miércoles, 31 de enero de 2024

Miscelánea - El igualado


 

 

Por James Cifuentes Maldonado

 

 

Soy consciente que lo que yo como opinador piense y diga ni quita ni pone, pero me siento inmensamente afortunado porque entiendo que hay otros territorios y otros sistemas políticos en el mundo en los que opinar no es tan fácil, por lo menos no sin que ello tenga consecuencias. La libertad de expresión es una de las mayores conquistas del mundo moderno y quizás las generaciones mas recientes no comprenden su valor como la mayor garantía que nos brinda la democracia, porque como sociedad ya hemos avanzado y poder decir lo que se piensa constituye un mínimo irreversible e innegociable.

 

En diciembre pasado tuve la oportunidad de intervenir en una jornada académica sobre derecho disciplinario organizado por el Ministerio de las TIC en la que se abordó el derecho de expresión en el contexto de la función pública y como parte de la dinámica de las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones; en dicho evento se trató de establecer el grosor de esa delicada línea que divide la libertad de expresión frente a otras premisas como el deber de informar y especialmente frente a la integridad y el buen nombre de las personas que eventualmente se pueden ver afectadas por una opinión sin fundamento o por una información falsa.

 

Se hizo referencia a varios pronunciamientos de las autoridades judiciales y especialmente de la Corte Constitucional en los que, en suma, se concluye que por su naturaleza fundamental no es fácil y no es conveniente pensar en poner límites al derecho de expresión sin pisar los terrenos de la censura, es decir que de alguna forma por estos días en los que las redes sociales y los medios de comunicación  son esas tribunas en las que cualquiera puede manifestar lo que sea, incluso lo que no sepa o no le conste, esa especie de abuso o de arbitrariedad con las que se hacen algunas afirmaciones, es una carga que todos los ciudadanos debemos soportar, algo así como un sacrificio que la humanidad tiene que hacer, que se justifica en función del derecho mismo de expresión. En otras palabras, es preferible que la mayoría diga mentiras si permitirlo es útil para que la masa siga hablando y dentro de esa masa en algún rinconcito llegue a brillar la verdad.

 

Para ejemplo un solo botón basta: Encuentro inconveniente que desde las principales emisoras de radio de este país le abran sin límites los micrófonos al fiscal Barbosa no propiamente para que informe sobre sus ejecutorias y sobre las políticas de la investigación criminal sino para que mantenga ese pugilato que la prensa ha venido azuzando con  Gustavo Petro y en el que el señor Francisco Barbosa en repetidas ocasiones le ha faltado al respeto, no a Petro como tal sino a la figura del Presidente de la República, refiriéndose al mismo sin ningún decoro, como si se tratara de pares o iguales y en mi sentir no lo son.

 

El expresidente Iván Duque no fue santo de mi devoción, pero en la oportunidad que tuve de estar en un evento oficial con él sentí la majestad de su cargo, porque quien me hablaba no era el ciudadano Duque sino mi presidente, así no hubiera votado por él. De eso se trata la democracia, yo lo tengo claro y por eso asumo la desgracia de tener que seguir soportando al señor fiscal haciendo política por radio, abusando de su cargo. 

miércoles, 17 de enero de 2024

Tío Alberto

En memoria de José Alberto Maldonado Marulanda
2 de agosto de 1960 - 15 de enero de 2024


Por James Cifuentes Maldonado  

  

  

Me preguntaron por qué el tío Alberto era tan especial; no tuve una respuesta clara ni inmediata; atiné a decir que era distinto, diferente a los otros hijos varones que tuvieron mis abuelos maternos.  La verdad no compartí con él tanto como hubiera querido, pero las contadas ocasiones en que pude hacerlo, algunas temporadas que pasó en mi casa, al cuidado de mi mamá, conocí a un ser sencillo, recursivo, laborioso, con una gran imaginación, pero con los sueños cortos e inmediatos, hechos apenas a la medida de lo que pudo conocer y aprender, nunca salió de Pereira y no estoy seguro de que haya terminado la primaria.    

  

Vivía día a día, nunca dejó de ser jornalero, primero del campo y luego de la construcción, con las mismas satisfacciones e ingratitudes que se narran en el tango de Pepe Aguirre; pasaba con entereza los tragos dulces y los amargos que el destino le sirvió en la copa de la vida, la vida que en su caso fue dura, injusta y que llegó a tener significado por las mujeres que amó y los hijos que le dejó al mundo, que ahí están, que salieron adelante y sólo ellos pueden dar cuenta de la conexión que tuvieron con su papá.  

