sábado, 10 de octubre de 2026

Crónica de un milagro

 


Por James E. Cifuentes M.

Llega un momento en la vida en el que las visiones de padres e hijos empiezan a correr por caminos diferentes, como en universos paralelos, con algunos puntos de confluencia, especialmente aquellos que nos recuerdan que, aunque ellos (los hijos) crezcan, jamás la tarea estará completa y siempre, de una forma u otra, vendrán a nosotros para resolver alguna cuita o suplir una necesidad. Los hijos, cuando son adolescentes, sabemos que los tenemos, sabemos que nos aman, así no nos lo digan muy a menudo y a veces se sienta que el papel más predominante de los papás es el de proveer, ya que en materia de cariño es más notorio el de las mamás. Hablo con cierta propiedad de esto porque también fui joven y aun sigo siendo hijo y mi señora madre me sigue dando la mano, incluso sin pedírselo, porque ella es como una pitonisa que lo sabe todo, sabe cuándo falta algo en mi casa o cuando algo está roto dentro de mí. 

Esta historia es sobre mi hija, Isabela, con una sola L, como suele aclarar ella cada vez que le preguntan el nombre; es sobre ella y de contera sobre un puñado de personas que por cuestiones del destino terminaron formando parte desde el inicio o en el final. Los protagonistas circunstanciales son los artistas del grupo juvenil surcoreano BTS y, por supuesto la estrella central es la “mia ragazza”.

Sobre BTS no voy a decir más de lo que sé, primero porque no soy experto ni seguidor del grupo y segundo porque los artistas en este caso solo sirven de medio o de fondo para desentrañar la trama de la historia, que no es otra cosa que la relación entre un padre y sus hijos, y todo lo que, en mi particular caso, estoy dispuesto a hacer por ellos.   

Corría el mes de abril de 2026 y mi hija estaba super entusiasmada con el anuncio de la gira que BTS haría por Latinoamérica, incluida Colombia con dos conciertos en Bogotá, el 2 y el 3 de octubre. BTS es un grupo juvenil surcoreano que, aunque no inventó el género, ha llevado el llamado K-Pop a la máxima expresión, en un proceso que inicia en 2013 y se interrumpe entre 2022 y 2023 por cuenta del servicio militar que en Corea no tiene excepciones, así se trate del grupo musical más famoso del planeta. Esta circunstancia le dio una connotación especial al grupo que lo relanzó y los volvió a poner en la cima, cautivando a dos generaciones en todo el mundo. El tema se resume en que son un fenómeno comercial, con sus pintas, sus canciones y especialmente sus coreografías. 


Isabela, empezó a planear lo que sería el viaje, cómo se habría de desplazar a Bogotá, dónde se habría de alojar y, lo más importante: La compra de la boleta. Como era previsible, las boletas se agotaron en un 2x3 y con ello se diluyó la ilusión de mi hija. Yo tuve mi propia experiencia cuando intenté ir al concierto de Sistem Of a Down, el grupo de metal californiano que se presentó en Colombia en 2025 y cuya preventa agotó existencias en 5 minutos, dejándome sin posibilidades.
 

Para mi hija fue catastrófico y una frustración que llevó a cuestas por varios meses, que tocó hondo la carne y hasta el hueso el día en que BTS cantó en el cierre del mundial de futbol en Estados Unidos; en esa oportunidad yo ni modulé, no le toqué el tema, por aquello de que no se habla de la cuerda en la casa del ahorcado; pero la pena y el sufrimiento seguían ahí, incrementando en la medida en que se acercaba la fecha de los conciertos de los chicos surcoreanos en el Campín.   

Mi hija no lo sabía, pero yo llevaba en silencio un poco de su pena y en ocasiones tuve el arrebato de buscar una reventa de boletas, así me tocara cortarme una mano para comprarle una, pero lo deseché, primero porque necesito la mano, segundo porque en la reventa llegaron a negociarse boletas hasta por 4 millones de pesos cada una y, tercero, porque, equivocadamente, pensaba que al final eso era una bobada, que no era para tanto y que no valía la pena, que mi hija tendría que entenderlo y superarlo. 

El martes 29 de septiembre, era un día normal, Felipe, mi otro hijo fue al colegio, mi señora y yo al trabajo e Isabela a la U donde retomó clases presenciales de manera parcial, luego de la emergencia del terremoto en Pereira; Isa estudia comunicación social. Al mediodía, la nena, que tiene ya 20 años, pero como “mi nena” para siempre se quedará, me pidió que pasara a recogerla luego de clases; así lo hice, porque ella es prioridad. 

