Por James E. Cifuentes M.
Llega un momento en la vida en el
que las visiones de padres e hijos empiezan a correr por caminos diferentes,
como en universos paralelos, con algunos puntos de confluencia, especialmente
aquellos que nos recuerdan que, aunque ellos (los hijos) crezcan, jamás la
tarea estará completa y siempre, de una forma u otra, vendrán a nosotros para
resolver alguna cuita o suplir una necesidad. Los hijos, cuando son
adolescentes, sabemos que los tenemos, sabemos que nos aman, así no nos lo
digan muy a menudo y a veces se sienta que el papel más predominante de los papás
es el de proveer, ya que en materia de cariño es más notorio el de las mamás. Hablo
con cierta propiedad de esto porque también fui joven y aun sigo siendo hijo y
mi señora madre me sigue dando la mano, incluso sin pedírselo, porque ella es
como una pitonisa que lo sabe todo, sabe cuándo falta algo en mi casa o cuando algo
está roto dentro de mí.
Esta historia es sobre mi hija, Isabela, con una
sola L, como suele aclarar ella cada vez que le preguntan el nombre; es sobre
ella y de contera sobre un puñado de personas que por cuestiones del destino
terminaron formando parte desde el inicio o en el final. Los protagonistas circunstanciales
son los artistas del grupo juvenil surcoreano BTS y, por supuesto
la estrella central es la “mia ragazza”.
Sobre BTS no voy a
decir más de lo que sé, primero porque no soy experto ni seguidor del grupo y segundo
porque los artistas en este caso solo sirven de medio o de fondo para desentrañar
la trama de la historia, que no es otra cosa que la relación entre un padre y sus
hijos, y todo lo que, en mi particular caso, estoy dispuesto a hacer por ellos.
Corría el mes de abril de 2026 y mi
hija estaba super entusiasmada con el anuncio de la gira que BTS
haría por Latinoamérica, incluida Colombia con dos conciertos en Bogotá, el 2 y
el 3 de octubre. BTS es un grupo juvenil surcoreano que, aunque
no inventó el género, ha llevado el llamado K-Pop a la máxima
expresión, en un proceso que inicia en 2013 y se interrumpe entre 2022 y 2023
por cuenta del servicio militar que en Corea no tiene excepciones, así se trate
del grupo musical más famoso del planeta. Esta circunstancia le dio una
connotación especial al grupo que lo relanzó y los volvió a poner en la cima,
cautivando a dos generaciones en todo el mundo. El tema se resume en que son un
fenómeno comercial, con sus pintas, sus canciones y especialmente sus
coreografías.

Isabela, empezó a planear lo que
sería el viaje, cómo se habría de desplazar a Bogotá, dónde se habría de alojar
y, lo más importante: La compra de la boleta. Como era previsible, las boletas
se agotaron en un 2x3 y con ello se diluyó la ilusión de mi hija. Yo tuve mi
propia experiencia cuando intenté ir al concierto de Sistem Of a Down,
el grupo de metal californiano que se presentó en Colombia en 2025 y cuya
preventa agotó existencias en 5 minutos, dejándome sin posibilidades.
Para mi hija fue catastrófico y una
frustración que llevó a cuestas por varios meses, que tocó hondo la carne y
hasta el hueso el día en que BTS cantó en el cierre del mundial
de futbol en Estados Unidos; en esa oportunidad yo ni modulé, no le toqué el
tema, por aquello de que no se habla de la cuerda en la casa del ahorcado; pero
la pena y el sufrimiento seguían ahí, incrementando en la medida en que se
acercaba la fecha de los conciertos de los chicos surcoreanos en el Campín.
Mi hija no lo sabía, pero yo llevaba
en silencio un poco de su pena y en ocasiones tuve el arrebato de buscar una
reventa de boletas, así me tocara cortarme una mano para comprarle una, pero lo
deseché, primero porque necesito la mano, segundo porque en la reventa llegaron
a negociarse boletas hasta por 4 millones de pesos cada una y, tercero, porque,
equivocadamente, pensaba que al final eso era una bobada, que no era para tanto
y que no valía la pena, que mi hija tendría que entenderlo y superarlo.
