viernes, 25 de diciembre de 2020

Renuncio - No voy más con la Revista Semana

Por James Cifuentes Maldonado 

 

 

Creo en la responsabilidad de quienes tienen la oportunidad de escribir en un medio, para expresar sus puntos de vista y a la vez ayudar a formar las opiniones de otros, con todo lo que ello implica, si lo que se escribe no es debidamente ponderado o, peor aún, cuando ni siquiera es verdad o se trata de mero proselitismo, la promoción de intereses propios o de terceros, disfrazados de opinión. 

 

Los editorialistas o quienes arreglamos el país en una tertulia, requerimos un contexto informativo o unas fuentes que nos lleven a reunir los elementos o los conceptos necesarios para construir o consolidar un texto. Así, entre los medios y los suscriptores, entre quienes escriben y los lectores, se establece una relación no solo de utilidad sino además de confianza. Elegir qué leer es tan importante como elegir qué comer; si comemos balanceado, los resultados de una u otra forma se van a notar; si leemos sólo basura muy seguramente hablaremos basura, al igual que si sólo comemos chatarra nuestro cuerpo terminará convertido en eso.  

 

Durante más de 10 años fui suscriptor y lector de la Revista Semana y como no soy muy recorrido ni cosmopolita y todavía tengo batatilla en las orejas, admito que en gran medida mi visión en lo político, en lo económico, en lo social y en las diferentes perspectivas del acontecer de Colombia y del mundo, partía de lo que encontraba cada 8 días en esa publicación, la cual, por alguna extraña manía, leía siempre de adelante hacia atrás.  

 

Cada domingo comenzaba mi ritual con Daniel Samper Ospina, con toda su gracia y su irreverencia, para fascinarme luego con el conocimiento histórico y la agudeza de Antonio Caballero, pasando por la capacidad de retratar el país en un solo trazo de Vladdo. Luego de la sección de Tecnología, Mundo Moderno y otras variedades me deleitaba con la claridad de Alfonso Cuéllar, para, después de leer los reportajes especiales y de sumergirme en las cloacas de la corrupción, denunciadas por María Jimena Duzán y Daniel Coronell, terminar fisgoneando en los confidenciales.  

 

Obviamente y aunque me costara y a veces me revolcara el estómago, también leía a Salud Hernández, en su momento a José Manuel Acevedo y más recientemente a Vicky Dávila, y los seguiré leyendo, por supuesto, porque ahí radica la riqueza de este ejercicio, conocer todas las versiones, por extremas, incomprensibles o parcializadas que nos lleguen a parecer. La cuestión es que, con el revolcón en SEMANA ya no se justifica seguir pagando para leer solamente a columnistas como esos. 

 

Pretendiendo ser objetivos, pero sin lograrlo, porque se les notó la solidaridad de gremio, Camila Zuluaga y su equipo de Blu Radio, intentaron poner contra las cuerdas a Gabriel Gilinski, nuevo propietario de Publicaciones SEMANA, cuestionándolo por el cambio de línea editorial y las decisiones administrativas que llevaron a la desbandada  de los columnistas más antiguos y que más aportaron a la impronta y al prestigio de la revista; sin embargo, el inversionista no se arrugó y de una manera contundente defendió la realidad de los medios en la nueva era tecnológica, vaticinando la desaparición del papel impreso y la disrupción de lo digital, no solamente para informar, sino para hacer crecer el negocio. 

 

Así, sin ser más que un simple suscriptor, también renuncio. 

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Miscelánea - Una mala persona


Por James Cifuentes Maldonado 

 

El complejo sistema electoral estadounidense, donde al presidente lo eligen los territorios, con los dichosos votos del colegio electoral, y no directamente el pueblo, ha sido puesto a prueba como nunca antes, y, siendo que en Estados Unidos no existe una autoridad electoral nacional, como si pasa en Colombia, a quien pretendiera hacer fraude, le tocaría saltarse las normas y corromper urnas y votos en cada uno de los 50 estados. 

