2020

Miscelánea - Los deportistas de la pandemia

 

Por James Cifuentes Maldonado

 

Cuando a finales de abril, en el decreto nacional que actualizó las instrucciones para el aislamiento se incluyó una excepción para “fabricación, reparación, mantenimiento y compraventa de repuestos y accesorios de bicicletas convencionales y eléctricas”, tal y como hoy está  fijada en el decreto 1076 del 28 de julio, quienes hacemos el seguimiento de la norma pensamos que la medida obedecía fundamentalmente a generar alternativas de movilidad, especialmente para los trabajadores y de paso obtener una ganancia ambiental y ecológica.

La realidad superó las previsiones de la que en principio consideré era una medida más, sin mayor impacto. Si hoy nos damos una vuelta por las carreteras intermunicipales y las rutas y caminos rurales, encontramos una escena que jamás vimos ni en los mejores momentos del ciclismo, desde cuando se puso de moda, por las gestas de nuestros escarabajos; verdaderos enjambres de pedalistas en todas las variedades y presentaciones, ocupando el ancho de la calzada hasta llegar a convertirse en aglomeraciones y focos de riesgo sanitario, como los que se generan los fines de semanas en la vía al corregimiento de la Florida.

En la Florida, territorio de mayor vocación turística del municipio, hay sentimientos encontrados por parte de las autoridades y la comunidad, puesto que la afluencia de gente le viene bien a la reactivación económica, por el movimiento de los establecimientos de comercio, principalmente de comida, sin embargo no son indiferentes al compromiso que ello significa para la salud pública no solo de los lugareños sino de todos los visitantes que un solo día han llegado a contarse en más de 3000.

Cuando el confinamiento más severo pasó y se flexibilizó la práctica deportiva en espacios abiertos, yo pensé que habrían de volcarse a practicar ejercicio los que de manera regular lo han hecho en las vías activas; pero no, lo que observamos es una verdadera toma de la ciudad en la que de un momento a otro todos nos volvimos deportistas, exploradores del campo y fanáticos de la vida sana, donde es obvio concluir que ese inusitado espíritu deportivo no es más que la forma de escape que se nos hizo propicia sin violar la ley, ya que solo bastan un par de tenis y una cachucha o bajar la bicicleta que llevaba años colgada en el patio, para recobrar la libertad.

Lo delicado es que muchos no se han tomado el tema con seriedad y prácticamente se han lanzado a las calles a correr y pedalear sin contar con los más mínimos cuidados, lo que ha incrementado la ocurrencia de accidentes y quebrantos de salud, incluso fatales. A raíz del masivo uso de la bicicleta  en la pandemia, las autoridades nacionales han revelado el repunte de la accidentalidad con una variación del 31% de enero a julio de 2020, respecto del mismo periodo en el año anterior, con un total de 246 ciclistas muertos, lo que es un claro llamado a cuidarnos del virus de la Covid-19, pero también del virus de la imprudencia.

No basta con saber montar bicicleta, hay que tener un mínimo de pericia y técnica para capotear los distintos terrenos y los vehículos en la vía; no es lo mismo darse una vuelta por la manzana que subir la variante Condina o bajar a la Virginia; si no se es precavido se pueden tener percances y hasta morir en el intento…  pensémoslo.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Miscelánea - El Expresidente que nunca fue


Por James Cifuentes Maldonado  


Omar Rincón, reconocido crítico de televisión, a mi juicio, ha sido el único en este país que ha dicho algo razonable en relación con Álvaro Uribe y la permanente polarización que genera el expresidente. Según Rincón, el problema es que no ha sido posible que alguno de los numerosos procesos judiciales abiertos a este personaje avance y llegue a término, para que se establezca una verdad oficial; siempre, por algún motivo, los expedientes de Uribe se enredan, se dilatan y no llegan a ninguna parte.

Todo lo que se podía decir de Uribe ya se dijo y ejercicios de documentación tan audaces y desafiantes como la serie Matarife, ciertamente no aportan nada nuevo a la discusión, porque recaban en lo que ya se ha ventilado públicamente, pero que es inocuo porque no lo ha declarado un juez, haciendo que caigamos en el escenario que más le ha convenido al expresidente, el de la mera confrontación verbal, agitando, confundiendo y aprovechando el estado de opinión, a través de acusaciones y contraacusaciones, sin que jamás se llegue a la discusión de lo que en verdad importa: los hechos.

