miércoles, 15 de julio de 2026

Miscelánea - Carta los argentinos


Por James Cifuentes Maldonado

 

Queridos hermanos argentinos, cuando estamos en la recta final del Mundial de Futbol 2026 y su selección se ha ganado un cupo entre los 4 equipos que optarán por levantar nuevamente la copa, ya que todos los semifinalistas ya la tienen en su estantería, me dirijo a ustedes para contarles lo difícil que ha sido la decisión de “hinchar” por la albiceleste, en contra de todo mi entorno en este país mío que aun respira por la herida de esa Copa América de 2024, que nos arrebataron con ese gol agónico de Nico González, nombre que hasta hace poco me chocaba pronunciar. Voy a hacer fuerza por Argentina a pesar de que la mayoría de mis paisanos le apuestan a Inglaterra.

Salvo el 5-0 de 1993 en el Monumental y el partido aquel en el que Martín Palermo erró tres penaltis, la historia pone a Colombia bajo la superioridad gaucha que siempre se sale con la suya y nos supera a punta de garra, apretando los dientes y con esa actitud fastidiosa y provocadora con la que sacan de casillas a todos sus rivales, receta que actualmente aplican a la perfección esas bellezas del Cuti Romero, Leandro Paredes y Rodrigo de Paul, a los que aborrecemos pero al mismo tiempo pensamos ¡qué bueno tener un jugador así en nuestro equipo!

No solo los colombianos les tenemos tirria; en el presente mundial el mundo ya se ha dado cuenta de que ustedes son muy suertudos o es que hay una mano invisible que siempre les ayuda, ejemplos: Les dieron sedes que implicaron desplazamientos mínimos entre partido y partido; en el camino a cuartos, aunque tuvieron dificultades como con Cabo Verde, se enfrentaron con seleccionados sin títulos y de la parte baja del ranking mundial, y, para completar, Messi, la pulga, que debió ser expulsado en el primer partido por una falta aleve contra un rival, que el árbitro pasó por alto, ya acumula 8 goles y es más estrella que nunca.

Sin embargo, me late que en el fondo la bronca que les tenemos a los argentinos, en el futbol, por supuesto, salvo por las dudas en las decisiones arbitrales que siempre los favorecen, es más que eso, quizás hay algo de envidia, porque nunca hemos logrado tener un equipo como el que ustedes tienen ahora, un puñado de jugadores, algunos con caras de niño que, cuando se les acaba el talento y se les embolata el resultado, sacan ese plus, esa fuerza extra que les permite remontar y ganar, más guapeando que jugando.

He buscado razones para alentar por Inglaterra, y francamente no encuentro ninguna, mientras que con Argentina me identifico por muchos motivos, entre otros, el idioma, el tango, Soda Stereo, Les Luthiers, el asado, el vino Malbec, la admiración por Francisco, el Papa futbolero y la extensa geografía de un país que en 2009 tuve la oportunidad de recorrer en bus, desde Buenos Aires hasta la Patagonia, pasando por Mendoza, donde pude comprobar que los argentinos son gente chévere, siempre que a los hombres se les hable de futbol y de política y a las mujeres no se les lleve la contraria.

Es posible que no se lo merezcan, pero contra Inglaterra, equipo más compacto y quizás con más méritos, este miércoles seré argentino, porque, así como me cuesta mucho preferir al hijo del vecino, no soy capaz de sacarme el alma suramericana.

Adenda. Argentina merece jugar la final, … y también merece perderla.

miércoles, 1 de julio de 2026

Miscelánea - La campaña no acaba

 


Por James Cifuentes Maldonado 

 

Históricamente cada elección ha tenido su intensidad, que luego solía ser olvidada, porque, hasta ahora, lo bueno de estos procesos era que pasaban, la vida volvía a la normalidad y cualquiera que fueran los resultados, nos apropiábamos de la llegada del nuevo mandatario al que simplemente habríamos de gozar  o de sufrir, según la perspectiva. Sin embargo, yo no recuerdo una campaña tan tóxica y tan desgastante, desde muchos puntos de vista, como la que acabamos de sortear a la presidencia de Colombia, y que al parecer no termina, por los ecos y las quejas que resuenan por parte del gobierno electo que pretende que el aparato estatal quede congelado hasta el 7 de agosto, para que no le amarren cargos ni le raspen la olla, frente al gobierno saliente que quiere seguir acomodando sus fichas y, para completar, ha salido ahora con el galimatías de la desobediencia civil pacífica, por aquello de la múltiple nacionalidad de Abelardo de la Espriella. 

Tengo la percepción de que esta vez el ambiente de confrontación no va a parar y que nos iremos así por los próximos 4 años. Pareciera que no basta con los reconocimientos de los ganadores y de los perdedores, como ya ha sucedido, sino que habría que ir más allá, quién sabe hasta dónde, en el desprestigio mutuo de las partes que pretenden continuar la discusión, desbordando los límites políticos, entre quienes simplemente deberían dedicarse unos a gobernar y los otros a oponerse activa y reflexivamente sobre aquello que no les parezca, como lo dicta una real y sana democracia. 

Por la forma en que la campaña ganadora hizo su propaganda quedaron varias, digamos “heridas”, que no deberían serlo, por lo frívolo del tema en el que se ambientaron, aunque de ninguna manera irrelevante; me refiero al acierto de la campaña de los defensores de la derecha de incorporar a su publicidad los colores de la bandera como telón de fondo de su mensaje patriótico, que tanto éxito les significó, potenciado ello además por la muy conveniente circunstancia de que las últimas semanas del debate electoral coincidieron con el inicio del Mundial de Futbol, en medio de constantes polémicas, por un lado por el uso de la camiseta de la selección de futbol, que ya no se supo si era un acto de entusiasmo por la tricolor o un acto velado de proselitismo y en algunos momentos hasta de provocación, y, por otro lado, las aparentes posturas políticas de los jugadores. Por suerte prevaleció la prudencia, la mayoría se tragó el sapo y la cosa no trascendió. 

Pero el daño ya estaba hecho, muchos se previnieron, evitaron ponerse la camiseta y le cogieron pereza al mundial, un evento, en esta ocasión, llevado al máximo nivel del mercantilismo y de la indolencia, donde se cantan canciones fraternas y de unidad, mientras el mundo arde en guerras, se persiguen y se reprimen inmigrantes, en tanto la gente compra entradas de 3000 dólares  y el show se refuerza con una pausa por tiempo para hidratación (léase, para vender más pauta). 

En mi caso, ya elegido el tigre y cuando vencí el cargo de conciencia por entretenerme con futbol y alimentar la egolatría nacional, mientras el mundo resiste y la sociedad colombiana se odia, me puse la camiseta pero ese mismo día tembló en Venezuela dando lugar a un desastre cuyas dimensiones aún no se saben, pero que se vislumbran terribles. 

He celebrado el paso de Colombia a segunda ronda y las proezas de Ecuador y Paraguay, pero pesa más el sentimiento de culpa que la alegría.