Las quejas de Trump sobre un supuesto fraude en las elecciones, son patadas de ahogado, estertores delirantes de su desgobierno. Pareciera que el destino está compensando, hace 4 años Trump ganó en votofinish y ahora en 2020 le toca perder por la misma vía, a juzgar por los resultados en Pensilvania, Georgia, Nevada y Arizona; sin que nada haga pensar que ha habido fraude; hasta el momento solo hay gritos y demandas, pero nada de evidencias. 

Los Estados Unidos han tenido 20 presidentes demócratas y 25 entre republicanos e independientes. Pero la vocera de la campaña de Trump, Maricruz Magowan no tuvo problema en decir que con Joe Biden ganaría el socialismo; una afirmación sin sustento pero sí con mucho efecto, al mejor estilo del fascismo. Una de las tantas mentiras de las que este fin de semana rebozaron la taza de los medios de comunicación norteamericanos, que cortaron las alocuciones del derrotado Donald Trump; algunos dicen que por censura y yo digo que por seguridad nacional. 

Lo único que emerge claramente en todo esto, es que los Estados Unidos, como el resto del planeta, ideológicamente y literalmente, están partidos a la mitad, y esa división que se manifiesta en todos los ámbitos, en mi opinión nada tiene que ver con capitalismo o comunismo, aunque quienes quieren encender las redes insistan en hacerlo ver así; en realidad toda esta peleadera corresponde a dos formas distintas de ver el mundo y la vida, con mayor o menor énfasis en el uso de la fuerza y de la autoridad; con mayor o menor énfasis en la justicia social, con mayor o menor énfasis en la sensibilidad ecológica y ambiental, con una idea diferente de la riqueza y la prosperidad; con una idea diferente sobre la religión, sobre dios, sobre nuestro origen y sobre nuestra muerte. Sólo es eso. 

Algunos, a este antagonismo lo llaman derecha e izquierda, conservatismo y liberalismo, pero que en el contexto actual de polarización y en lo que ha venido sucediendo en eventos democráticos, como el plebiscito por la paz en Colombia, el Brexit en Reino Unido o las elecciones en Estados Unidos, no tiene nada que ver con los sistemas políticos o la forma de producir los bienes y servicios del país; porque es un hecho, recontraprobado, que la propiedad privada y el emprendimiento son las piedras angulares del desarrollo y que el capitalismo, según las evidencias, desde la caída del Muro de Berlín, aún con sus desequilibrios, es el menos peor de los sistemas, si no pegúntenle a los chinos, que son comunistas para gobernar pero bien capitalistas para captar inversión y producir. 

De Trump no sé mucho, como suele suceder con casi todo el mundo; no sé si es millonario o está quebrado, si es culpable o inocente, si es buen o mal papá o si es un buen o mal marido; pero lo he oído hablar y he leído sus trinos, y sé que no es una buena persona; y eso para mí es determinante.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Miscelánea, Trump vs Biden

 


Por James Cifuentes Maldonado 

 

 

Hace 4 años no podíamos dar crédito al hecho de que un personaje como Donald Trump hubiera sido nominado por el Partido Republicano y, contra todos los pronósticos, ganara las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, por márgenes estrechos, similares a los que le dieron la ventaja al NO, en el plebiscito por la paz en Colombia. 

 

Al momento de escribir estas notas, cuando están abiertos los comicios en todos los estados de la unión, pareciera que lo increíble se volviera a repetir; para este mundo al revés no ha sido suficiente con elegir a Trump, sino que además habría que reelegirlo. Como muchos otros ingenuos, yo pensé que la elección de Trump como presidente del país más poderoso, por lo menos de este lado del mundo, había sido un accidente, una mala pasada que nos había dado el destino, propiciada por la manipulación de la opinión pública a través de las redes, y que muy seguramente Trump tendría un desempeño espantoso y que ese accidente no volvería a suceder. 