  

Era un ser esencial, su principal valor era su humanidad, con todo lo que ello implica, con lo bueno y con lo no tan bueno, que es la condición que tenemos todos y que nos prohíbe o nos niega la autoridad moral de señalar o de juzgar. Mi tío Alberto solo fue culpable del pecado original que llevamos a cuestas desde que nacemos, por el mero hecho de existir y de ser; estigma que se remueve con la muerte que es la otra forma de empezar a vivir, en la eternidad a donde acaba de partir.   

  

Mi tío Alberto, no era el mismo del que habla la canción de Serrat, puesto que no tuvo títulos, ni cetro de oro ni corona, tampoco cató de todos los vinos ni anduvo por mil caminos, pero dio lo que pudo dar, compartió lo que tenía en su alacena y en sus bolsillos y especialmente nunca dejó de sonreír, ni en los momentos de mayor dureza, como cuando perdió la libertad y luego cuando estuvo a punto de perder una pierna por una fractura expuesta y rebelde que vino a sanar después de dos años.   

  

Él ya no está, una enfermedad silenciosa y no identificada apagó sus ojos a sus 63 años, pero su canción, como yo la entiendo, seguirá sonando, muy cercana a su último verso: “En el final del camino te esperó la sombra fresca de una piel dulce de 20 años donde olvidar los desengaños de diez lustros de amor … Tío Alberto”.  En mi repisa quedan el Ferrari de madera y la tractomula de cartón que hizo con sus propias manos, que un día me regaló y que hoy no tienen precio, en mi corazón y en mi mente queda lo más importante, su recuerdo, que hará que viva para siempre.   

 

PDTA. Los anteriores párrafos fueron escritos la mañana del 16 de enero de 2024, horas antes de las honras fúnebres de mi tío Alberto; la crónica muy compacta y resumida que aquí les he presentado corresponde a la perspectiva muy limitada que tuve de una persona a la que no conocí en toda su dimensión, pero a la que definitivamente me unía una gran afinidad, por razones que no puedo del todo explicar.  Así como la luna, mi tío Alberto tuvo una faz que nunca vi; en sus últimos años anduvo por escenarios en los que conoció a mucha gente e hizo parte de proyectos y obras que le dieron la plenitud de la que yo no sabía. Me avergüenzo por no haber estado ahí y no haber sido consciente de ello. 

 

Por suerte se dio la oportunidad para reivindicar ante mis ojos y mi ignorancia la vida y obra de mi tío quien literalmente construyó el templo donde habría de ser homenajeado y despedido para su viaje a la eternidad.  En la carrera 5ª entre calles 28 y 29 de Pereira, hay una capilla perteneciente a la Iglesia Católica Anglicana, congregación con la cual mi tío tuvo lazos muy estrechos y con la cual colaboró especialmente para levantar, durante casi dos décadas, los muros y hacer los acabados de ese bello lugar para el ejercicio de la fe cristiana, fe que él intentó seguir luchando permanentemente con sus escepticismos y sus dudas.  

 

El Padre Germán, con otros 5 sacerdotes, concelebró la misa más hermosa en la que yo haya estado.  Un acto muy cálido y muy intimo que trascendió lo litúrgico y se constituyó en el más grandioso testimonio sobre la vida de alguien, con todos los detalles que me hicieron comprender, para mi orgullo y gozo, que mi tío Alberto fue inmensamente querido e hizo parte de realizaciones de las que muchos de sus parientes no teníamos idea.  Gracias, padre Germán, a usted y a todos los que caminaron con mi tío en la mejor parte de su recorrido.





miércoles, 13 de septiembre de 2023

Miscelánea - Animalismo o populismo animal

 


Por James Cifuentes Maldonado 

 

 

A tono, con la dinámica de la nueva sociedad de la información, donde todo es breve y liviano y la profundidad está envía de extinción, me permitiré los siguientes pasabocas.   

 

Me llama mucho la atención una valla ubicada en cierta avenida de cierta ciudad, en la cual un candidato a la alcaldía propone un hospital público para mascotas, y pongo de presente el tema ya que no es desconocido que la cría de perros y gatos se ha venido convirtiendo en una verdadera industria multimillonaria. Esta actividad, muy lucrativa, por cierto, constituye todo un Clúster, una cadena productiva, que concentra por ejemplo la cría misma de los animales, el alimento, el cuidado mensual, los servicios veterinarios y muchos otros gastos más que se salen de lo normal y terminan en la excentricidad y la extravagancia. 