Almorzamos juntos en casa y a las 2 p.m. yo volví al trabajo. Serían quizás las 3 de la tarde cuando Isabela me llamó por WhatsApp, dije - Hola hija, en la forma acostumbrada y al otro lado de la línea una voz quebrada en llanto, en una mezcla de excitación y desgarro me decía: ¡papá, no sabes lo que acaba de pasar!, yo imaginé lo peor, que a Tony, nuestro pincher vaquita, lo había matado un carro, que a Felipe o a su mamá les había pasado una desgracia, o incluso que se había caído la casa por algún daño en la estructura que no habíamos notado luego del terremoto. Aun atacada en sollozos y emoción, Isabela dijo: ¡papá lo logré, compré la boleta! 

Se hizo el milagro, y no propiamente el de la patria, sino el milagro de Isa, quien por obra y gracia de una liberación de boletas que hizo la organización del concierto, obtuvo la suya, en medio de una puja virtual en la plataforma de Ticket Master, literalmente corriendo y luchando codo a codo con miles de personas por un cupo, y lo logró, una boleta, una entrada, que era mucho más que eso, que valía oro, que representaba mucho en la vida de ella, aunque a mí me pareciera absurdo, aunque no lo pudiera entender. Su hermano tuvo mucho que ver, porque ayudó con dos móviles y con dos computadores, navegando en simultánea como respaldo para que, por nada del mundo, la transacción se cayera o fallara. El otro momento más feliz vino después, con el concierto. 

- Bueno papá, me dijo Isa, - cómo le vamos a hacer para el viaje; yo le respondí, - hija como tú quieras, ya no hay tiempo de avión, nos vamos en carro o en moto o, lo que es mejor, por la comodidad, en un bus. Nos inclinamos por esta última opción. Eso fue ese mismo martes del milagro y de allí en adelante en mi casa no se hablaba de nada más que no fuera del concierto de BTS, de la sensación de dicha e incredulidad que aun invadía el cuerpo de mi hija, de lo grandioso que ese concierto habría de ser y que ella iba a formar parte de eso, con 90 mil personas más. Confieso que llegué a preocuparme, porque lo de mi hija ya estaba rayando en el delirio; se lo dije y ella se desesperó porque sintió que su papá la tomaba por loca. Vine a comprender la dimensión del asunto el día del concierto, hablando con otros papás en mí misma situación.



Como pude, en medio de tantas ocupaciones, compré los pasajes de bus el viernes 2 de octubre por la tarde, para viajar a las 10 de la noche. Mi mamá patrocinó la ida (vieja alcahueta). Salimos con 10 minutos de retraso de la terminal de Pereira, acomodados en el segundo piso de un DUO o bus doble y todo iba de ensueño hasta que, ¡PUM!, sentimos el impacto de algo en la parte baja del vehículo; era un carro chiquito que había colisionado con nosotros; la cara de mi hija era de desilusión, decía: ¡no puede ser, aquí nos quedamos! La cosa se resolvió con muchas fotos del estrellón y el cruce de teléfonos entre los conductores. Al cabo de una hora logramos retomar la marcha. Nos dormimos saliendo de Pereira y despertamos luego de Cajamarca; en adelante el viaje fue puro vértigo, viendo como la inmensa mole que era el bus de dos pisos se balanceaba en cada curva y se disparaba en cada recta; llegamos a las 4:40 am a la terminal del Salitre de Bogotá, con trancón y todo, hagan cuentas del tremendo ritmo en la carretera.  

Había que hacer tiempo hasta las 4 p.m. que calculamos se abrirían las puertas del estadio. Desayunamos, visitamos la zona histórica del centro, la Plaza de Bolívar, la Casa de Nariño, la Biblioteca Luis Ángel Arango, luego nos deleitamos con un café en un lugarcito super acogedor (La Tregua) en la Candelaria, que está más interesante que nunca y, finalmente pasamos por la Plaza de la Concordia donde compré unas chucherías. A la 1 p.m. nos fuimos para el centro comercial Galerías, a 5 cuadras del estadio, allí almorzamos, luego mi hija se transformó con los atavíos propios de la temática del K-pop, divina quedó con su short, sus botas de plataforma, su buso negro y rojo y su cara iluminada, al igual que la de las miles y miles de señoritas que vi pasar y que andaban en las mismas.



