jueves, 1 de mayo de 2025
Miscelánea - Tríptico
martes, 22 de abril de 2025
Francisco: U N F E N Ó M E N O
Por James Cifuentes Maldonado
Esta es mi interpretación sobre unas declaraciones que el Papa Francisco hizo alguna vez a la prensa, y donde explicaba el papel de las religiones en la sociedad. Dijo algo así como que: Las religiones no encierran verdades absolutas y, en su mística, sin renunciar a la propia creencia, están llamadas a unir y llevar a la humanidad a la armonía; porque la fe, más que una diferencia, representa un nexo, un canal espiritual, un avance de las culturas y de los pueblos, una oportunidad para dar sentido a la existencia y coexistir.
En el segundo año de su papado a Francisco se le atribuyeron las siguientes afirmaciones que levantaron roncha y causaron revuelo, por lo que luego las tuvo que matizar:
“Al igual que la fábula de Adán y Eva, vemos el infierno como un recurso literario’.
“Todas las religiones son verdaderas, porque son verdad en los corazones de todos aquellos que creen en ellos. ¿Qué otro tipo de verdad está ahí? En el pasado, la iglesia ha sido muy dura con los que consideró inmorales o pecaminosos. Hoy en día, ya no hay juicio. Como un padre amoroso, nunca condenemos a nuestros hijos”.
Luego, en lo que fuera una de sus ultimas intervenciones públicas, dijo, palabras textuales: “No puede haber paz sin libertad de religión, libertad de pensamiento, libertad de expresión y respeto por las opiniones de los demás”.
Cosas como esas, de parte del maximo jerarca de una institución intolerante y anquilosada en el pasado como la iglesia católica, hacen de Francisco un fenómeno muy dificil de igualar o de repetir. Una pena que vengamos a conocerlo en toda su estatura como humanista y en su dimensión como lider ahora con su muerte. Era una golondrina haciendo verano. Deberíamos tratar de emularlo, para honrar la memoria del que más que una autoridad fue un verdadero pastor, que intentó construir un mundo mejor predicando con el ejemplo de su sencillez, su austeridad, su empatía y su afinidad y preocupación por los desvalidos y los debiles.
Éramos felices con Francisco y no lo sabíamos.
miércoles, 9 de abril de 2025
Miscelánea - La alegría de leer
martes, 18 de febrero de 2025
Miscelánea - Mi cielo, mi sol, mi todo.
viernes, 27 de diciembre de 2024
Miscelánea - Del fraude noticioso y otras yerbas
viernes, 22 de noviembre de 2024
Miscelánea ¿Qué tan pereirano es usted?
Por James
Cifuentes Maldonado
Hablábamos de
regionalismos, en medio de la reunión que, entre cervezas y humo, se trenzaba
en discusiones futboleras, sobre la campaña irregular del Once Caldas,
instalado en las finales de la Liga II de 2024, pero con la curva de rendimiento
hacia abajo; el fracaso del Deportivo Pereira, que se quedó en la puerta de la
clasificación a cuadrangulares y la ilusión de que el Deportes Quindío retorne
a la A, que para este año se quedará en eso, en una ilusión, cuando, de sopetón,
me preguntaron que qué tan pereirano era yo, a propósito de la cara de chino
nacionalizado peruano que me gasto; les respondí, mucho, muy pereirano, como se
los voy a sustentar.
Miren, yo nací en un paraje llamado El Crucero, del corregimiento de Altagracia, entre las veredas El Jazmín y el Estanquillo; allí me tuvieron hasta casi los dos años cuando, siendo un sobreviviente del carranchil o “siete luchas” y con pinta de tullido, porque vine a caminar casi a los 3 años, me trajeron a vivir a un inquilinato en el Barrio Mejía Robledo, donde, para fortalecer los huesos, mi mamá me untaba las sobras de las claras de las cocas de huevo que le pasaban las vecinas y, además, me enterraba hasta la cintura entre la arena y el cisco de café que arrojaba la Trilladora Espinoza, que quedaba cerca, en un costado del Parque Olaya Herrera.
Entonces, criado en la calle, en la 15 con 18, al pie de Expreso Palmira y del Taller Estación, donde solía recoger chatarra para ganarme unas monedas, a 7 cuadras de la Plaza de Bolívar, alimentado con aguapanela, arepa con mantequilla y migote de buñuelo, nieto de Olga María Marulanda, de los Marulandas pobres, efectivamente, me siento muy Pereirano, pero no tanto como que me impida exaltar el valor de mis ancestros vallunos y antioqueños, puesto que mi mamá es arracachipuntuda de Ulloa y mi papá de algún lugar entre Filandia y Chinchiná; por eso aunque el corazón solo me da para declararme hincha del Deportivo Pereira, en la A, en la B o en la Z, no me cuesta nada y, por el contrario me agrada mucho, cuando al Once Caldas, al Deportes Quindío y al América de Cali les va bien y, es más, les hago fuerza.
Seguramente más pereirano que yo, y todos los que aquí nacimos o los que a aquí llegamos, sea solo la misma Pereira; por eso, para medir la pereiranidad, puede ser útil acudir a varios referentes, por ejemplo: Más pereirano que la papa rellena, que en Manizales llaman pastel; más pereirano que el Bolívar Desnudo que un día lo enguacalaron y nos amenazaron con llevárselo a otra ciudad, para que tomáramos conciencia de su valor; más pereirano que el viaducto, que hace de Pereira y Dosquebradas un solo cuerpo y una sola identidad; más pereirano que el Palacio de la Chunchurria, donde llenan la panza y disimulan la rasca los amigos de la noche; más pereirano que el Barrio Cuba, con su parque Guadalupe Zapata y su permanente carnaval; más pereirano que el Barrio La Esneda, que queda en Dosquebradas, al otro lado del río Otún, de la misma forma que la Piedra del Peñol queda en Guatapé.