 

La economía de los animales de compañía, impulsada por la conciencia cada vez más fuerte sobre los derechos de los animales y su activismo, a mi juicio está desbordada, al punto que incluso llegará a comprometer la tasa de natalidad humana, porque las nuevas generaciones ya no quieren tener hijos, solo “peluditos”.   

 

Y no es que yo esté en contra de atender bien a los animales; lo que quiero poner presente es que todo aquel que quiera tener una mascota debe saber de antemano todas las implicaciones y los costos; como dicen por ahí “el que tiene para el whisky tiene para el hielo”. Por eso, si uno tiene mascotas por gusto, que puede ser un verdadero lujo, no puede pensarse que, si el perrito o el gatico se enferma pues que entonces simplemente acudiremos a un hospital público, pagado por los impuestos de toda la ciudadanía, como sucedía con la gasolina que la subsidiaban hasta a los que no tenían carro ni moto.  

 

Me parece muy llamativa la propuesta del hospital público para perros y gatos, muy vendedora en tiempos electorales, pero pongámonos la mano, no en el corazón sino en el bolsillo y preguntémonos ¿se justifica? ¿tiene un fundamento técnico desde lo presupuestal y lo tributario? ¿es razonable?  Si estas preguntas no son resueltas, la propuesta puede convertirse en solo humo, en una estrategia muy poderosa, por toda la sensibilidad y la empatía que encierra, pero que quizás raye en la demagogia y en el populismo. 

*** 

Señores, los clubes más grandes del mundo incluido el Barcelona, el Real Madrid, el Manchester United, el Liverpool, todos tienen su curva de rendimiento y, tarde o temprano, esa curva tiende a caer; el Deportivo Pereira, guardadas las proporciones, no es la excepción, máxime cuando se trata de un equipo de resultados milagrosos, pues no de otra forma sigo viendo yo que hayamos sido campeones del Futbol Profesional Colombiano.  Eso es un logro pasado, que además nos llevó a hacer un papel decoroso en la Libertadores, pero, ya está, volvimos a ser los mismos, aunque no niego que la pena es mayor cuando el golpe de realidad nos lo ha dado el Once Caldas el pasado domingo en nuestro propio estadio.  Sin embargo, no exageremos; he escuchado a unos periodistas hablar de respeto por la casa y otras peroratas sobre la dignidad del equipo local, pero pamplinas, el fútbol es solo eso, se gana hoy y mañana se pierde, el espectáculo sigue y siempre habrá un partido y un clásico más.  

jueves, 7 de septiembre de 2023

Miscelánea - Pereira es una realidad, no hay que acabar con ella para ganar unas elecciones


  

Por James Cifuentes Maldonado  

  

En el fragor de la campaña por la alcaldía, algunos candidatos no tienen inconveniente en decir que Pereira está sumida en el abandono, que todo está patas arriba, que aquí no se ha hecho nada; fabrican tragedias inexistentes para vendernos esperanzas artificiales, con la complicidad de los medios de comunicación que no tienen problema en exagerar los adjetivos para titular una noticia sensacionalista.    

 

Pereira es como la tenemos, pero no siempre fue así; nuestra ciudad tiene una dinámica de desarrollo que naturalmente va mostrando sus carencias; en la medida en que crece, crecen también sus problemas y necesidades, los cuales se van atendiendo con lo que hay, por supuesto, en un modelo de estado ineficiente, a veces infame y corrupto que siempre llega tarde, con los recursos limitados, con el estilo y las prioridades del mandatario de turno y sin que todos puedan quedar a gusto.   

 

Mientras unos quieren mayor inversión social y tejido humano otros querrán más cemento e infraestructura; mientras unos reclaman mayor pie de fuerza y más calabozos, otros pedirán más educación; mientras unos demandan más cultura otros reclaman mejores servicios de salud; y así, nos vamos yendo cada 4 años, con problemas nuevos y problemas viejos, como el espacio público y la inseguridad. Damos tres pasos y a veces nos devolvemos uno, pero es innegable que avanzamos, eso es evidente; quienes viven en Pereira y han sido testigos de su palpitar en los últimos 50 años, saben de lo que estoy hablando.   

 

Las personas tenemos la tendencia a mostrarnos orgullosos de nuestro terruño y seguramente, aun en los rincones más humildes, siempre habrá alguien que diga que vive en el mejor vividero del mundo.  En esto tampoco podemos llamarnos a engaño ni dejar que el patriotismo nos gane.   

