Por James Cifuentes Maldonado
Siempre presumí de mi serenidad en los eventos naturales, especialmente en los temblores de tierra, lo que me permitía incluso apersonarme de la situación y ayudar a otros a guardar la calma y poder evacuar con seguridad el lugar donde estuviéramos. En esos momentos, no perder de vista lo que pasa en el entorno es de suma importancia para salvaguardar la integridad física propia y la de otras personas. Imaginemos lo que puede pasar si en estas situaciones todos nos volvemos histéricos y corremos como locos sin dirección, nos arrolla un vehículo o nos descalabra el muro o la teja que no vemos caer. En los eventos del 79, del 95 y del 99 yo tengo claro en qué lugar de Pereira estaba y recuerdo exactamente lo que sucedió antes, durante y después, recuerdo que ayudé a otros.
Sin embargo, esa cualidad mía no funcionó tan bien el pasado lunes 10 de agosto; a mí, como a casi todos los que nos ha tocado esta tragedia, me pareció que todo había terminado; entré en pánico y mi mente aún se niega a recordar y visualizar lo que pasó en esos 114 segundos que dicen que duró el terremoto, que hoy se ven como una eternidad; yo sabía que en 2 minutos se podía perder o ganar un partido de futbol, pero no llegué a pensar que en ese lapso tan corto se pudiera acabar el mundo, por lo menos mi mundo; en esta ocasión especialmente me aflige no recordar haber ayudado a nadie; mis instintos solo se ocuparon de mí mismo, y eso me da mucha pena.
A las 7:33 de ese día pagué la mensualidad en el parqueadero en Ciudad Victoria, crucé el túnel que conduce al edificio Torre Central y al centro comercial; justo cuando salía, antecitos de la exposición de arte de Germán Ossa, a las 7:34, el suelo empezó a trepidar, era un movimiento vertical, como cuando pasa el Megabus, alcancé a imaginar el articulado y cuando estaba cavilando que eso no era posible porque estaba muy lejos del carril, la trepidación cambió por un zarandeo de fuerza descomunal de oriente a occidente acompañado de un sonido que no puede ser otro que el sonido del infierno; literalmente la tierra bramaba y los dos edificios entre los que me encontraba crujían y se balanceaban lanzando material al aire; en el medio, la imagen del edificio Perla del Otún que literalmente bailaba, en los resortes que dicen que tiene.
De manera automática crucé todo el corredor y al final del mismo, sin recordar haber subido las escaleras, me vi parado en el andén de la calle 18, envuelto en una espesa polvareda que al disiparse un poco me dejó ver una muestra de lo sucedido; las edificaciones cercanas a la cerrera 11 ya no estaban y el Hotel Victoria estaba inclinado hacia la izquierda, doblegado pero sin caer, en medio de la destrucción.
Caí en cuenta que
minutos antes mi esposa había subido al piso 9 de Torre Central, sentí el
horror como nunca lo había sentido, porque creía que ese edificio se había
derrumbado; corrí despavorido por la peatonal, y doblé sobre la calle 17,
cuando aún caían ladrillos del Edificio de Rentas, y sobre el semáforo estaba ella,
cruzando hacia la plaza; nos miramos, no nos abrazamos pero al unísono gritamos
¡los chicos! … Los chicos estaban bien, pero la ciudad estaba
arrasada, con un centenar de pereiranos menos y cubierta por un dolor imposible
de olvidar.

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