El martes 29 de septiembre, era un
día normal, Felipe, mi otro hijo fue al colegio, mi señora y yo al trabajo e
Isabela a la U donde retomó clases presenciales de manera parcial, luego de la
emergencia del terremoto en Pereira; Isa estudia comunicación social. Al mediodía,
la nena, que tiene ya 20 años, pero como “mi nena” para siempre se quedará, me
pidió que pasara a recogerla luego de clases; así lo hice, porque ella es
prioridad.
Almorzamos juntos en casa y a las 2
p.m. yo volví al trabajo. Serían quizás las 3 de la tarde cuando Isabela me
llamó por WhatsApp, dije - Hola hija, en la forma acostumbrada y al otro lado
de la línea una voz quebrada en llanto, en una mezcla de excitación y desgarro
me decía: ¡papá, no sabes lo que acaba de pasar!, yo imaginé lo peor, que
a Tony, nuestro pincher vaquita, lo había matado un carro, que a Felipe o a su
mamá les había pasado una desgracia, o incluso que se había caído la casa por
algún daño en la estructura que no habíamos notado luego del terremoto. Aun
atacada en sollozos y emoción, Isabela dijo: ¡papá lo logré, compré la boleta!
Se hizo el milagro, y no propiamente
el de la patria, sino el milagro de Isa, quien por obra y gracia de una
liberación de boletas que hizo la organización del concierto, obtuvo la suya,
en medio de una puja virtual en la plataforma de Ticket Master, literalmente
corriendo y luchando codo a codo con miles de personas por un cupo, y lo logró,
una boleta, una entrada, que era mucho más que eso, que valía oro, que
representaba mucho en la vida de ella, aunque a mí me pareciera absurdo, aunque
no lo pudiera entender. Su hermano tuvo mucho que ver, porque ayudó con dos
móviles y con dos computadores, navegando en simultánea como respaldo para que,
por nada del mundo, la transacción se cayera o fallara. El otro momento más
feliz vino después, con el concierto.
- Bueno papá, me dijo Isa, - cómo le
vamos a hacer para el viaje; yo le respondí, - hija como tú quieras, ya no hay
tiempo de avión, nos vamos en carro o en moto o, lo que es mejor, por la
comodidad, en un bus. Nos inclinamos por esta última opción. Eso fue ese mismo
martes del milagro y de allí en adelante en mi casa no se hablaba de nada más
que no fuera del concierto de BTS, de la sensación de dicha e
incredulidad que aun invadía el cuerpo de mi hija, de lo grandioso que ese
concierto habría de ser y que ella iba a formar parte de eso, con 90 mil
personas más. Confieso que llegué a preocuparme, porque lo de mi hija ya estaba
rayando en el delirio; se lo dije y ella se desesperó porque sintió que su papá
la tomaba por loca. Vine a comprender la dimensión del asunto el día del
concierto, hablando con otros papás en mí misma situación.

Como pude, en medio de tantas
ocupaciones, compré los pasajes de bus el viernes 2 de octubre por la tarde,
para viajar a las 10 de la noche. Mi mamá patrocinó la ida (vieja alcahueta).
Salimos con 10 minutos de retraso de la terminal de Pereira, acomodados en el segundo
piso de un DUO o bus doble y todo iba de ensueño hasta que, ¡PUM!, sentimos el
impacto de algo en la parte baja del vehículo; era un carro chiquito que había
colisionado con nosotros; la cara de mi hija era de desilusión, decía: ¡no
puede ser, aquí nos quedamos! La cosa se resolvió con muchas fotos del
estrellón y el cruce de teléfonos entre los conductores. Al cabo de una hora
logramos retomar la marcha. Nos dormimos saliendo de Pereira y despertamos luego
de Cajamarca; en adelante el viaje fue puro vértigo, viendo como la inmensa
mole que era el bus de dos pisos se balanceaba en cada curva y se disparaba en
cada recta; llegamos a las 4:40 am a la terminal del Salitre de Bogotá, con
trancón y todo, hagan cuentas del tremendo ritmo en la carretera.