 

Escuché a una periodista comentar sobre la situación del Sector de Villa Santana, manifestando que se trata de una zona históricamente olvidada, abandonada, lo cual no es del todo cierto. Invito a los que no salen del Centro y de la Circunvalar para que se den un paseo por Villa Santana y se encuentren con una ciudad dentro de la ciudad, con toda la oferta institucional que se ha generado en los últimos 30 años.   

 

En lo que hoy es Villa Santana han tenido que ver todos los alcaldes, en mayor o menor medida, pero en todo caso, aunque haya nuevas necesidades o éstas sean diferentes, Villa Santana ya no es un barrizal ni una zona prohibida, es la otra cara de Pereira con sus migrantes, sus invasiones, sus conflictos sociales y de orden público, pero también con sus instituciones educativas, con su estación de policía, con sus planes de vivienda, con sus servicios públicos, con sus calles pavimentadas,  y más recientemente con su Megacable.   

 

Algo similar ha sucedido con Cuba, El Dorado, Galicia y muchos otros sectores que nacieron en la subnormalidad, que eran inviables y que ahora son toda una realidad en esta Pereira que crece y se adapta al presente y se asoma como ninguna otra al futuro de Colombia.   

 

Si somos o no el mejor vividero, cada quien juzgará, lo cierto es que no hay que acabar con lo que hay solo para ganar votos; hay que construir sobre lo construido. No podemos destrozar la ciudad en la disputa por su gobierno. 

 

miércoles, 23 de agosto de 2023

Miscelánea - El encanto del Eje Cafetero


Por James Cifuentes Maldonado 

En el trasegar profesional, recientemente tuve la oportunidad de interactuar y compartir con personas de varias partes del país que me ayudaron a comprender el sentido y el valor de vivir en una región como la nuestra, que aun llamamos Eje Cafetero, aunque cada vez haya más potreros y menos cafetales. Cuando uno no ha tenido la oportunidad de viajar mucho, el lugar donde uno crece y vive se le vuelve literalmente paisaje, hasta el punto de que, por mera costumbre, uno pierde la capacidad de comprender y de apreciar la belleza y el valor de todo cuanto conforma nuestro entorno.  

Un amigo barranquillero, cuando estuvo de paso por acá, me dijo algo que me sorprendió tremendamente, en relación con un elemento de nuestro paisaje sobre el cual yo no me había detenido a pensar; me dijo Norman Jiménez, que así se llama mi amigo, - mire hermano, a mi lo que más me gusta del Eje Cafetero son los taludes; - ¿Cómo así? Le respondí yo, ¿qué tiene de especial un talud?, – pues mucho, acotó Norman; y me explicó: -mire viejo,  de donde yo vengo esas cosas que ustedes llaman barrancos simplemente no existen; en el departamento del Atlántico la montaña más alta si acaso tendrá una elevación de 200 o trescientos metros; en cambio por acá están llenos de barrancos por todas partes, no hay camino ni carretera que no los tenga a un lado de la vía, forrados de verde por la espesa vegetación y plagados de nacimientos de agua; y eso, mi querido amigo, que no existe en Barranquilla, es lo que más me gusta del eje cafetero.   

La verdad, nunca me había puesto a pensar en la estética de los taludes, si no es porque un costeño me hace caer en cuenta; hasta ese momento la idea que yo tenía era que los taludes solo eran un problema, por lo de los deslizamientos; pero tiene sentido, una cosa es viajar por las carreteras ardientes e interminables de la costa, donde nada nos rompe la mirada, y otra muy distinta atravesar permanente las imponentes montañas de Caldas, Quindío, Risaralda, norte del Valle y norte del Tolima entre nogales, guayacanes y guaduales, cruzando ríos y cañadas cada kilómetro, con esa frescura que hace fascinante viajar por tierra y querer detenerse en cualquier parte.  

En el puente festivo que acaba de pasar, le saqué el cuerpo a las, en mala hora, llamadas fiestas “del chupe”, y me di una vuelta por Filandia, donde también están de celebración y me quedé sorprendido de la transformación que ha tenido ese municipio, con decirles que en menos de 10 años ha desarrollado su oferta turística a niveles que hacen perder el interés de volver a Salento, donde se volvió imposible entrar.   