 

Pues resulta que no; a pesar de las barbaridades y los desplantes de Trump, su total incorrección política y su ramplonería, el desastre que todos esperábamos en realidad no sucedió, porque el tiempo nos fue enseñando que el discurso puede con todo y que el pintoresco Trump es más lo que habla que lo que hace y que las jugadas con las que ganó hace 4 años eran netamente efectistas.  

 

El muro en la frontera con México no fue construido; Venezuela no fue invadida y por el contrario Maduro se fortaleció, por los devaneos del gobierno gringo que jamás pasaron de unos apuntes del exconsejero de seguridad John Bolton, que insinuaban que Colombia serviría de tránsito a las tropas gringas para liberar a Venezuela; por suerte eso se quedó en una simple anécdota, porque en verdad Trump jamás ha tenido intenciones de intervenir nuestro vecindario, ni se la ha jugado con la oposición venezolana; particularmente no le ha creído mucho a Guaidó, con el gobierno de ficción que le dejaron proclamar, en cuya farsa participamos los colombianos, con concierto y todo en la frontera. 

 

En la guerra comercial con China lo más crítico ha sido el bloqueo al gigante tecnológico Hua Wei, pero de resto los chinos siguen asomándose como la economía más grande y más potente del planeta, en un horizonte de 20 años, y ni Trump ni Biden podrán impedirlo. El dólar se fortaleció y los fundamentales económicos de los Estados Unidos se mantuvieron estables, lo que parece confirmar que los hilos de esa nación no los maneja el presidente, sino unos señores tras bambalinas, dicen que un puñado de familias que manejan la Reserva Federal, que constituyen el verdadero poder y a los que les da lo mismo que el presidente sea demócrata o republicano. 

 

Pareciera que el mundo se acostumbró a Trump y él pudo sacar adelante su ego y su show, aportando su granito de arena para que este mundo sea cada vez más invivible, por la polarización y la intolerancia llevada a su máxima expresión, gracias a la masa de incautos cada vez más grande, azuzada por un sentimiento nacionalista y antiinmigrante. 

 

Irónicamente, si Trump es reelegido, lo sería gracias a esas minorías de las que tanto se asqueó; por ejemplo, el voto latino en la Florida en donde miles de hispanos se comieron el cuento de que Estados Unidos se volvería como Venezuela. 


miércoles, 28 de octubre de 2020

Miscelánea - Lo que dijo el Papa, que dijeron que no dijo

Por James Cifuentes Maldonado

Un día de la semana pasada me puse los audífonos, me monté en la bicicleta y me fui a hacer una ruta corta; sintonicé La W Radio y mientras pedaleaba por la variante Condina escuchaba a Juan Pablo Calvás que, a propósito de las declaraciones rendidas por el Papa Francisco, en relación con los homosexuales, en el documental “Francesco” del cineasta ruso Evgeny Afineevsky, trató, infructuosamente, de obtener una señal de apertura en varios dirigentes y autoridades de la iglesia católica colombiana que fueron entrevistados, luego que se conociera toda una perestroika de labios del máximo jerarca del Vaticano, que irónicamente fue desautorizada por sus mandos medios.

Los periodistas reprodujeron una y otra vez los audios correspondientes a lo que dijo el Papa: “Las personas homosexuales tienen derecho a estar en la familia, son hijos de Dios, tienen derecho a una familia. No se puede echar de la familia a nadie ni hacerle la vida imposible por eso" “Lo que tenemos que hacer es una ley de convivencia civil, tienen derecho a estar cubiertos legalmente".

A pesar de la claridad y la contundencia literal de las declaraciones, un abogado, un obispo y un par de expertos en temas canónicos se cerraron a la banda asegurando que Francisco había sido mal interpretado, que él no dijo lo que dijo, que lo sacaron de contexto.

