Por James Cifuentes Maldonado
Omar Rincón, reconocido crítico de televisión, a mi
juicio, ha sido el único en este país que ha dicho algo razonable en relación
con Álvaro Uribe y la permanente polarización que genera el expresidente. Según
Rincón, el problema es que no ha sido posible que alguno de los numerosos
procesos judiciales abiertos a este personaje avance y llegue a término, para
que se establezca una verdad oficial; siempre, por algún motivo, los
expedientes de Uribe se enredan, se dilatan y no llegan a ninguna parte.
Todo lo que se podía decir de Uribe ya se dijo y
ejercicios de documentación tan audaces y desafiantes como la serie Matarife,
ciertamente no aportan nada nuevo a la discusión, porque recaban en lo que ya
se ha ventilado públicamente, pero que es inocuo porque no lo ha declarado un
juez, haciendo que caigamos en el escenario que más le ha convenido al
expresidente, el de la mera confrontación verbal, agitando, confundiendo y
aprovechando el estado de opinión, a través de acusaciones y contraacusaciones,
sin que jamás se llegue a la discusión de lo que en verdad importa: los hechos.

Ni Uribe ni su partido se han pronunciado concretamente
sobre lo qué pasó o no pasó con la Seguridad Democrática, para descartar que
las masacres y genocidios que se le achacan a dicha política tuvieron conexión
con su gobierno. Uribe jamás le ha plantado cara a los colombianos de una
manera genuina para defender sus actuaciones como director de la Aeronáutica
Civil, ni ha tratado de desvirtuar sus supuestos vínculos con el cartel de
Medellín, como tampoco ha fijado su posición sobre los falsos positivos ni los
excesos ya probados por la justicia en el caso de varios militares de altísimo
rango, algunos de los cuales se acogieron a la JEP y han hecho serias
revelaciones sobre la realidad de la guerra sucia que involucró y sacrificó a
civiles inocentes con tal de mostrar resultados.
Desde hace 10 años Uribe ha dicho de todo y en todos los
tonos, pero nunca se ha referido a lo sucedido; en su lugar frente a cada
denuncia siempre se ha mostrado reactivo defendiendo su honor. Y a propósito de
dignidades, escuché al presidente Iván Duque dando declaraciones en las que
justamente ponía de presente la integridad de su mentor, sobre la base de los
resultados que mostró en el combate contra la insurgencia e incluso contra el
paramilitarismo, pero la reflexión que aquí surge es que la honorabilidad no
se atribuye solamente por los resultados sino que también se gana por las
formas y la transparencia de los métodos, de donde se generan todas las sospechas
y las zonas grises de la Seguridad Democrática.
Por lo menos algunos ministros se dieron la licencia de
decir impertinencias, como que el asesinato de líderes sociales obedece a líos
de faldas o que la inseguridad en ciertas regiones se limita al robo de ropa
extendida, pero Uribe, ni eso. ¡Ah!, perdón, haciendo memoria, de unos
muchachos que aparecieron muertos, Uribe dijo que seguramente no estarían cogiendo
café.

Se ha conocido que el General (r) del Ejército, Henry
Torres Escalante, admitió saber en su momento, año 2007, sobre los falsos
positivos y haber omitido el deber de investigar, porque le interesaron más los
reconocimientos. Se pregunta uno entonces, ¿cómo puede ser que alrededor de
Álvaro Uribe hayan gravitado tantas irregularidades, que directa o
indirectamente ayudaron a apuntalar su fama y su prestigio, sin que él haya
estado al tanto, y sin que ni siquiera le hayan generado la más mínima
responsabilidad política, como sucede en muchos países civilizados en los que,
por elefantes más pequeños, se caen los ministros y los presidentes?
Hoy, a raíz de la sorpresiva e inédita medida de detención
al expresidente Uribe, ordenada por la Sala de Instrucción de la Corte
Suprema de Justicia, en desarrollo del proceso que se le adelanta por presunto
soborno a testigos, sus seguidores dicen que es una injusticia y que es una
decisión política, y sus detractores dicen todo lo contrario, porque nadie está
por encima de la ley y del Estado de Derecho; democráticamente ambas posiciones,
como opiniones, son legítimas, sin embargo la verdad verdadera finalmente la establecerá
el Juez y esto es más democrático aún, y es lo único relevante.
Los seguidores de Uribe lo defienden y lo justifican a
rabiar, pero mucho me temo que no es porque consideren que no cometió los reprochables
actos de los que se le acusa, sino porque en el fondo estiman que, sean ciertos
o no, el Expresidente ha actuado en bien de la patria; ¿cómo lo hizo? no
importa. Es un fenómeno de ética colectiva, proclive a las salidas de fuerza,
que incide en la forma de ser y de pensar de media Colombia, en la cual impera
el fatídico principio de que el fin justifica los medios.

En Colombia no termina un escándalo para que empiece
otro, y de alguna forma estamos acostumbrados a la corrupción de los servidores
públicos y a la impunidad; sin embargo cuando los involucrados son los
presidentes, estos, al terminar su período, normalmente se marginan de la
política y hasta de la vida pública, en un tiempo sabático, y ese
distanciamiento y la majestad que surge sobre la figura de los ya Expresidentes, de alguna manera conllevan
como una especie de borrón y olvido y les confieren un estatus que los ubica en
un olimpo, más allá del bien y del mal.
Pero Uribe, en su particular estilo, rompió esa tradición,
no se salió nunca de la fogonera de la política y se hizo elegir senador, para
seguir dando guerra y manejando los hilos de su proyecto, pero al mismo tiempo
seguir bajo el escrutinio de la opinión pública, sobre todo bajo la lupa implacable
de sus contradictores. Desde todo punto de vista, puede decirse que eso era innecesario
y significaba un retroceso. Uribe ha debido ser más inteligente, reivindicarse
con su familia y mantenerse más a la sombra, manejar su causa desde sus
cuarteles de invierno y no exponerse tanto.
Si Uribe se hubiera dado su lugar de Expresidente y estadista,
respetable para siempre, se hubiera evitado tanta pugnacidad y tantas
investigaciones y sobre todo no se hubiera metido en el galimatías de denunciar
al senador Cepeda por falsos testigos con el resultado adverso que ya se conoce.
Uribe erigió una buena obra en su primer cuatrienio, porque hizo lo que ningún presidente
había hecho en 50 años, despertar el país del marasmo de un conflicto degradado y sin
sentido, pero quiso ir más allá y, luego de acomodar
la Constitución para tener un segundo período, siguió creciendo y alcanzó la
gran estatura que tiene hoy, exponiéndose a demasiados riesgos y costos para cuidar y
perpetuar su obra, los 3 huevitos, la cual está a punto de no tener un final feliz; final feliz
que debió haber sido hace 10 años cuando desocupó la Casa de Nariño.