En el recorrido, pasando por Quimbaya y Alcalá, no pude evitar pensar que hayan sido necesarios un par de  terremotos y la declaratoria del Paisaje Cultural Cafetero, qué básicamente fue un instrumento que nos regaló la UNESCO, para poder entender que nuestra mayor riqueza eran todas esas cosas que nos parecían intrascendentes; que nuestras montañas, nuestros cafetales, nuestra gastronomía, nuestra música y nuestra forma de ver y vivir la vida, eran nuestra mayor riqueza; elementos apreciados por los visitantes de manera superlativa y, para nosotros, de lo más normales.  

Ahora entiendo a Norman, cuando me dijo lo que le gustaba del Eje Cafetero.  

 


jueves, 17 de agosto de 2023

Miscelánea - La capacidad de debate

 


 

Por James Cifuentes Maldonado 

 

 

La capacidad de debate no lo es todo, pero es un buen comienzo.

 

Uno entiende que una campaña política es una empresa en la que convergen muchas personas y muchos intereses; que se trata de un trabajo en equipo donde hay muchos roles, desde el más simple como entregar un volante hasta el más estratégico como orientar la comunicación, definir el mensaje que se quiere dar a los electores y la imagen que se quiere proyectar. Cada uno de esos roles es necesario para llegar al objetivo que no es otro que sumar la mayor cantidad de votos mayoritario y que el candidato salga elegido.   

 

Uno entiende que cuando el candidato ya no sea candidato, sino que esté despachando como flamante alcalde, o como gobernador o presidente, o legislando como congresista o coadministrando como concejal o diputado, tendrá un sinnúmero de recursos para hacer su trabajo, especialmente contará con subalternos y asesores que prácticamente harán todo por él. 

 

Uno entiende que, en la forma en que funciona la política, como se adelantan las campañas y finalmente como se ejercen los gobiernos, los discursos y las formas de dirigirse a la opinión pública, incluso de guardar silencio, por parte de la persona que en sí ostenta el cargo o la dignidad, puede no llegar a ser muy relevante, aunque si anecdótica.  

 

En Colombia tuvimos un par de presidentes que quedaron en la memoria por su falta de brillantez en sus intervenciones, Julio César Turbay y Andrés Pastrana; tuvimos uno que nunca pudo pronunciar la palabra Coquivacoa, Virgilio Barco; otro con la voz chillona y carcajada inconfundible, Cesar Gaviria, que le gritaba a otro expresidente: ¡mentiroso! ¡mentiroso!, uno que hablaba en cámara lenta, Samper, otro que conquistaba y repelía adeptos con su tono santurrón, abusando de los diminutivos, Álvaro Uribe; uno con la peor dicción de todos, Juan Manuel Santos; otro al que los discursos le salían mejor en inglés que en español, Iván Duque y el genio que tenemos ahora, Petro, que acentúa la última sílaba de cada palabra como si ello le confiriera mayor autoridad, le encanta eso, además de llegar tarde a las reuniones.  

 

Uno entiende todo eso que acabo de plantear en esta perorata y por ello podría uno pensar que una campaña puede perfectamente hacerse y ganarse a punta de propaganda, de cuñas radiales, de entrevistas pagadas, de vallas inmensas con fotos retocadas y de marketing político (entiéndase juego sucio), sin que el candidato eche un solo discurso y especialmente sin que asista a un solo debate.

 

Pero, ojo, mucho ojo;  al margen de las circunstancias en las que se han dado las elecciones históricamente en este país, con votos duros o amarrados por el clientelismo, en la actualidad, cuando propendemos por una mayor incidencia de la opinión y del análisis racional de las propuestas programáticas, que los candidatos den la cara en los debates es muy importante; los debates son una herramienta democrática fundamental porque nos rebelan la verdadera capacidad del aspirante, de su preparación y de lo que tiene en la cabeza.   Si bien en un debate todo es hipotético y no se define nada, el ejercicio nos puede arrojar la medida no solo del carisma y del liderazgo del aspirante sino además de su capacidad técnica, de su templanza y de su tino para resolver situaciones.

 

Las campañas, además de centrarse en los recursos y en la logística tienen que ocuparse del discurso y de la forma en que el candidato se quiere conectar de fondo con su territorio y con el electorado, no solamente seducirlo o conquistarlo replicando lo obvio o lo que todo el mundo quiere oír.