Según los doctores de la santa iglesia, lo que Francisco dijo en pleno siglo XXI, como noticia del siglo XVIII, es que los homosexuales tienen derecho a ser tratados con consideración y a que no sean excluidos de sus familias, pero que de ningún modo el Papa quiso decir que tengan derecho a formar una familia bajo los ojos de Dios; que ni por el chiras el Papa quiso plantear un escenario para el matrimonio igualitario. Y aunque encuentro lógica dicha réplica, como parte de la confesión y la dogmática cristiana, me parece infortunada porque, aunque algo falta, con los nuevos modelos de educación, más mesurados en el adoctrinamiento religioso, las familias colombianas han progresado en apreciar la homosexualidad como una condición humana y no como una patología psiquiátrica para tratar con choques eléctricos.

Tampoco dijo el Papa, explicaron los doctores, que se haya dado alguna exhortación para que los gobiernos generen condiciones civiles para los homosexuales; fueron más allá y se atrevieron a comparar la unión entre personas del mismo sexo como un simple negocio, como si se tratara de cualquier sociedad mercantil, desconociendo radicalmente que entre dos gais o dos lesbianas pueda florecer el amor como en cualquier pareja heterosexual y no solamente el deseo de prosperar económicamente; una barbaridad.

No sé en que quedó Juan Pablo Calvás con sus invitados, pero escuché lo suficiente para sentirme muy triste, ya que, mientras el pastor del rebaño más grande del mundo lucha por actualizar las posiciones caducas de la iglesia católica, con verdaderos bálsamos ideológicos que refrescan la mente y el alma, los gerentes de mercadeo de la fe insisten en pensar como en el siglo pasado.

Se pregunta uno, si el santo Papa como líder espiritual está en el lugar correcto o, en el caso de Jorge Bergoglio, es apenas una imagen, un símbolo, una ficha de ajedrez, un excelente ser humano preso en su sotana, en la cárcel de su inteligencia y de su grandeza.

jueves, 22 de octubre de 2020

Miscelánea - Lo que pasó, pasó.


 

Por James Cifuentes Maldonado 

 

Hace poco, en un programa radial, hablaban con Juanes, de su trayectoria como cantante y le preguntaban algo así como ­­qué cosa haría diferente, si fuera posible regresar el tiempo; no recuerdo lo que contestó el artista, pero lo que sí les puedo decir, desde mi propia perspectiva es que se trata de una pregunta inútil, que parte de un supuesto imposible y por tanto no conduce a ninguna parte, una pregunta, en este sentido, con una respuesta inocua, porque los hechos del pasado no se pueden juzgar ni reconsiderar con las realidades del presente; una pregunta en un contexto hipotético que difícilmente podrá tener una contestación genuina sino tan sólo especulativa, de esas que se dan solamente para quedar bien o políticamente correctos, ya que la mayor parte de las veces los entrevistados dirán que no cambiarían nada, que harían todo igual. 

Por ejemplo, así nada más de ociosos, un día con unos amigos jugamos al túnel del tiempo y nos visualizamos en el momento justo antes de procrear a nuestros hijos; era un ejercicio en retrospectiva pero la idea era hacerlo con la conciencia y la información presentes, para preguntarnos si nuevamente decidiríamos ser papás.  La primera reacción de todos fue obvia: ¡cómo se le ocurre!, Claro que volvería a ser papá. Sin embargo, yendo más allá en el ejercicio y tratando de sincerar mucho más nuestras ideas, sin la emotividad de los sentimientos, haciendo la sustracción momentánea del apego a lo que ya construimos, que incluye a esos hijos que ya tenemos, nos sorprendimos al concluir que los seres humanos de antes éramos más instintivos, más heroicos y por eso nunca pusimos en duda nuestro destino de ser papás, y lo fuimos. 

Pero, qué tal que no, qué tal que hace 20 o 30 años hubiéramos siquiera imaginado como se están criando y como se comportan las nuevas generaciones, es decir nuestros hijos, cuyos proyectos se concentran en estudiar, competir, viajar, conocer, sentir, disfrutar, prosperar, ser exitosos y vivir sólo para ellos mismos, sin anclas, sin ataduras. 