Ni Uribe ni su partido se han pronunciado concretamente sobre lo qué pasó o no pasó con la Seguridad Democrática, para descartar que las masacres y genocidios que se le achacan a dicha política tuvieron conexión con su gobierno. Uribe jamás le ha plantado cara a los colombianos de una manera genuina para defender sus actuaciones como director de la Aeronáutica Civil, ni ha tratado de desvirtuar sus supuestos vínculos con el cartel de Medellín, como tampoco ha fijado su posición sobre los falsos positivos ni los excesos ya probados por la justicia en el caso de varios militares de altísimo rango, algunos de los cuales se acogieron a la JEP y han hecho serias revelaciones sobre la realidad de la guerra sucia que involucró y sacrificó a civiles inocentes con tal de mostrar resultados.

Desde hace 10 años Uribe ha dicho de todo y en todos los tonos, pero nunca se ha referido a lo sucedido; en su lugar frente a cada denuncia siempre se ha mostrado reactivo defendiendo su honor. Y a propósito de dignidades, escuché al presidente Iván Duque dando declaraciones en las que justamente ponía de presente la integridad de su mentor, sobre la base de los resultados que mostró en el combate contra la insurgencia e incluso contra el paramilitarismo, pero la reflexión que aquí surge es que la honorabilidad no se atribuye solamente por los resultados sino que también se gana por las formas y la transparencia de los métodos, de donde se generan todas las sospechas y las zonas grises de la Seguridad Democrática.

Por lo menos algunos ministros se dieron la licencia de decir impertinencias, como que el asesinato de líderes sociales obedece a líos de faldas o que la inseguridad en ciertas regiones se limita al robo de ropa extendida, pero Uribe, ni eso. ¡Ah!, perdón, haciendo memoria, de unos muchachos que aparecieron muertos, Uribe dijo que seguramente no estarían cogiendo café.

Se ha conocido que el General (r) del Ejército, Henry Torres Escalante, admitió saber en su momento, año 2007, sobre los falsos positivos y haber omitido el deber de investigar, porque le interesaron más los reconocimientos. Se pregunta uno entonces, ¿cómo puede ser que alrededor de Álvaro Uribe hayan gravitado tantas irregularidades, que directa o indirectamente ayudaron a apuntalar su fama y su prestigio, sin que él haya estado al tanto, y sin que ni siquiera le hayan generado la más mínima responsabilidad política, como sucede en muchos países civilizados en los que, por elefantes más pequeños, se caen los ministros y los presidentes?

Hoy, a raíz de la sorpresiva e inédita medida de detención al expresidente Uribe, ordenada por la Sala de Instrucción de la Corte Suprema de Justicia, en desarrollo del proceso que se le adelanta por presunto soborno a testigos, sus seguidores dicen que es una injusticia y que es una decisión política, y sus detractores dicen todo lo contrario, porque nadie está por encima de la ley y del Estado de Derecho; democráticamente ambas posiciones, como opiniones, son legítimas, sin embargo la verdad verdadera finalmente la establecerá el Juez y esto es más democrático aún, y es lo único relevante.

Los seguidores de Uribe lo defienden y lo justifican a rabiar, pero mucho me temo que no es porque consideren que no cometió los reprochables actos de los que se le acusa, sino porque en el fondo estiman que, sean ciertos o no, el Expresidente ha actuado en bien de la patria; ¿cómo lo hizo? no importa. Es un fenómeno de ética colectiva, proclive a las salidas de fuerza, que incide en la forma de ser y de pensar de media Colombia, en la cual impera el fatídico principio de que el fin justifica los medios.

En Colombia no termina un escándalo para que empiece otro, y de alguna forma estamos acostumbrados a la corrupción de los servidores públicos y a la impunidad; sin embargo cuando los involucrados son los presidentes, estos, al terminar su período, normalmente se marginan de la política y hasta de la vida pública, en un tiempo sabático, y ese distanciamiento y la majestad que surge sobre la figura de los ya Expresidentes, de alguna manera conllevan como una especie de borrón y olvido y les confieren un estatus que los ubica en un olimpo, más allá del bien y del mal.