 


Mientras Isabela se daba un retoque en el baño, un señor de acento costeño que me encontré en la zona de recarga del centro comercial me dijo que lo mejor era que arrancara para el estadio porque había mucha congestión para entrar, y no se equivocó. Cubrimos rápido el trayecto hacia El Campín y, en efecto, había un río humano queriendo entrar a las diferentes localidades; por tremendo y vergonzoso que suene, yo le entregué mi hija a esa marea de gente y esperé por casi dos horas con la pupila dilatada a que apareciera en el filtro del acceso, luego de las dos manzanas a la redonda de cola previa que le tocó hacer a mi muchacha. La vi entrar, iba feliz, cero preocupaciones, no pensaba en mí, solo en ella, en su hazaña y en las amigas espontáneas que ya había conseguido, colombianas e incluso extranjeras. 

A partir de ese momento me quedé solo, incomunicado, ya que la red celular estaba saturada, en medio de una muchedumbre, de cientos de personas sin boleta que igual se iban a gozar el concierto afuera, de un enjambre de vendedores ambulantes y de muchos policías y controladores que poco podían hacer para poner en orden  ese carnaval del que hacían parte chicas e incluso señoras muy aseñoradas que iban y venían por la calle, llevando sus bolsos llenos de recordatorios, detallitos y presentes que en la cultura K-pop y particularmente en la fanaticada de BTS han denominado Freebies y cuyo objetivo es compartirlos o intercambiarlos espontáneamente con quien se encuentren a su paso. Por ejemplo, mi hija diseñó unas postales con los miembros del grupo BTS hermosamente vestidos con la camiseta del Deportivo Pereira, y así mismo la gente se intercambiada llaveros, pulseras, anillos, diademas, collares y una infinidad de elementos que, al margen de su suntuosidad o sencillez, brillaban por la dedicación, el cariño y la mística con la que fueron elaborados.



Isabela debía esperar 5 horas para el inicio del show que estaba programado para dos horas, en total 7 horas, en las que yo estaría en la zona A, o sea afuera, en una calle sin espacio para caminar ni sentarse, el aburrimiento y el cansancio eran seguros, pero, sucedió lo que suele suceder en estos casos en Colombia por la amabilidad y la queridura de su gente. 


En un rincón del antejardín de una tienda había una mesa y a su alrededor estaban sentados: Paula, una señora locuaz y dicharachera proveniente de Medellín que había llevado a su hija y otra pariente a ver el espectáculo; Anderson, amigo cómplice de Jéssica que estaba a su lado mostrándole todos los Freebies que le habían regalado; Jéssica no tenía entrada para el concierto, pero se propuso hacer y disfrutar su fiesta como si estuviera adentro en la gramilla. Y llegué yo a sumarme y a enterarme, por intermedio de ellos, y de toda esa locura que había dentro y fuera del estadio, de la dimensión del asunto de BTS y toda esa tribu y esa fraternidad construida alrededor de la cultura del grupo asiático y el K-pop. Hasta ese momento yo ignoraba casi todo, por eso era imposible entender a mi hija cuando casi convulsiona por haber logrado comprar una boleta. 

Con los amigos que el azar y la coincidencia me dieron pasé la tarde, nos tomamos unas cervezas y cuando inició el show nos emocionamos como Jéssica, con ella vimos a BTS cantar, rapear, bailar y decir algunas frases en español a través de un en vivo que logré conectar a través de TikToc en mi móvil, la providencia quiso que la batería aguantara hasta el final, ese final que fue un poco tensionante y procedo a explicar. 

Estaba previsto que al cabo de las dos horas de show BTS se retiraría en medio de una gran explosión de fuegos artificiales, que la gente miraría absorta, mientras Jungkook, V, Jimin, Suga, RM y Jin, las estrellas surcoreanas abordaban un convoy de camionetas de alta gama. Pues, en efecto, así sucedió, fueron algo más de dos minutos de una explosión de color en el cielo capitalino, de tal suerte que nadie se movió hasta que estalló el ultimo volador. Mientras tanto afuera la policía dirigía la evacuación del público, 43 mil personas que debían salir por dos puertas hacia sendas calles de 5 metros de ancho, restringidas con un vallado a lado y lado. 

¡Miércoles! nos miramos y nos dijimos, Paula, la paisa de Medellín y yo, ¿cómo putas vamos a ver pasar a nuestras hijas en ese mar de gente? con el agravante de no tener señal de teléfono para coordinarnos. Respiramos y pensamos que lo peor que podía pasar era que tuviéramos que esperar a que se dispersara toda la gente, porque las chicas tenían especial instrucción de llegar y no moverse de la misma esquina donde las dejamos. Y así fue, primero apareció Isa y luego las chicas de Paula, quien antes había tenido un agarrón con un costeño con el que intercambió, ya no Freebies, sino varios madrazos por la disputa de la mejor posición para empinarnos en el vallado y buscar a las muchachas. Por suerte la cosa no trascendió. 

