miércoles, 26 de agosto de 2026

Miscelánea - Mujeres de Ataque



Por James Cifuentes Maldonado

Para que entendamos un poco cómo se gestionó el desastre del 10 de agosto en Pereira, en los momentos más críticos, les comparto el enlace de un video correspondiente a un programa que, con un enfoque muy humano, ha venido realizado la Universidad Externado de Colombia, en colaboración con los medios de comunicación RCN y NTN24, para los cuales va mi reconocimiento. El programa se llama MUJERES DE ATAQUE, y aquí les dejo el capítulo más reciente. https://youtu.be/GrDi5eewHv4?si=Ic-4VUplHCJR1tti

Ya han pasado 15 días desde cuando la tierra tembló y Pereira quedó como si la hubieran bombardeado, con un centenar de víctimas mortales, miles de heridos y un número inmenso de inmuebles destruidos, en un caos que inicialmente debieron gestionar y resolver dos mujeres pereiranas, Dayana Andrea Gómez Jiménez, desde la  DIGER y Nataly Calderón Melo, quien estuvo al frente del Cuerpo de Bomberos. Para ellas mi admiración, mi respeto y mi gratitud.

Quienes vivimos en sociedad, en pueblos y ciudades, e incluso al interior de nuestros hogares, normalizamos la organización y el funcionamiento de las cosas; me explico: Estamos acostumbrados a ver los hechos y los resultados de las acciones de la organización pero no nos cuestionamos ni consideramos todo lo que debe suceder para que esos resultados se vean. Usamos un puente, entramos a un edificio público, andamos por las calles recién barridas, jugamos en un parque, nos transportamos en el sistema masivo, usamos los servicios públicos de aseo, agua, energía y telecomunicaciones, y cuando esos servicios tienen deficiencias o son insuficientes obviamente nos quejamos, pero casi nunca imaginamos lo que hay detrás, no nos preguntamos sobre todo lo que debe suceder en la administración para que esos servicios se presten; y no solamente se trata de dinero, aquí lo fundamental es LA GENTE, la gente que hace todo aquello que no sabemos cómo se hace, pero que nos sirve y nos beneficia. 

Esta  realidad es mucho más sensible y más compleja cuando se trata de la atención de las emergencias, de las respuestas inmediatas que deben disponerse desde las entidades estatales frente a los desastres naturales, como acaba de suceder en Pereira, que nos dejó tan golpeados.  Muy poquito sabemos de todo lo que se debe planificar y todo lo que se debe hacer para que lo inevitable y lo incontenible, como un terremoto, no tenga consecuencias más graves; casi nada sabemos de quiénes son las personas  que toman las decisiones en los momentos más difíciles, en los casos en los cuales no pueden dudar ni vacilar; ignoramos las condiciones de los hombres y las mujeres que oficialmente han asumido el rol de atender las emergencias en cada sitio, arriesgando sus vidas en el acceso a edificaciones derruidas, asegurando los sitios para que la tragedia no se extienda, salvando vidas o, lo más triste, recuperando los cuerpos de quienes han muerto.

Adenda. Crédito para los concejales Jhon Esteban Gañán, Carolina Herrera y Carlos Hernán Muñoz, quienes, con toda la contundencia, han reivindicado el trabajo realizado por la anterior directora de Bomberos, reclamando unas disculpas públicas de quien llegó a reemplazarla y que, según ellos, le faltó al respeto a una mujer que hizo lo que tenía que hacer en las horas más oscuras de la crisis.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Miscelánea - 114 segundos de terror


 Por James Cifuentes Maldonado 

Siempre presumí de mi serenidad en los eventos naturales, especialmente en los temblores de tierra, lo que me permitía incluso apersonarme de la situación y ayudar a otros a guardar la calma y poder evacuar con seguridad el lugar donde estuviéramos.  En esos momentos, no perder de vista lo que pasa en el entorno es de suma importancia para salvaguardar la integridad física propia y la de otras personas. Imaginemos lo que puede pasar si en estas situaciones todos nos volvemos histéricos y corremos como locos sin dirección, nos arrolla un vehículo o nos descalabra el muro o la teja que no vemos caer. En los eventos del 79, del 95 y del 99 yo tengo claro en qué lugar de Pereira estaba y recuerdo exactamente lo que sucedió antes, durante y después, recuerdo que ayudé a otros.   

Sin embargo, esa cualidad mía no funcionó tan bien el pasado lunes 10 de agosto; a mí, como a casi todos los que nos ha tocado esta tragedia, me pareció que todo había terminado; entré en pánico y mi mente aún se niega a recordar y visualizar lo que pasó en esos 114 segundos que dicen que duró el terremoto, que hoy se ven como una eternidad; yo sabía que en 2 minutos se podía perder o ganar un partido de futbol, pero no llegué a pensar que en ese lapso tan corto se pudiera acabar el mundo, por lo menos mi mundo; en esta ocasión especialmente me aflige no recordar haber ayudado a nadie; mis instintos solo se ocuparon de mí mismo, y eso me da mucha pena. 

A las 7:33 de ese día pagué la mensualidad en el parqueadero en Ciudad Victoria, crucé el túnel que conduce al edificio Torre Central y al centro comercial; justo cuando salía, antecitos de la exposición de arte de Germán Ossa, a las 7:34, el suelo empezó a trepidar, era un movimiento vertical, como cuando pasa el Megabus, alcancé a imaginar el articulado y cuando estaba cavilando que eso no era posible porque estaba muy lejos del carril, la trepidación cambió por un zarandeo de fuerza descomunal de oriente a occidente acompañado de un sonido que no puede ser otro que el sonido del infierno; literalmente la tierra bramaba y los dos edificios entre los que me encontraba crujían y se balanceaban lanzando material al aire; en el medio, la imagen del edificio Perla del Otún que literalmente bailaba, en los resortes que dicen que tiene. 

De manera automática crucé todo el corredor y al final del mismo, sin recordar haber subido las escaleras, me vi parado en el andén de la calle 18, envuelto en una espesa polvareda que al disiparse un poco me dejó ver una muestra de lo sucedido; las edificaciones cercanas a la cerrera 11 ya no estaban y el Hotel Victoria estaba inclinado hacia la izquierda, doblegado pero sin caer, en medio de la destrucción. 

Caí en cuenta que minutos antes mi esposa había subido al piso 9 de Torre Central, sentí el horror como nunca lo había sentido, porque creía que ese edificio se había derrumbado; corrí despavorido por la peatonal, y doblé sobre la calle 17, cuando aún caían ladrillos del Edificio de Rentas, y sobre el semáforo estaba ella, cruzando hacia la plaza; nos miramos, no nos abrazamos pero al unísono gritamos ¡los chicos! … Los chicos estaban bien, pero la ciudad estaba arrasada, con un centenar de pereiranos menos y cubierta por un dolor imposible de olvidar.