Pero Uribe, en su particular estilo, rompió esa tradición, no se salió nunca de la fogonera de la política y se hizo elegir senador, para seguir dando guerra y manejando los hilos de su proyecto, pero al mismo tiempo seguir bajo el escrutinio de la opinión pública, sobre todo bajo la lupa implacable de sus contradictores. Desde todo punto de vista, puede decirse que eso era innecesario y significaba un retroceso. Uribe ha debido ser más inteligente, reivindicarse con su familia y mantenerse más a la sombra, manejar su causa desde sus cuarteles de invierno y no exponerse tanto.

Si Uribe se hubiera dado su lugar de Expresidente y estadista, respetable para siempre, se hubiera evitado tanta pugnacidad y tantas investigaciones y sobre todo no se hubiera metido en el galimatías de denunciar al senador Cepeda por falsos testigos con el resultado adverso que ya se conoce.

Uribe erigió una buena obra en su primer cuatrienio, porque hizo lo que ningún presidente había hecho en 50 años, despertar el país del marasmo de un conflicto degradado y sin sentido, pero quiso ir más allá y, luego de acomodar la Constitución para tener un segundo período, siguió creciendo y alcanzó la gran estatura que tiene hoy, exponiéndose a demasiados riesgos y costos para cuidar y perpetuar su obra, los 3 huevitos, la cual está a punto de no tener un final feliz; final feliz que debió haber sido hace 10 años cuando desocupó la Casa de Nariño.



miércoles, 29 de julio de 2020

Miscelánea - Profetas de lo que ya pasó

 

Por James Cifuentes Maldonado 

En el caso de la tragedia del Portal de la Villa, al hacer el seguimiento desde el 11 de junio de 2019 cuando se dio el primer gran deslizamiento, con los 4 muertos a bordo y el cierre de la variante La Romelia El Pollo, la primera conclusión que surge es que un año pasa muy rápido y que las cosas no se dan cuando las autoridades quieren sino cuando se puede. En su momento el municipio declaró el estado de ruina de todas las viviendas de la referida urbanización y de las 49 viviendas afectadas del Barrio Matecaña, ordenándose su inmediata demolición. Viendo el estado de cosas hoy, con un nuevo evento, sobre el que incluso dicen generó un desplazamiento de tierra del doble del año pasado, a nadie le cabe duda en cuanto que las decisiones tomadas por la anterior administración fueron acertadas y oportunas, sin embargo es increíble reconocer que han debido pasar 13 meses y una nueva avalancha para que se pudiera iniciar la demolición como en efecto sucedió el pasado lunes.  

Los motivos, muchos, entre ellos la resistencia que un par de propietarios hicieron a la orden de demolición, a través de la interposición de recursos legales e incluso una acción de tutela que les fuera negada. Todo este trámite se extendió hasta el pasado mes de junio, cuando las dos familias que aun habitaban sendas viviendas de la manzana 11 tenían que haber desocupado. Pero no, fue necesario que la naturaleza se manifestara nuevamente y que las autoridades volvieran a hacer presencia en la zona del siniestro para percatarse de la situación y proceder perentoriamente y sin más dilaciones a la desocupación, en los términos en que lo prevé el artículo 202 del Código Nacional de Seguridad y Convivencia, ejecutada este fin de semana.  

Las familias argumentaron que la aseguradora no les ha cumplido con el pago, que el municipio no dispuso alternativas de reubicación y además que ellas tenían la confianza de que la ubicación actual de sus viviendas no hacía pensar en riesgo alguno. Lo del seguro y la reubicación es discutible, pero es un hecho que desde hace un año la zona ya no era apta para vivir y seguir allá era una irresponsabilidad; sin embargo, son comprensibles la angustia, la impotencia y los sueños rotos que todo este drama ha significado para unos seres humanos a los que, al final, les tocó irse para volver a empezar en otro lado.  

El alcalde de Pereira, Carlos Maya, al preguntársele sobre el nivel de compromiso de la pista del Aeropuerto Matecaña, a raíz del nuevo deslizamiento, afirmó, a manera de alegoría, que cada vez que juega la Selección Colombia todos nos volvemos técnicos de futbol, puntualizando que el aeropuerto no está en riesgo inminente o que no se pueda manejar.  