Reunidos todos, iniciamos el retorno, Paula a Medellín en avión, tenía el tiempo medido para llegar al aeropuerto, Anderson se había ido antes, se lo había llevado la novia, Sara, quien se molestó por las confiancitas con Jéssica, la boyacacuna que nació en Arcabuco que vive en Suba y trabaja en un Call Center, que nos ayudó a todos a encontrar la salida en ese remolino que eran los alrededores del Campín a las 11 de la noche. 

Ya abordo en el taxi que nos llevaría a la terminal, le pregunté a Isa, - ¿hija y como estuvo el show? Y me contestó, - papá necesitaré mucho tiempo para explicarte, por ahora estoy muy cansada, pero mucho más feliz. 

El regreso no fue como la ida, y aquí estuvo el drama, porque llegamos a la terminal del Salitre a las 12:30 a.m., ya no había salidas de buses para Pereira y nos tocó amanecer sentados, luchando contra el sueño, el frio y la incomodidad de las sillas de la sala de espera, hasta las 4:30 a.m. que salía el bus de Velotax, que no volveré a tomar jamás, porque paró en todas partes y nos dejó en la terminal de Pereira 10 horas después de arrancar en Bogotá. 

Caminando hacia la zona de taxis, le volví a preguntar a Isa si la experiencia con BTS y las peripecias para verlo habían valido la pena y me respondió: - No quiero imaginar no haber sido parte de ese momento, gracias por hacerlo posible papá. 

Para mi hija era un sueño, que algunos quizás juzgarán frívolo; mi sueño era su cara de satisfacción al regreso. Ambos lo logramos. No fue un milagro en el sentido más noble y piadoso, pero fue nuestro gran milagro.


miércoles, 7 de octubre de 2026

Miscelánea - Diario de un pequeño milagro

  


Por James E. Cifuentes M 

Llega un momento en la vida en el que las visiones de padres e hijos empiezan a correr por caminos diferentes, como en universos paralelos, con algunos puntos de confluencia, especialmente aquellos que nos recuerdan que, aunque ellos (los hijos) crezcan, jamás la tarea estará completa y siempre, de una forma u otra, vendrán a nosotros para resolver alguna cuita o suplir una necesidad. Los hijos, cuando son adolescentes, sabemos que los tenemos, sabemos que nos aman, así no nos lo digan muy a menudo y a veces se sienta que el papel más predominante de los papás es el de proveer, ya que en materia de cariño es más notorio el de las mamás. 

Corría el mes de abril de 2026 y mi hija estaba super entusiasmada con el anuncio de la gira que BTS haría por Latinoamérica, incluida Colombia con dos conciertos en Bogotá, el 2 y el 3 de octubre. BTS es un grupo juvenil surcoreano que, aunque no inventó el género ha llevado el llamado K-Pop a la máxima expresión, en proceso que inicia en 2013 y se interrumpe entre 2022 y 2023 por cuenta del servicio militar que en Corea no tiene excepciones, así se trate del grupo musical más famoso del planeta. Esta circunstancia le dio una connotación especial al grupo que lo relanzó y los volvió a poner en la cima, cautivando a dos generaciones en todo el mundo. El tema se resume en que son un fenómeno comercial, con sus pintas, sus canciones y especialmente sus coreografías. 

Isabela, empezó a planear lo que sería el viaje, cómo se habría de desplazar a Bogotá, dónde se habría de alojar y, lo más importante: La compra de la boleta. Como era previsible, las boletas se agotaron en un 2x3 y con ello se diluyó la ilusión de mi hija; fue frustrante. 

5 meses después, el martes 29 de septiembre, un día normal, serían quizás las 3 de la tarde cuando “mi muchacha” me llamó por WhatsApp, le respondí en la forma acostumbrada y al otro lado de la línea una voz quebrada en llanto, en una mezcla de excitación y desgarro me decía: ¡papá, no sabes lo que acaba de pasar!, yo imaginé lo peor, que había una tragedia en casa, pero era todo lo contrario; seguidamente, aun atacada en sollozos y emoción, Isabela me dijo: ¡papá lo logré, compré la boleta! 

