Por James Cifuentes Maldonado
Lo sucedido en Pereira el pasado 10 de agosto ha sido gravísimo, tanto por las pérdidas humanas como por los cuantiosos daños y cicatrices que le han quedado a la ciudad, que nos recordarán la tragedia por varios años, por décadas o incluso por siempre, si es que adoptamos las medidas correctas y damos el tratamiento que corresponde a ese corredor llamado Egoyá, que algún día decidimos sepultar en aras del progreso, primero para que pasara el tren y luego para robarle espacio a la naturaleza, que como lo hacen los ríos con sus crecientes, vino a recordarnos lo que era suyo.
Sobre Egoyá, recomiendo la serie de artículos publicados en elopinadero.com.co, donde Luis Fernando Cardona generosamente le abrió el espacio necesario a Fernando Sánchez Prada para que nos deleitara con su crónica de seis capítulos en la cual nos cuenta todos los detalles históricos de ese cuerpo de agua que se volvió mito, porque dejamos de verlo, pero que hoy está más presente que nunca, porque a lo largo de su recorrido conformado por ductos, recámaras y llenos antrópicos el terremoto se manifestó con mayor intensidad. El término antrópico lo conocí cuando trabajé en Corpocaldas y, a mi manera, supe que significa: todo aquello donde el hombre mete sus manos para transformar la tierra, muchas de las veces para hacerle daño. En fin, leer a Sánchez Prada resulta delicioso, y es una ganancia que nos ha quedado del desastre, lo recomiendo, además porque al final hace un ejercicio comparativo de experiencias en el mundo que nos pueden dar pistas sobre lo que urbanísticamente podríamos hacer con La Quebrada Egoyá.
Luego de la ensoñación, volvamos a la realidad. El terremoto en Pereira desató otra tragedia, la tragedia del desacuerdo y la pugna por establecer por qué, a casi dos meses, muchas de las ayudas anunciadas por el gobierno nacional no han llegado, dejando prácticamente solo al alcalde, lidiando con una prensa carroñera y oportunista que lo destrozó en una sola entrevista, reclamándole por desajustes institucionales frente a la gobernación que no son de ahora, sino que muestran la forma en que se ha gobernado en nuestro departamento desde que fue fundado. Que el alcalde y el gobernador deben hablar más, no se discute, lo que resulta oprobioso es el maltrato y la revictimización al que han expuesto a toda una ciudad sin presupuesto para atender la calamidad.
El florero de Llorente. Algo conozco a Angela María Villegas y entiendo su buena intención cuando, en declaraciones a Caracol Radio, dijo algo así como que Pereira en 20 cuadras a la redonda estaba totalmente destruida, que la gente caminaba como zombis en medio de edificios donde ya no vivía nadie.
Sobre la desolación del centro ni hablar, porque cada vez es más doloroso recorrer sus calles para ver los vacíos que van quedado luego de las demoliciones y la recogida de los escombros, pero, hablar de destrucción total en la forma que Angela lo dijo, para una audiencia que lo imaginó por la radio, pudo haber resultado tremendo. Lo triste es que esa exageración, producto de la impotencia y de la angustia de sabernos solos en la tragedia, no sirvió para movilizar los recursos de la patria milagro sino para levantar una polvareda de chismes e intrigas en donde solo ganaron los medios de comunicación.