Entonces, ¿quien tuvo la culpa? … Me temo que nadie; porque hace 70 años, cuando el aeropuerto era una mera visión, nada de lo que ha pasado se avizoraba y todo lo desarrollado, salvo las invasiones, se dio bajo el amparo de la norma que era legítima y que hoy peregrinamente desvirtuamos con el espejo retrovisor. 

Y es verdad, en estos casos a mayor ignorancia nos sentimos más empoderados y con autoridad de cuestionar, sobre todo cuando se pierde el partido; cuando la Selección gana, ganamos todos, pero si los resultados son adversos, los más legos suelen tener la explicación irrefutable del fracaso, el dedo listo para señalar y la lengua afilada para acusar.

Miscelánea - El sinsentido común

                                                                    Foto tomada de CONTRAINFO

 

 

Por James Cifuentes Maldonado

 

 

Si me tocara definir la expresión “sentido común”, sin acudir a Google, diría que es la capacidad que tenemos las personas de entender ciertas cuestiones de manera fácil, sin mayores requerimientos de información o de inteligencia; es la comprensión de algunos temas o la respuesta a ciertas preguntas que por su carácter primario cualquier individuo mínimamente preparado estaría en capacidad de dar, sin necesidad de sofisticados estudios o confusos razonamientos. Sin embargo, esa facultad que por naturaleza y por lógica debería prevalecer no es tan común, o por lo menos no hace parte del vademécum de nuestros dirigentes a la hora de aplicar los remedios a los males que nos aquejan, sin ser capaces de, entre dos flagelos, elegir el menos peor.

 

Entender los efectos de la oferta y la demanda no debería ser tan difícil, siendo de Perogrullo que en un contexto de gran presión y necesidad, a menor disponibilidad de un bien, producto o servicio, mayor será su precio, y viceversa, y eso se entiende de una con ejemplos como el petróleo, el café, el arroz, la leche o, para no ir muy lejos, lo que sucedió con el gel antibacterial y los tapabocas, en los inicios de la pandemia.

 

Llevamos casi medio siglo escuchando y viendo noticias sobre los éxitos y reveses de la estéril guerra contra el narcotráfico, siempre creciente y cada vez con menos sentido, que alguien por allá lejos declaró por nosotros y en la que los colombianos ponemos casi todo, el ingenio emprendedor, el producto y por supuesto la violencia y los muertos, todo, menos la capacidad de autodeterminarnos y acabarla, porque lo más absurdo de este asunto es que quienes en mayor medida impulsan el auge de la industria con el consumo de narcóticos nos imponen esa guerra y hasta nos dan plata para comprar armas, para que no paremos de matarnos, aunque la marihuana y la coca sigan fluyendo a borbotones en la clandestinidad, en beneficio de las estructuras mafiosas, de izquierda y de derecha, cada vez más ricas y más poderosas, contaminando la economía y desmoronando la institucionalidad.

 

Pregunta ¿el combate contra el comercio ilícito de alucinógenos durante más de 40 años ha mostrado resultados que en suma puedan anticipar que algún día el Estado impondrá su ley, que ya nadie los consumirá y que nadie los venderá? Absolutamente NO. Nada hace pensar que eso vaya a suceder.

 

Mientras tanto los positivos que dan las autoridades, las capturas y las bajas, las incautaciones, las pequeñas y aun las grandes, seguirán siendo minúsculos esfuerzos de algunos hombres y mujeres valerosos y honestos, que cuando más servirán para ganar ascensos y crecer en popularidad, pero que jamás harán la diferencia, no dejarán de ser meras gotas en el océano de corrupción y criminalidad que propician las rentas ilícitas, como alguna vez lo fueron el juego, el tabaco y el alcohol, vicios que hoy hacen viable el presupuesto de los departamentos.


