Por James Cifuentes Maldonado
Queridos hermanos argentinos, cuando
estamos en la recta final del Mundial de Futbol 2026 y su selección se ha
ganado un cupo entre los 4 equipos que optarán por levantar nuevamente la copa,
ya que todos los semifinalistas ya la tienen en su estantería, me dirijo a
ustedes para contarles lo difícil que ha sido la decisión de “hinchar” por la
albiceleste, en contra de todo mi entorno en este país mío que aun respira por
la herida de esa Copa América de 2024, que nos arrebataron con ese gol agónico
de Nico González, nombre que hasta hace poco me chocaba pronunciar. Voy a hacer
fuerza por Argentina a pesar de que la mayoría de mis paisanos le apuestan a
Inglaterra.
Salvo el 5-0 de 1993 en el Monumental y
el partido aquel en el que Martín Palermo erró tres penaltis, la historia pone
a Colombia bajo la superioridad gaucha que siempre se sale con la suya y nos
supera a punta de garra, apretando los dientes y con esa actitud fastidiosa y
provocadora con la que sacan de casillas a todos sus rivales, receta que
actualmente aplican a la perfección esas bellezas del Cuti Romero, Leandro
Paredes y Rodrigo de Paul, a los que aborrecemos pero al mismo tiempo pensamos
¡qué bueno tener un jugador así en nuestro equipo!
No solo los colombianos les tenemos
tirria; en el presente mundial el mundo ya se ha dado cuenta de que ustedes son
muy suertudos o es que hay una mano invisible que siempre les ayuda, ejemplos:
Les dieron sedes que implicaron desplazamientos mínimos entre partido y
partido; en el camino a cuartos, aunque tuvieron dificultades como con Cabo
Verde, se enfrentaron con seleccionados sin títulos y de la parte baja del
ranking mundial, y, para completar, Messi, la pulga, que debió ser expulsado en
el primer partido por una falta aleve contra un rival, que el árbitro pasó por
alto, ya acumula 8 goles y es más estrella que nunca.
Sin embargo, me late que en el fondo la
bronca que les tenemos a los argentinos, en el futbol, por supuesto, salvo por
las dudas en las decisiones arbitrales que siempre los favorecen, es más que
eso, quizás hay algo de envidia, porque nunca hemos logrado tener un equipo
como el que ustedes tienen ahora, un puñado de jugadores, algunos con caras de
niño que, cuando se les acaba el talento y se les embolata el resultado, sacan
ese plus, esa fuerza extra que les permite remontar y ganar, más guapeando que
jugando.
He buscado razones para alentar por
Inglaterra, y francamente no encuentro ninguna, mientras que con Argentina me
identifico por muchos motivos, entre otros, el idioma, el tango, Soda Stereo,
Les Luthiers, el asado, el vino Malbec, la admiración por Francisco, el Papa
futbolero y la extensa geografía de un país que en 2009 tuve la oportunidad de
recorrer en bus, desde Buenos Aires hasta la Patagonia, pasando por Mendoza,
donde pude comprobar que los argentinos son gente chévere, siempre que a los
hombres se les hable de futbol y de política y a las mujeres no se les lleve la
contraria.
Es posible que no se lo merezcan, pero
contra Inglaterra, equipo más compacto y quizás con más méritos, este miércoles
seré argentino, porque, así como me cuesta mucho preferir al hijo del vecino,
no soy capaz de sacarme el alma suramericana.
Adenda. Argentina merece jugar la final,
… y también merece perderla.

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