Se hizo el milagro, y no propiamente el de la patria del tigre, que sigue pendiente, sino el milagro de Isa, quien por obra y gracia de una liberación de boletas obtuvo la suya, en medio de una puja virtual en la plataforma de Ticket Master, literalmente corriendo y luchando codo a codo con miles de personas por un cupo, y lo consiguió, una boleta, una entrada, que era mucho más que eso, que valía oro, que representaba mucho en la vida de ella, aunque a mí me pareciera absurdo, aunque no lo pudiera entender. 

Sin posibilidad para reservas de avión, viajamos a Bogotá por tierra, en una verdadera odisea que me permitió entender la dimensión del evento, puesto que fueron casi 90 mil personas que asistieron en las 2 fechas, la mayoría chicas. Tampoco yo estaba solo, fueron muchos los papás que acompañaron a sus hijas, algunos incluso pagando boletas revendidas 4 millones, para un show que transcurrió en dos horas, mientras ellos esperaban afuera del estadio. 

Para mi hija era un sueño, que algunos quizás juzgarán frívolo; mi sueño era su cara de satisfacción al regreso. Ambos lo logramos.

viernes, 2 de octubre de 2026

Miscelánea - Peor que el terremoto puede ser el abandono

 

 
Por James Cifuentes Maldonado
 
 
Lo sucedido en Pereira el pasado 10 de agosto ha sido gravísimo, tanto por las pérdidas humanas como por los cuantiosos daños y cicatrices que le han quedado a la ciudad, que nos recordarán la tragedia por varios años, por décadas o incluso por siempre, si es que adoptamos las medidas correctas y damos el tratamiento que corresponde a ese corredor llamado Egoyá,  que algún día decidimos sepultar en aras del progreso, primero para que pasara el tren y luego para robarle espacio a la naturaleza, que como lo hacen los ríos con sus crecientes, vino a recordarnos lo que era suyo.
 
Sobre Egoyá, recomiendo la serie de artículos publicados en elopinadero.com.co, donde Luis Fernando Cardona generosamente le abrió el espacio necesario a Fernando Sánchez Prada para que nos deleitara con su crónica de seis capítulos en la cual nos cuenta todos los detalles históricos de ese cuerpo de agua que se volvió mito, porque dejamos de verlo, pero que hoy está más presente que nunca, porque a lo largo de su recorrido conformado por ductos, recámaras y llenos antrópicos el terremoto se manifestó con mayor intensidad. El término antrópico lo conocí cuando trabajé en Corpocaldas y, a mi manera, supe que significa: todo aquello donde el hombre mete sus manos para transformar la tierra, muchas de las veces para hacerle daño.  En fin, leer a Sánchez Prada resulta delicioso, y es una ganancia que nos ha quedado del desastre, lo recomiendo, además porque al final hace un ejercicio comparativo de experiencias en el mundo que nos pueden dar pistas sobre lo que urbanísticamente podríamos hacer con La Quebrada Egoyá.
 
Luego de la ensoñación, volvamos a la realidad. El terremoto en Pereira desató otra tragedia, la tragedia del desacuerdo y la pugna por establecer por qué, a casi dos meses, muchas de las ayudas anunciadas por el gobierno nacional no han llegado, dejando prácticamente solo al alcalde, lidiando con una prensa carroñera y oportunista que lo destrozó en una sola entrevista, reclamándole por desajustes institucionales frente a la gobernación que no son de ahora, sino que muestran la forma en que se ha gobernado en nuestro departamento desde que fue fundado. Que el alcalde y el gobernador deben hablar más, no se discute, lo que resulta oprobioso es el maltrato y la revictimización al que han expuesto a toda una ciudad sin presupuesto para atender la calamidad.
 
El florero de Llorente. Algo conozco a Angela María Villegas y entiendo su buena intención cuando, en declaraciones a Caracol Radio, dijo algo así como que Pereira en 20 cuadras a la redonda estaba totalmente destruida, que la gente caminaba como zombis en medio de edificios donde ya no vivía nadie.  
 