Enlace de interés:

https://www.contrainfo.com/13537/la-guerra-contra-el-narcotrafico-no-es-contra-el-narcotrafico-parte-2/

MISCELÁNEA 14 07 2020


 

 

Por James Cifuentes Maldonado

 

Hace un año bauticé con el nombre de “Miscelánea” este espacio de opinión que se me permitiera en el desaparecido periódico LA TARDE y que luego me dejaran continuar en la nueva era de EL DIARIO de Pereira. Vengo escribiendo siempre los miércoles, casi sin falta, desde hace más de un lustro, cuando empecé a ocupar el lugar que lentamente fuera dejando el médico Julio Sánchez Arbeláez, por motivos de salud; algo muy especial para mí, por lo que significó ocupar la tribuna de uno de los más avezados y curtidos en el oficio, que hizo célebre la tradicional “Minicolumna de Medusa”.

 

Ponerle nombre a una columna es un privilegio que está reservado para quienes se han forjado un sitio importante en las lides editoriales, con ejemplos de gran estatura que se me vienen a la cabeza como La Columna de D'Artagnan de Roberto Posada en El Tiempo, el siempre inteligente y divertido “Postre de Notas” de Daniel Samper Pizano en la Revista Carrusel, o, a nivel más parroquial, los célebres “Cantos de Maldoror” de Miguel Álvarez de los Ríos, las urticantes “Herejías” de Juan Manuel Buitrago y el “Escampavía” de Juan Guillermo Ángel.  Por consiguiente, tratar de emular a esos virtuosos de la pluma no deja de ser sumamente pretensioso.

 

Pero debo confesar que la Miscelánea no surgió por motivos muy trascedentes sino por física pereza de buscarle título a mis textos, esfuerzo que cada semana se me hacía descomunal e incluso más engorroso que escribirlos. El impacto de una columna de opinión depende del titular, el cual invita inmediatamente a leerla, cuando es sugestivo, o lleva a descartarla si no nos dice nada. Ahora, además de ser una comodidad, es un riesgo, porque dar un nombre habitual a un espacio editorial supone la confianza de que existen lectores asiduos que siempre lo buscarán, con la curiosidad de conocer los contenidos, lo cual representa el cielo para quienes nos arriesgamos a expresar lo que pensamos.

 

No es menor la admiración que siento entonces por los columnistas que se la juegan por titular de manera diferente sus aportes cada semana, como lo hacen Luis García Quiroga, Alfonso Gutiérrez Millán, Ernesto Zuluaga, Martha Elena Bedoya, Adriana Vallejo o Julian Cárdenas, entre otros, muy calificados opinadores con los que suelo informarme y educarme.

 

PDTA. Sobre las ejecutorias en los 6 meses de la actual administración, que no son pocas, solo diré que, a pesar de que gran parte de la gestión se ha  volcado a los desafíos que trajo el COVID-19, el alcalde Maya ha sabido sacar adelante el componente estratégico de la ciudad y le ha puesto el pecho a las situaciones difíciles, como las suscitadas en las actuaciones de algunos de sus colaboradores, ratificando, como lo hizo en reciente rueda de prensa, sin necesidad de que se lo preguntaran, la confianza que tiene en el buen desenlace de las investigaciones. Al parecer, al alcalde no le gustan las cuerdas pisadas.

miércoles, 8 de julio de 2020

Miscelánea 08-07-2020

Por James Cifuentes Maldonado

Ernesto Zuluaga, en su columna de El Diario, la semana pasada hizo un abordaje diferente del incidente en Pueblo Rico, poniendo el dedo en la llaga al afirmar, sin ambages, que lo sucedido con la niña embera fue motivo de un gran despliegue informativo para “exacerbar los corazones”, que sin embargo no consultó la realidad de los hechos, que indicarían que los indígenas de esa región son los propiciadores de situaciones tan lamentables, porque sus tradiciones arrojan a sus menores a las prácticas sexuales a muy temprana edad y que, en el caso puntual de lo sucedido con los soldados del Batallón San Mateo, las relaciones con la menor, aunque claramente abusivas y reprochables, al parecer, habrían sido consentidas, por dinero, a ciencia y paciencia de los progenitores.

Una sicóloga, con amplia experiencia en poblaciones indígenas, en la misma tesis del columnista, me manifestó que efectivamente en esas comunidades, so pretexto de la autonomía y de las costumbres ancestrales, se cometen arbitrariedades, especialmente con los niños y particularmente con las mujeres, quienes en muchos casos viven prácticamente sometidas a sus maridos, aunque ellas en su cosmovisión no sean conscientes o no juzguen lo que les pasa como un yugo, producto del machismo.