Como reza el dicho, cada día trae su afán, en cada etapa de la vida cada ser humano tiene sus prioridades según sea su formación, sus recursos, su entorno y su energía, y cada experiencia, con aciertos y desaciertos, con éxitos y fracasos, va forjando su carácter de tal manera que cada momento tiene su propia impronta, su propio contexto y no es susceptible de analizar posteriormente de manera aislada, bajo la falsa premisa de lo que pudo haber sido y no fue, de lo que fue correcto o no, porque precisamente cada acontecimiento de nuestras vidas es la confluencia o el desenlace de otros hechos propios o ajenos, voluntarios o involuntarios o incluso de meras coincidencias o de un accidente. 

Si la pregunta me la hicieran a mí, con seguridad diría que no, que no haría nada diferente, pero no porque no quisiera, sino porque no tiene sentido responder de otra forma, porque no tiene caso ser profeta mirando hacia el pasado; diría que todos y cada uno de mis actos y mis ejecutorias fueron lo que fueron porque algo las motivó, un deseo, un sueño, un impulso, una preparación o incluso un error o una omisión, y por tanto no dejarán de ser ni tiene caso especular sobre si pudieron haber sido iguales, mejores o peores, o si nosotros pudiéramos haber actuado distinto.

miércoles, 14 de octubre de 2020

Miscelánea - En el lugar equivocado

Por James Cifuentes Maldonado 

 

José Antonio Duarte Leiva, un colombiano más para la mayoría, pero muy reconocido en su comunidad y más querido y apreciado aun en el seno de su familia, de donde un camionero lo arrancó el pasado viernes, segando su vida al impactarlo violentamente y lanzarlo por la baranda de un puente en inmediaciones de Bogotá. No suelo ver publicaciones y menos videos sobre los que me avisan que el contenido es fuerte, sin embargo, por tratarse de un ciclista, por la identificación que tengo con todos los que usan la bicicleta, para trabajar, por deporte o transportarse, esta vez me atreví a dar clic. 

El video fue colgado en redes sociales y no lo vi una vez, sino que lo repetí muchas veces, porque quería entender lo que había pasado en esa impresionante escena, cuando, al parecer, el conductor de un vehículo de carga no advierte que adelante, contra la baranda del paso elevado, transitaba José Antonio, quien fue golpeado por un costado para ir a parar contra el pavimento 4 y medio metros abajo del puente. 

Le he dado el beneficio de la duda al conductor del camión, asumiendo que, increíblemente, no se percató del ciclista; porque que en este hecho hay un elemento diferente a la generalidad de accidentes de este tipo, ya que la víctima no se desplazaba por la derecha de la vía que es lo reglamentario sino por uno de los carriles de la izquierda que normalmente son utilizados para adelantar; para decirlo con claridad, José Antonio estaba en el lugar equivocado, tanto por su fatal ubicación como por el descuido del camionero que tenía que haberlo visto. 

El camionero tendrá una razón para discutir en su defensa, la imprudencia de la víctima, que convierte la acción en un homicidio culposo, pero de lo que no se salvará y por lo que ya está condenado por la sociedad y ojalá por un juez, es por su indolencia, porque a pesar de la notoriedad de lo que pasó, por lo menos por lo estruendoso que debió ser el golpe, huyó del lugar, lo cual fue un acto perfectamente consciente y por lo tanto doloso, ya que no solamente aceleró, sino que además cambió de carril para disimular y mentirse a sí mismo sobre lo sucedido, sin tener en cuenta que una cámara lo estaba captando. 

Y sí, a pesar de la incorrecta ubicación del ciclista, el conductor será culpable por el mero hecho de haber sacado su furgón ese día y manejar por donde lo hizo y como lo hizo, porque, conducir un vehículo por la vía pública es per se y por definición jurídica una actividad peligrosa, así no lo tengamos muy presente, porque diariamente salimos de casa y regresamos en nuestro vehículo sin tener percances y sobre todo sin lesionar a nadie. 