Sobre la desolación del centro ni hablar, porque cada vez es más doloroso recorrer sus calles para ver los vacíos que van quedado luego de las demoliciones y la recogida de los escombros, pero, hablar de destrucción total en la forma que Angela lo dijo, para una audiencia que lo imaginó por la radio, pudo haber resultado tremendo. Lo triste es que esa exageración, producto de la impotencia y de la angustia de sabernos solos en la tragedia, no sirvió para movilizar los recursos de la patria milagro sino para levantar una polvareda de chismes e intrigas en donde solo ganaron los medios de comunicación.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Miscelánea - El tiempo que importa

 


Por James Cifuentes Maldonado

 

Esculcando en mi álbum digital, buscando una foto que me tomé con mi amigo Helmuth Voelkl, al que aprecio mucho y saludo hoy en su convalecencia, luego de ir y venir varias veces del 2026 al 2020 y viceversa, viendo tanta gente, tantos momentos y tantas imágenes, cada una con su propia historia, me invadió una sensación extraña y una inquietud sobre la forma en que vivimos la vida. No me quería soltar a hacer la reflexión porque este tema es un lugar común prácticamente de todas las personas, con el cliché de que “lo verdaderamente importante es vivir el momento” y, como dice la canción de Camilo Sesto, el agua pasada no mueve molinos. 

La afirmación sobre el valor del tiempo presente me pareció vacía, que no dice nada, porque la realidad es que muchos individuos, dentro de los que me incluyo, no vivimos bajo esa premisa y en su lugar nos alimentamos del pasado, nos angustiamos con el futuro y poca relevancia le damos a lo que nos sucede y lo que vivimos hoy, malgastando horas y hasta días, tiempo precioso, enredados en amarguras de cosas que ya pasaron o fabricando miedos sobre lo que está por venir. 

Para poner la cosa en términos prácticos, una de las situaciones más comunes de pérdida de tiempo y de energía es cuando nos dedicamos al prejuicio, cuando hablamos cosas de las que no sabemos o sobre personas que no conocemos, en esa tendencia que tenemos a creer que todo cuanto pasa merece o requiere nuestra opinión, fenómeno multiplicado a la máxima potencia con las redes sociales. 

En algunos casos, nos devanamos el seso pensando en los motivos que otra persona pudo haber tenido para haber actuado de tal o cual manera con la que me siento ofendido, irrespetado o ignorado, de tal suerte que suponemos cosas y elucubramos, en un desgaste inútil e innecesario, cuando la mayoría de las veces esa persona cuya actitud nos roba la calma ni siquiera se entera del predicamento en el que estamos y muy seguramente su actitud no se originaba en nada que tuviera que ver con nosotros; porque nos puede el ego y olvidamos que cada quien tiene su propio mundo y su propio centro, que no somos nosotros. 

Le conté estas cuitas a mi hija y me permití aconsejarle que trate de vivir en el presente, no de manera retórica, sino de verdad, aplicada con el cuerpo y con la mente en las acciones que le demanden cada día, sin tanta preocupación por lo que ya pasó o lo que viene, porque del pasado solo nos quedan enseñanzas y el futuro solo nos sirve para soñar, en tanto que el presente es la prueba de fuego permanentemente que nos permite demostrarnos a nosotros mismos que no hemos vivido en vano, que, aún con errores, hemos aprendido, que somos mejores y porque al mismo tiempo, con las cosas que hacemos en el ahora, aunque no sintamos que sea así, estamos construyendo lo que seremos y nos pasará mañana. 

Hija, le dije, - Entre tú y yo hay 40 años que hacen la diferencia, tú tienes 40 años para mirar hacia adelante y yo 40 años para mirar hacia atrás, por eso lo que tú me enseñas me es útil ahora mismo, en la ignorancia y la permanente novedad que son mi presente, y lo que yo te enseño a ti te servirá después, cuando la experiencia te permita entender la forma y el tiempo en los que me tocó vivir a mí.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Miscelánea – Batalla cultural en las aulas

 


Por James Cifuentes Maldonado 

Interesante debate al que asistimos recientemente en el programa radial 6 A.M W, entre los congresistas Luis Miguel López  del partido conservador y Laura Daniela Beltrán, Lalis, del Pacto Histórico, alrededor de la iniciativa legislativa planteada por la nueva ministra de educación Viviane Morales, para desmontar, según la funcionaria, la presunta ideologización de la formación en colegios y escuelas. 

Lo que dijo la ministra: "… una tarea importante de este Gobierno es restaurar principios, valores, sacar la ideologización del país y respetar el derecho de los padres en la educación; muchas veces los padres ni siquiera saben lo que se les está enseñando a sus hijos y estamos revisando los materiales escolares todos, para garantizar que de verdad los padres lleven a cabo su labor de cuidado y de seguimiento de la educación (…) especialmente en el programa de educación sexual integral". 