Quizás, bajo el amparo de la ley que los reconoce y pretende protegerlos, usufructuando el asistencialismo estatal, nuestros aborígenes han perdido el valor del trabajo, abandonando las actividades que históricamente les permitían su subsistencia, prefiriendo dedicarse a la mendicidad e incluso tolerar la prostitución de sus niñas. Me comentan que en algunos territorios es común ver a las indígenas apostarse en las afueras de las cantinas a esperar que sus hombres se emborrachen y salgan para emprender el regreso a casa, con las mujeres detrás y sus hijos a la espalda, la espalda de ellas, por supuesto.

Aunque lo planteado por Ernesto, agrega otros elementos culturales e incluso jurídicos, que harán parte de la investigación y de momento nos brindan otra perspectiva del asunto, un abuso es un abuso y más grave cuando se involucran niños, a los que se debe proteger; los soldados debían tener claro que no podría tratarse de un servicio, que sus acciones no se limitaban a sexo por plata, que era un delito.

No es menos cierto que los indígenas, aun con su imaginario y su cultura que los hacen diferentes, cuentan con plena capacidad de discernimiento y entienden perfectamente cómo funciona el mundo que ellos llaman “occidental”, con sus beneficios, sus vicios y sus reglas, entrando y saliendo del mismo según les convenga.

Para pensar: El abusador, sea guerrillero, cura, deportista, militar o profesor, no es abusador en razón de su profesión, su hábito o su uniforme, sino por los vacíos y sombras de su formación y por los vericuetos insondables de la naturaleza humana. No importa cómo se vistan, los abusadores están en cualquier parte.

miércoles, 1 de julio de 2020

Miscelánea


Por James Cifuentes Maldonado

 

Cuando suceden situaciones tan desgraciadas, tan indignantes, que van más allá de la mera corrupción y nos muestran lo retorcido y lo más oscuro del comportamiento humano, como los que tienen que ver con la trata de personas o los abusos sexuales, sea que estos provengan de particulares o sean protagonizados por servidores públicos, y puntualmente cuando esos servidores hacen parte de los organismos de seguridad, llamados precisamente a proteger la vida y la integridad de las personas, … cuando eso pasa, se me estruja el alma y pierdo la fe, en la humanidad, en el Estado y en las instituciones.

Siento mucha pena, porque pienso en mis propios hijos y en que ellos pudieran ser las víctimas; pienso en lo vulnerables que son y me sobrecojo, al sentir que en este mundo nadie está seguro, en ninguna parte.

Siento pena, pero ni siquiera por los implicados directamente, que al final son dueños de su suerte y deberán responder o no en la medida en que las evidencias los respalden y los liberen o los incriminen y los hundan.

En estos casos, no puedo evitar imaginar el huracán de sensaciones que deben afrontar los dolientes de esas personas; la contrariedad, el desconcierto, la angustia y la devastación de esos padres, de esos hermanos y de esos amigos que quizás se preguntarán, sin respuestas, cómo carajos ese ser querido terminó metiéndose en semejante lío, como el sucedido aquí nada más en Santa Cecilia, con los abusos de que fuera objeto una menor indígena, tristemente por parte de un puñado de jóvenes, que con su actuar, ya confeso, arruinaron la vida de una niña y de paso enterraron a los 20 años sus propios sueños y las esperanzas que sólo se pueden alimentar y construir en libertad.

Ahora, por tratarse de soldados regulares de extracción humilde, algunos ya han prejuzgado con hipótesis que explicarían su actuar por provenir de hogares disfuncionales, sin arraigo familiar y sin el acompañamiento y la formación suficiente en valores y principios, que nos dejarían en el escenario de que los padres de esos soldados de alguna forma, por acción o por omisión, son igualmente responsables de la tragedia causada por sus hijos.

Pero no, esa hipótesis me parece facilista, poco consecuente y poco realista; como padre de familia yo prefiero hacer la contrición y asumir que esos soldados también son mis hijos, que esos jóvenes a los que el sistema obliga a prestar un servicio para el cual no están preparados, también son responsabilidad mía y de toda la sociedad, que prefiere señalar y rasgarse las vestiduras antes que entender que todo lo bueno y lo malo que brota de nuestro suelo… es nuestra obra.