Había que hacer tiempo hasta las 4
p.m. que calculamos se abrirían las puertas del estadio. Desayunamos, visitamos
la zona histórica del centro, la Plaza de Bolívar, la Casa de Nariño, la
Biblioteca Luis Ángel Arango, luego nos deleitamos con un café en un lugarcito
super acogedor (La Tregua) en la Candelaria, que está más interesante que nunca
y, finalmente pasamos por la Plaza de la Concordia donde compré unas chucherías.
A la 1 p.m. nos fuimos para el centro comercial Galerías, a 5 cuadras del
estadio, allí almorzamos, luego mi hija se transformó con los atavíos propios
de la temática del K-pop, divina quedó con su short, sus botas de
plataforma, su buso negro y rojo y su cara iluminada, al igual que la de las miles
y miles de señoritas que vi pasar y que andaban en las mismas.



Mientras Isabela se daba un retoque
en el baño, un señor de acento costeño que me encontré en la zona de recarga
del centro comercial me dijo que lo mejor era que arrancara para el estadio
porque había mucha congestión para entrar, y no se equivocó. Cubrimos rápido el
trayecto hacia El Campín y, en efecto, había un río humano queriendo entrar a
las diferentes localidades; por tremendo y vergonzoso que suene, yo le entregué
mi hija a esa marea de gente y esperé por casi dos horas con la pupila dilatada
a que apareciera en el filtro del acceso, luego de las dos manzanas a la
redonda de cola previa que le tocó hacer a mi muchacha. La vi entrar, iba
feliz, cero preocupaciones, no pensaba en mí, solo en ella, en su hazaña y en
las amigas espontáneas que ya había conseguido, colombianas e incluso
extranjeras.
A partir de ese momento me quedé
solo, incomunicado, ya que la red celular estaba saturada, en medio de una
muchedumbre, de cientos de personas sin boleta que igual se iban a gozar el
concierto afuera, de un enjambre de vendedores ambulantes y de muchos policías
y controladores que poco podían hacer para poner en orden ese carnaval del que hacían parte chicas e
incluso señoras muy aseñoradas que iban y venían por la calle, llevando sus
bolsos llenos de recordatorios, detallitos y presentes que en la cultura K-pop
y particularmente en la fanaticada de BTS han denominado Freebies
y cuyo objetivo es compartirlos o intercambiarlos espontáneamente con quien se
encuentren a su paso. Por ejemplo, mi hija diseñó unas postales con los
miembros del grupo BTS hermosamente vestidos con la camiseta del Deportivo
Pereira, y así mismo la gente se intercambiada llaveros, pulseras, anillos,
diademas, collares y una infinidad de elementos que, al margen de su
suntuosidad o sencillez, brillaban por la dedicación, el cariño y la mística con
la que fueron elaborados.

Isabela debía esperar 5 horas para
el inicio del show que estaba programado para dos horas, en total 7 horas, en
las que yo estaría en la zona A, o sea afuera, en una calle sin espacio para
caminar ni sentarse, el aburrimiento y el cansancio eran seguros, pero, sucedió
lo que suele suceder en estos casos en Colombia por la amabilidad y la
queridura de su gente.

En un rincón del antejardín de una
tienda había una mesa y a su alrededor estaban sentados: Paula, una señora locuaz
y dicharachera proveniente de Medellín que había llevado a su hija y otra
pariente a ver el espectáculo; Anderson, amigo cómplice de Jéssica que estaba a
su lado mostrándole todos los Freebies que le habían regalado;
Jéssica no tenía entrada para el concierto, pero se propuso hacer y disfrutar
su fiesta como si estuviera adentro en la gramilla. Y llegué yo a sumarme y a
enterarme, por intermedio de ellos, y de toda esa locura que había dentro y
fuera del estadio, de la dimensión del asunto de BTS y toda esa
tribu y esa fraternidad construida alrededor de la cultura del grupo asiático y
el K-pop. Hasta ese momento yo ignoraba casi todo, por eso era imposible
entender a mi hija cuando casi convulsiona por haber logrado comprar una boleta.