El representante López manifestó su oposición al adoctrinamiento que se estaría haciendo de los escolares en el actual modelo de educación en Colombia e hizo un llamado para que los padres de familia recuperen o tengan un papel más protagónico en la formación de sus hijos.  Al consultársele sobre la forma en que él considera se estaría materializando la ideologización de la educación, no supo citar casos concretos; situación que fue aprovechada por la representante Lalis para señalar categóricamente que el representante López estaba faltando a la verdad, y que, desde cuando se dio esta discusión en Colombia, nunca se ha demostrado que exista material pedagógico ni las famosas cartillas en las que se dice, se está haciendo apología de la orientación de género en Colombia. 

Sobre la cultura Woke la representante Lalis hizo la precisión en que en realidad se trata de un movimiento cultural,  que en su momento tuvo que ver con las luchas raciales en los Estados Unidos y luego con la reivindicación de los derechos de la de la minorías y la inclusión de las mismas en la sociedad y no como se está interpretando actualmente por las comunidades religiosas, en el sentido de estar generando una adoctrinamiento en favor de la orientación de género; en su lugar, aseveró la representante, lo que queda en evidencia es que el representante López desconoce el contenido de los currículums académicos de los colegios y escuelas de Colombia. 

El periodista Jorge Espinosa, dando alcance a la frase utilizada por la ministra Morales, en el sentido de qué de las aulas de los colegios había que “sacar a Marx para meter a Dios”, le pregunta al representante López si esa propuesta no es está igualmente cargada de ideología, planteamiento que el político no supo responder ni desvirtuar. 

Al final, de la postura del representante López y del gobierno, lo que ha quedado en el aire es la intención decidida de excluir la educación sexual en los pénsum académicos, para que ese tema sea del resorte exclusivo de los padres de familia, a la usanza antigua, donde los temas sexuales o de reproducción eran tabú. Esto es lo que en la era del tigre han venido llamando la “batalla cultural”, que de entrada se vislumbra inconveniente porque ese nombre denota un ánimo de confrontación pero porque además desconoce que el espectro de la cultura de una nación es mucho más amplio y necesariamente debe comprender la pluralidad. 


Adenda. El tema religioso es taquillero, por la innegable importancia que reviste el componente espiritual para los seres humanos, pero sucede que defender la existencia de Dios es una creencia, tan respetable como decir que Dios no existe. Por eso el Estado colombiano es laico, según lo dicta la constitución,  y por lo tanto la educación debe estar al margen de esa discusión.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Miscelánea - Mujeres de Ataque



Por James Cifuentes Maldonado

Para que entendamos un poco cómo se gestionó el desastre del 10 de agosto en Pereira, en los momentos más críticos, les comparto el enlace de un video correspondiente a un programa que, con un enfoque muy humano, ha venido realizado la Universidad Externado de Colombia, en colaboración con los medios de comunicación RCN y NTN24, para los cuales va mi reconocimiento. El programa se llama MUJERES DE ATAQUE, y aquí les dejo el capítulo más reciente. https://youtu.be/GrDi5eewHv4?si=Ic-4VUplHCJR1tti

Ya han pasado 15 días desde cuando la tierra tembló y Pereira quedó como si la hubieran bombardeado, con un centenar de víctimas mortales, miles de heridos y un número inmenso de inmuebles destruidos, en un caos que inicialmente debieron gestionar y resolver dos mujeres pereiranas, Dayana Andrea Gómez Jiménez, desde la  DIGER y Nataly Calderón Melo, quien estuvo al frente del Cuerpo de Bomberos. Para ellas mi admiración, mi respeto y mi gratitud.

Quienes vivimos en sociedad, en pueblos y ciudades, e incluso al interior de nuestros hogares, normalizamos la organización y el funcionamiento de las cosas; me explico: Estamos acostumbrados a ver los hechos y los resultados de las acciones de la organización pero no nos cuestionamos ni consideramos todo lo que debe suceder para que esos resultados se vean. Usamos un puente, entramos a un edificio público, andamos por las calles recién barridas, jugamos en un parque, nos transportamos en el sistema masivo, usamos los servicios públicos de aseo, agua, energía y telecomunicaciones, y cuando esos servicios tienen deficiencias o son insuficientes obviamente nos quejamos, pero casi nunca imaginamos lo que hay detrás, no nos preguntamos sobre todo lo que debe suceder en la administración para que esos servicios se presten; y no solamente se trata de dinero, aquí lo fundamental es LA GENTE, la gente que hace todo aquello que no sabemos cómo se hace, pero que nos sirve y nos beneficia. 