La realidad es que cada uno de los que andamos en moto o en carro por las calles y carreteras, aún con toda la pericia, somos potenciales causantes de una tragedia o posibles víctimas de ella, por la más mínima distracción propia o ajena. Para matar a alguien o dejarlo cuadripléjico sólo se necesita un segundo de desconcentración, mirando a un lado o intentando contestar una llamada celular.  

Paz en la tumba de José Antonio, que iba por la izquierda, pero también en la de los miles de ciclistas y peatones que, aun yendo por la derecha, fueron ignorados y murieron por la arrogancia y la intolerancia de uno de esos gamines con licencia, que van por ahí sin dios y sin ley.

miércoles, 7 de octubre de 2020

Miscelánea - Un lugar peligroso

  

Por James Cifuentes Maldonado

 

El mundo está lleno de lugares que, desde muchas perspectivas, pueden catalogarse como malos o peligrosos. No importando el tamaño del territorio, hay zonas, especialmente urbanas, que la generalidad de las personas no frecuenta o incluso son impenetrables para la fuerza pública. Pero no por eso esas zonas dejan de existir o dejan de contar para la sociedad en su conjunto, para las instituciones y para las autoridades; allí están, que no vayamos por uno u otro motivo es diferente, pero nos pertenecen, para bien y para mal, son una parte de nosotros, aunque vivamos de espalda a ellas.

En los últimos 20 o 30 años, los cambios más profundos en nuestras sociedades los han traído las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, pero no me detendré en ello, porque es decir más de lo mismo, ya ha sido mucha la tinta que ha corrido sobre los efectos de la televisión, la internet, las redes sociales y las comunicaciones instantáneas, que nos tienen hoy por hoy como zombies atados a unos dispositivos cada vez más pequeños e inversamente cada vez más poderosos en sus contenidos y en sus alcances.

En materia de prestaciones y de conectividad hay muy pocas cosas que no se puedan hacer con un smartphone, con las aplicaciones correctas y un buen plan de datos, desde trabajar en casa, controlar una fábrica a distancia, enseñar, con los estudiantes en un continente y el profesor en otro, entretenerse al más alto nivel jugando en línea o simplemente matando el tiempo en Instagram o haciendo monerías en Tik Tok, con el agravante o atenuante, no sé cuál expresión es la correcta, de que el mundo evoluciona y se acomoda a las nuevas formas de vida que la tecnología nos proporciona, y ni qué decir de la naturaleza que se confabula para que ello sea así, y me refiero a la pandemia que vino a encerrarnos físicamente para que abriéramos la mente, dándonos el empujón definitivo para entender que hay formas nuevas de hacer las cosas con menos recursos y sin distancias.

En síntesis, a lo que quiero llegar es que en ningún momento de la historia los avances han podido detenerse, la modernidad jamás ha tenido reversa; por más que los nuevos inventos, los adelantos, los nuevos usos y todos los fenómenos disruptivos en principio generen alguna resistencia o impacto negativo, ello será así mientras la sociedad los asimila y se adapta a través de las nuevas generaciones, que tienen la responsabilidad de seguir construyendo el mundo a partir de esos avances.

La tecnología, con todas sus posibilidades, pero especialmente con la virtualidad, ha llegado para quedarse, redefiniendo el modo de hacer las cosas pero muy especialmente de entender los espacios en los que la gente interactúa y en esta realidad inobjetable e imparable, las redes sociales constituyen un nuevo lugar, en el cual podemos estar o no estar, según nos parezca, de la misma forma en que decidimos si pasamos o no por determinada calle, parque o barrio de una ciudad.

Por estos días, los creadores de las redes sociales, haciendo catarsis, con algo de cargo de conciencia, han venido recomendando que nos desconectemos, que su invento es malo, que no sirve para lo que ellos lo imaginaron, pero es inútil, las redes ya están ahí, nada hará que desaparezcan, pero cada individuo si deberá pensar si entra o no entra.