Sí señor, soy pereirano, aunque prefiero decir que soy del Eje Cafetero, aunque ya poco se cultive el café; que soy de un lugar del Viejo Caldas o del Viejo Cartago, que soy hijo de caucanos y antioqueños, y que, por esa rara mezcla, me siento tan especial, que soy incapaz de llamarme paisa.
Adenda. Punto para la alcaldía de Pereira, con la anticipación del alumbrado en 2024 y por regalarnos dos meses de Navidad.
viernes, 12 de julio de 2024
El fútbol es todo y no es nada.
Por James
Cifuentes Maldonado
Comenzaré diciendo
que el fútbol es un espectáculo, como cualquier otro, como ir a un concierto, a
una obra de teatro, al ballet, al circo
y muchas otras formas, incluso más primitivas o más vulgares de entretenerse,
como los toros o las peleas de gallos, porque el fútbol sólo es eso,
entretenimiento, que nos atrapa como nos atrapa una buena serie.
Pero, si la cosa es tan simple, entonces ¿en qué radica la diferencia? ¿por qué el fútbol es un río de pasión que se desborda en las calles?
Quizás el detalle es el carácter masivo de un deporte muy popular, que no excluye a nadie, que lo puede practicar cualquiera, pobre o rico, igual en el más humilde de los peladeros en Tumaco o en el Jardín de los Príncipes de París, y en general lo puede ver cualquiera, ya sea en un bar en el parque de la 93 o en la tienda de Don Alberto en Manrique. Un partido de fútbol es capaz de despertar el mismo entusiasmo en ciertos individuos, no importa si se trata de la final de la Champions o de una recocha de solteros y casados a fin de año.
Dos cosas le dan efervescencia al fútbol, por un lado el sentido de pertenencia que nos ata a la tierra y a la divisa que representa al colectivo que la habita, ya sea en un barriada, una ciudad, un país o incluso todo un continente, y, por otro lado, está el mero gusto, que hace que sigamos a un equipo, no porque nos pertenezca, sino por la calidad del espectáculo que brinda, por sus triunfos, sus estrellas y sus copas, lo que de alguna forma satisface nuestro arribismo, nuestra necesidad de sentirnos del equipo ganador, solo así se explica que en un rincón remoto de un pueblo en el Chocó o en el Guaviare haya "hinchas" con camisetas del Real Madrid o del Manchester City.
Y esa efervescencia alcanza su mayor expresión cuando un partido de fútbol toca el Alma Nacional y casi que se vuelve un asunto de Estado, cuando todo un país vuelca su atención, sus ánimos, su orgullo y sus frustraciones en una final como la que la Selección jugará el próximo domingo.
Si Colombia gana, el alma nacional futbolera se elevará y seremos felices, en esa forma de felicidad que sólo se siente en el fervor del grito de gol y en el calor de las masas que celebran títulos en los estadios o en las plazas, pero que, cuando nos quedamos a solas, pierde sentido, porque esa felicidad no representa mucho para el individuo, porque, así un día la Selección obtenga la Copa Mundo, eso solo servirá para elevar la moral colectiva y quizás sacar pecho en los aeropuertos. Aunque fuéramos campeones del mundo del fútbol, nuestro propio mundo seguiría siendo el mismo, con todas sus realidades y crudezas.
El fútbol es un espectáculo, sólo eso, una función, una puesta en escena, con ingredientes de emocionalidad y competencia, muy bien montada, de la que casi nadie puede sustraerse, por una razón o por otra de las que ya he comentado; pero, más que eso, el futbol es un negocio con una multinacional como la FIFA a la cabeza, organización privada y todopoderosa que tiene más afiliados que la ONU y que mueve más dinero que la economía entera de un país como Colombia, en entradas, en pases de jugadores y, lo más inquietante, de manera indirecta, en apuestas, las apuestas que incluso son capaces de torcer los resultados y corromper el espíritu deportivo.
El fútbol es un espectáculo tan envolvente y tan arrollador, que sirve para perder la noción en los malos tiempos del gobierno y disimular anuncios de reformas tributarias que no preocuparán a nadie, si Colombia se alza con la Copa América, esa copa que lo representará todo para 50 millones de esperanzas y nada, absolutamente nada, cuando se apague la radio o el televisor en nuestras casas; una pasión que morirá en el silencio de nuestra habitación antes de dormir, pero que explotará y se inflamará de nuevo cuando nos encontremos en la mañana con la gente en el ascensor, o cuando comentemos los resultados en el paradero del bus o en el trabajo.
Adenda. La final de la Copa América en Estados Unidos es un capricho del destino, que se empeñó en darnos la oportunidad de poner las cosas en orden, Colombia victoriosa en Miami (ya no en Bogotá) contra la Argentina hoy campeona del mundo, la misma que despreció el torneo cuando se hizo en nuestro país en 2001, quitándole lustre a nuestro único título continental. De esas dimensiones puede ser la cosa. Alá es grande.









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