Esta  realidad es mucho más sensible y más compleja cuando se trata de la atención de las emergencias, de las respuestas inmediatas que deben disponerse desde las entidades estatales frente a los desastres naturales, como acaba de suceder en Pereira, que nos dejó tan golpeados.  Muy poquito sabemos de todo lo que se debe planificar y todo lo que se debe hacer para que lo inevitable y lo incontenible, como un terremoto, no tenga consecuencias más graves; casi nada sabemos de quiénes son las personas  que toman las decisiones en los momentos más difíciles, en los casos en los cuales no pueden dudar ni vacilar; ignoramos las condiciones de los hombres y las mujeres que oficialmente han asumido el rol de atender las emergencias en cada sitio, arriesgando sus vidas en el acceso a edificaciones derruidas, asegurando los sitios para que la tragedia no se extienda, salvando vidas o, lo más triste, recuperando los cuerpos de quienes han muerto.

Adenda. Crédito para los concejales Jhon Esteban Gañán, Carolina Herrera y Carlos Hernán Muñoz, quienes, con toda la contundencia, han reivindicado el trabajo realizado por la anterior directora de Bomberos, reclamando unas disculpas públicas de quien llegó a reemplazarla y que, según ellos, le faltó al respeto a una mujer que hizo lo que tenía que hacer en las horas más oscuras de la crisis.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Miscelánea - 114 segundos de terror


 Por James Cifuentes Maldonado 

Siempre presumí de mi serenidad en los eventos naturales, especialmente en los temblores de tierra, lo que me permitía incluso apersonarme de la situación y ayudar a otros a guardar la calma y poder evacuar con seguridad el lugar donde estuviéramos.  En esos momentos, no perder de vista lo que pasa en el entorno es de suma importancia para salvaguardar la integridad física propia y la de otras personas. Imaginemos lo que puede pasar si en estas situaciones todos nos volvemos histéricos y corremos como locos sin dirección, nos arrolla un vehículo o nos descalabra el muro o la teja que no vemos caer. En los eventos del 79, del 95 y del 99 yo tengo claro en qué lugar de Pereira estaba y recuerdo exactamente lo que sucedió antes, durante y después, recuerdo que ayudé a otros.   

Sin embargo, esa cualidad mía no funcionó tan bien el pasado lunes 10 de agosto; a mí, como a casi todos los que nos ha tocado esta tragedia, me pareció que todo había terminado; entré en pánico y mi mente aún se niega a recordar y visualizar lo que pasó en esos 114 segundos que dicen que duró el terremoto, que hoy se ven como una eternidad; yo sabía que en 2 minutos se podía perder o ganar un partido de futbol, pero no llegué a pensar que en ese lapso tan corto se pudiera acabar el mundo, por lo menos mi mundo; en esta ocasión especialmente me aflige no recordar haber ayudado a nadie; mis instintos solo se ocuparon de mí mismo, y eso me da mucha pena. 

A las 7:33 de ese día pagué la mensualidad en el parqueadero en Ciudad Victoria, crucé el túnel que conduce al edificio Torre Central y al centro comercial; justo cuando salía, antecitos de la exposición de arte de Germán Ossa, a las 7:34, el suelo empezó a trepidar, era un movimiento vertical, como cuando pasa el Megabus, alcancé a imaginar el articulado y cuando estaba cavilando que eso no era posible porque estaba muy lejos del carril, la trepidación cambió por un zarandeo de fuerza descomunal de oriente a occidente acompañado de un sonido que no puede ser otro que el sonido del infierno; literalmente la tierra bramaba y los dos edificios entre los que me encontraba crujían y se balanceaban lanzando material al aire; en el medio, la imagen del edificio Perla del Otún que literalmente bailaba, en los resortes que dicen que tiene. 

De manera automática crucé todo el corredor y al final del mismo, sin recordar haber subido las escaleras, me vi parado en el andén de la calle 18, envuelto en una espesa polvareda que al disiparse un poco me dejó ver una muestra de lo sucedido; las edificaciones cercanas a la cerrera 11 ya no estaban y el Hotel Victoria estaba inclinado hacia la izquierda, doblegado pero sin caer, en medio de la destrucción. 

Caí en cuenta que minutos antes mi esposa había subido al piso 9 de Torre Central, sentí el horror como nunca lo había sentido, porque creía que ese edificio se había derrumbado; corrí despavorido por la peatonal, y doblé sobre la calle 17, cuando aún caían ladrillos del Edificio de Rentas, y sobre el semáforo estaba ella, cruzando hacia la plaza; nos miramos, no nos abrazamos pero al unísono gritamos ¡los chicos! … Los chicos estaban bien, pero la ciudad estaba arrasada, con un centenar de pereiranos menos y cubierta por un dolor imposible de olvidar.