 

Votar por un candidato que no exponga sus ideas, que no explique sus planes y sus programas, que no comparta su entendimiento del territorio que pretende gobernar, en un contexto de controversia y contraste como lo es un debate bien organizado y moderado, es como comprar un producto solo con ver la foto. A muchos nos ha pasado que cuando nos llega la hamburguesa no era lo que nos habían mostrado.

 

Por decirlo de alguna forma, negarse a los debates y pretender llegar a la victoria echando mano solamente de la publicidad y del efectismo de las redes y de los medios de comunicación, es menospreciar la capacidad crítica y de raciocinio de los votantes.  

 

De cara a las próximas elecciones regionales, bienvenidos los debates y bienvenidos los candidatos que se preparen y se atrevan a hacer parte de los mismos; lo que está en juego no es el futuro de ellos sino de todo un conglomerado social que tiene derecho a conocer las propuestas, a saber lo que llevan por dentro los “paquetes” que les están vendiendo. Tienen derecho a saber lo hay más allá de las pancartas, de las propagandas y de las vallas y del foto shop.

miércoles, 9 de agosto de 2023

Miscelánea - Humberto Restrepo P.


 

 Por James Cifuentes Maldonado

 

 

Gracias muchas por benevolencia tanta” y “Más tiene Dios para darnos que nosotros para pedirle”. Eran dos de los dichos que le escuché a Humberto Restrepo, en las reuniones familiares, con ese espíritu y ese genio bonachón que le caracterizaba. No volví a verlo desde antes de la pandemia, pero, como a todos esos amigos que no se frecuentan pero que se llevan en el corazón, nunca lo olvidé; preguntaba por él a sus hijos cuando me los encontraba. Humberto, aunque fue un roble ya acusaba algunos de los males que suelen ser comunes a los ochenta y tantos años. 

 

Para esta Miscelánea me disponía a dar mis apreciaciones sobre el escándalo de Daysuris y Nicolás Petro, pero como ese será tema recurrente en los próximos 3 años en este país y habrá muchos que lo comenten mejor que yo, cambié de parecer y me decidí por algo más útil, honrar la memoria de un viejo amigo que se fue a la eternidad. Se llamaba Humberto Restrepo; cuando se presentaba levantaba la voz para reivindicar con ahínco y orgullo su segundo apellido, Peláez. 

 

Era una delicia compartir con ese Señor a quien conocí cuando ya trasegaba la segunda mitad de su vida, por eso el recuerdo que tengo más claro era su estatus de pensionado y de "desocupado", cuando su prole ya se había emancipado y dedicaba la mayor parte de su tiempo en hacer mandados, en jugar cartas con su amigo Artemo y en consentir y acompañar a su negrita, a María Ruby, su señora, que se fue de su lado y de este mundo prematuramente.  

 

Humberto vendría a ser algo así como mi tío político, porque era esposo de la tía de quien para la época era mi pareja; mejor dicho, no éramos nada, pero en su momento fuimos todo; era el veterano con el que me igualaba en tragos y charlas y quien con tono serio me llamaba la atención apuntándome con el dedo oscilante y diciéndome “más restrepito”.  

 

Humberto Restrepo Peláez podría ser un viejo más que se murió, pero no lo es; era el prototipo de esposo y de padre, tierno, cariñoso y comprometido, muy extraño en las generaciones de antaño tan proclives al machismo, al descuido y a la desconexión con la familia. Debo decir que nunca vi a un hombre querer tanto a su mujer ni a unos hijos conectarse tanto con su padre. Dentro de sus muchas anécdotas recuerdo la de cuando estaba llenando un formulario en un banco y le preguntaron los nombres de sus hijos y una y otra vez repasaba: Cesar, Alberto, María Teresa, Julián, Guillermo y “El Negro”, sin recordar cómo diablos era que se llamaba El Negro; tuvo que llamar a la casa para que le recordaran que El Negro se llamaba Hernando, vale anotar que Hernando no entiende por ese nombre y casi nadie sabe que se llama así. 

 

Entre triste y gustoso pude acompañarlo a su despedida, una misa sentida en la Iglesia María Reina del Barrio el Jardín de Pereira, donde Humberto era muy reconocido y apreciado; el cura se refirió a él y a su esposa como si fueran parceros y, luego de hablarnos sobre la tienda de campaña que es la vida terrenal, nos invitó a imaginar lo que le diríamos a nuestros seres queridos si pudiéramos saber con antelación cuándo se van a morir.  

 

De Humberto podrían decirse tantas cosas, pero termino con la mejor, amaba al Deportivo Pereira, y eso agota toda discusión.