Con los amigos que el azar y la
coincidencia me dieron pasé la tarde, nos tomamos unas cervezas y cuando inició
el show nos emocionamos como Jéssica, con ella vimos a BTS
cantar, rapear, bailar y decir algunas frases en español a través de un en
vivo que logré conectar a través de TikToc en mi móvil, la
providencia quiso que la batería aguantara hasta el final, ese final que fue un
poco tensionante y procedo a explicar.
Estaba previsto que al cabo de las
dos horas de show BTS se retiraría en medio de una gran explosión
de fuegos artificiales, que la gente miraría absorta, mientras Jungkook, V,
Jimin, Suga, RM y Jin, las estrellas surcoreanas abordaban un convoy de
camionetas de alta gama. Pues, en efecto, así sucedió, fueron algo más de dos
minutos de una explosión de color en el cielo capitalino, de tal suerte que
nadie se movió hasta que estalló el ultimo volador. Mientras tanto afuera la
policía dirigía la evacuación del público, 43 mil personas que debían salir por
dos puertas hacia sendas calles de 5 metros de ancho, restringidas con un
vallado a lado y lado.
¡Miércoles! nos
miramos y nos dijimos, Paula, la paisa de Medellín y yo, ¿cómo putas vamos a
ver pasar a nuestras hijas en ese mar de gente? con el agravante de no tener
señal de teléfono para coordinarnos. Respiramos y pensamos que lo peor que
podía pasar era que tuviéramos que esperar a que se dispersara toda la gente,
porque las chicas tenían especial instrucción de llegar y no moverse de la
misma esquina donde las dejamos. Y así fue, primero apareció Isa y luego las
chicas de Paula, quien antes había tenido un agarrón con un costeño con el que intercambió,
ya no Freebies, sino varios madrazos por la disputa de la mejor
posición para empinarnos en el vallado y buscar a las muchachas. Por suerte la
cosa no trascendió.
Reunidos todos, iniciamos el
retorno, Paula a Medellín en avión, tenía el tiempo medido para llegar al
aeropuerto, Anderson se había ido antes, se lo había llevado la novia, Sara,
quien se molestó por las confiancitas con Jéssica, la boyacacuna que nació en
Arcabuco que vive en Suba y trabaja en un Call Center, que nos ayudó a todos a
encontrar la salida en ese remolino que eran los alrededores del Campín a las
11 de la noche.
Ya abordo en el taxi que nos
llevaría a la terminal, le pregunté a Isa, - ¿hija y como estuvo el show? Y me
contestó, - papá necesitaré mucho tiempo para explicarte, por ahora estoy muy
cansada, pero mucho más feliz.
El regreso no fue como la ida, y
aquí estuvo el drama, porque llegamos a la terminal del Salitre a las 12:30
a.m., ya no había salidas de buses para Pereira y nos tocó amanecer sentados, luchando
contra el sueño, el frio y la incomodidad de las sillas de la sala de espera,
hasta las 4:30 a.m. que salía el bus de Velotax, que no volveré a tomar jamás,
porque paró en todas partes y nos dejó en la terminal de Pereira 10 horas
después de arrancar en Bogotá.
Caminando hacia la zona de taxis, le
volví a preguntar a Isa si la experiencia con BTS y las
peripecias para verlo habían valido la pena y me respondió: - No quiero
imaginar no haber sido parte de ese momento, gracias por hacerlo posible papá.
Para mi hija era un sueño, que
algunos quizás juzgarán frívolo; mi sueño era su cara de satisfacción al
regreso. Ambos lo logramos. No fue un milagro en el sentido más noble y
piadoso, pero fue nuestro gran milagro.