miércoles, 1 de julio de 2026

Miscelánea - La campaña no acaba

 


Por James Cifuentes Maldonado 

 

Históricamente cada elección ha tenido su intensidad, que luego solía ser olvidada, porque, hasta ahora, lo bueno de estos procesos era que pasaban, la vida volvía a la normalidad y cualquiera que fueran los resultados, nos apropiábamos de la llegada del nuevo mandatario al que simplemente habríamos de gozar  o de sufrir, según la perspectiva. Sin embargo, yo no recuerdo una campaña tan tóxica y tan desgastante, desde muchos puntos de vista, como la que acabamos de sortear a la presidencia de Colombia, y que al parecer no termina, por los ecos y las quejas que resuenan por parte del gobierno electo que pretende que el aparato estatal quede congelado hasta el 7 de agosto, para que no le amarren cargos ni le raspen la olla, frente al gobierno saliente que quiere seguir acomodando sus fichas y, para completar, ha salido ahora con el galimatías de la desobediencia civil pacífica, por aquello de la múltiple nacionalidad de Abelardo de la Espriella. 

Tengo la percepción de que esta vez el ambiente de confrontación no va a parar y que nos iremos así por los próximos 4 años. Pareciera que no basta con los reconocimientos de los ganadores y de los perdedores, como ya ha sucedido, sino que habría que ir más allá, quién sabe hasta dónde, en el desprestigio mutuo de las partes que pretenden continuar la discusión, desbordando los límites políticos, entre quienes simplemente deberían dedicarse unos a gobernar y los otros a oponerse activa y reflexivamente sobre aquello que no les parezca, como lo dicta una real y sana democracia. 

Por la forma en que la campaña ganadora hizo su propaganda quedaron varias, digamos “heridas”, que no deberían serlo, por lo frívolo del tema en el que se ambientaron, aunque de ninguna manera irrelevante; me refiero al acierto de la campaña de los defensores de la derecha de incorporar a su publicidad los colores de la bandera como telón de fondo de su mensaje patriótico, que tanto éxito les significó, potenciado ello además por la muy conveniente circunstancia de que las últimas semanas del debate electoral coincidieron con el inicio del Mundial de Futbol, en medio de constantes polémicas, por un lado por el uso de la camiseta de la selección de futbol, que ya no se supo si era un acto de entusiasmo por la tricolor o un acto velado de proselitismo y en algunos momentos hasta de provocación, y, por otro lado, las aparentes posturas políticas de los jugadores. Por suerte prevaleció la prudencia, la mayoría se tragó el sapo y la cosa no trascendió. 

Pero el daño ya estaba hecho, muchos se previnieron, evitaron ponerse la camiseta y le cogieron pereza al mundial, un evento, en esta ocasión, llevado al máximo nivel del mercantilismo y de la indolencia, donde se cantan canciones fraternas y de unidad, mientras el mundo arde en guerras, se persiguen y se reprimen inmigrantes, en tanto la gente compra entradas de 3000 dólares  y el show se refuerza con una pausa por tiempo para hidratación (léase, para vender más pauta). 

En mi caso, ya elegido el tigre y cuando vencí el cargo de conciencia por entretenerme con futbol y alimentar la egolatría nacional, mientras el mundo resiste y la sociedad colombiana se odia, me puse la camiseta pero ese mismo día tembló en Venezuela dando lugar a un desastre cuyas dimensiones aún no se saben, pero que se vislumbran terribles. 

He celebrado el paso de Colombia a segunda ronda y las proezas de Ecuador y Paraguay, pero pesa más el sentimiento de culpa que la alegría.


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