jueves, 1 de mayo de 2025

Miscelánea - Tríptico

 

 
Por James Cifuentes Maldonado
 
 
Haciendo gala del título de esta columna, en esta oportunidad me ocuparé de los siguientes avisos parroquiales.
 
Como lo comenté por este mismo medio, no baja la cresta de la ola en relación con el fallecimiento del Papa Francisco y su largo funeral, con las descomunales concentraciones de personas que quisieron verlo y darle el último adiós, las que intervinieron en las distintas homilías y los ríos humanos que presenciaron el cortejo fúnebre en el recorrido a la Basílica de Santa María La Mayor. No queda duda que Jorge Bergoglio fue querido y dejó huella.  Como ahora nos montaremos en la puesta en escena del Cónclave, a propósito de mis inquietudes sobre el recambio en El Vaticano, hago eco de las palabras del español Javier Cercas, el autor del Libro “El loco de Dios en el fin del mundo”, quien tuvo el privilegio de acompañar al Santo Papa en su viaje a Mongolia, quien con suma determinación ha declarado que Francisco no hizo ninguna revolución, que eso es lo que sigue, ya que el trabajo realizado por Francisco se concentró en sentar las bases para una iglesia católica más abierta y más democrática. Que así sea.  
 
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Me sumo a las voces que están de plácemes por el desempeño del Deportivo Pereira, como dice Eduardo Luis “el equipo que uno verdaderamente ama”, que con la llegada del estratega Rafael Dudamel ha dado un cambio de la noche al día; en su estreno con la divisa Matecaña me quedé con el guayabo del empate en Santamarta pero con muy buenos pálpitos, que se ratificaron en los encuentros con el Deportivo Cali y con el Junior de Barranquilla que hace mucho tiempo dejó de ser “tu papá”. Sólo los que compartimos esta pasión entendemos lo que se siente cuando el equipo gana, la semana laboral se hace más llevadera y vamos por ahí con la sonrisa de oreja a oreja comentando con todo el que se atraviesa las posibilidades de clasificar a la final.  A la fecha al Pereira le restan 5 partidos y en mis cuentas debería ganar 3 y empatar 2 para lograr la hazaña, si no resultara así, nos consolaremos diciendo que tenemos una muy buena base para el segundo semestre.  Hoy no seremos felices pero tenemos a Dudamel. 
 
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Encendí la radio ayer en la mañana y no podría dar crédito a lo que estaba escuchando; el tristemente célebre Emilio Tapia, condenado por los escándalos de corrupción del carrusel de la contratación de Bogotá, reincidente en el caso del internet para Centros Poblados, aclarándole a una periodista de La W Radio, que en este último embrollo no era verdad que se hubieran embolatado 55 mil millones, porque en realidad solo se perdieron 15 mil. Se le reconoce al señor Tapia que al haber cumplido su condena, justa o injusta, tiene todo el derecho de dar la cara y pedir perdón a la sociedad como en efecto lo hizo, sin embargo, resultaron de muy mal gusto los muchos pasajes de la entrevista en los que trató de explicar y justificar lo injustificable.  Mucho se dice que cuando se cae en desgracia, todos tenemos una segunda oportunidad, pero en este caso parece aplicar el adagio popular de que "vaca ladrona no olvida el portillo"; el zar de la contratación alcanzó a admitir que se había reunido con un hijo de Miguel Rodríguez Orejuela para hablar de Drogas la Rebaja, pero que eso no pasó de ahí … será creerle.

martes, 22 de abril de 2025

Francisco: U N F E N Ó M E N O


Por James Cifuentes Maldonado 

Esta es mi interpretación sobre unas declaraciones que el Papa Francisco hizo alguna vez a la prensa, y donde explicaba el papel de las religiones en la sociedad. Dijo algo así como que: Las religiones no encierran verdades absolutas y, en su mística, sin renunciar a la propia creencia, están llamadas a unir y llevar a la humanidad a la armonía; porque la fe, más que una diferencia, representa un nexo, un canal espiritual, un avance de las culturas y de los pueblos, una oportunidad para dar sentido a la existencia y coexistir.

En el segundo año de su papado a Francisco se le atribuyeron las siguientes afirmaciones que levantaron roncha y causaron revuelo, por lo que luego las tuvo que matizar: 

“Al igual que la fábula de Adán y Eva, vemos el infierno como un recurso literario’.

“Todas las religiones son verdaderas, porque son verdad en los corazones de todos aquellos que creen en ellos. ¿Qué otro tipo de verdad está ahí? En el pasado, la iglesia ha sido muy dura con los que consideró inmorales o pecaminosos. Hoy en día, ya no hay juicio. Como un padre amoroso, nunca condenemos a nuestros hijos”. 

Luego, en lo que fuera una de sus ultimas intervenciones públicas, dijo, palabras textuales: “No puede haber paz sin libertad de religión, libertad de pensamiento, libertad de expresión y respeto por las opiniones de los demás”. 

Cosas como esas, de parte del maximo jerarca de una institución intolerante y anquilosada en el pasado como la iglesia católica, hacen de Francisco un fenómeno muy dificil de igualar o de repetir.   Una pena que vengamos a conocerlo en toda su estatura como humanista y en su dimensión como lider ahora con su muerte.  Era una golondrina haciendo verano. Deberíamos tratar de emularlo, para honrar la memoria del que más que una autoridad fue un verdadero pastor, que intentó construir un mundo mejor predicando con el ejemplo de su sencillez, su austeridad, su empatía y su afinidad y preocupación por los desvalidos y los debiles. 

Éramos felices con Francisco y no lo sabíamos.

miércoles, 9 de abril de 2025

Miscelánea - La alegría de leer

 

 
Por James Cifuentes Maldonado
 
 
Suelo tener la sensación de que la mayoría de cosas interesantes o importantes en la vida me han llegado tarde o, más bien, yo he llegado tarde a ellas; una de esas cosas, la afición a la literatura.
 
Leer, en el caso de algunas obras, solo es posible cuando uno está preparado; pongo como ejemplo Cien Años de Soledad, la obra cumbre de Gabriel García Márquez, que intenté abordar a mis 20 años y no fui capaz; como muchos que le tienen pereza a esa novela, me perdí en esa maraña genealógica que plantea el autor, alrededor de la familia Buendía y de Macondo, dónde a mitad del libro un no sabe dónde está parado ni de quién carajos se está hablando. Con el tiempo, en mi caso ya con medio siglo encima, cuando logré captar el gusto y el encanto del realismo mágico, cuando me dejé seducir por la fantasía, cuando me enfoqué en el valor de los relatos y no en el relator, cuando entendí las verdades que allí se dicen disfrazadas de ficción, fue cuando por fin me enganché y literalmente devoré las 500 páginas en dos días.
 
Igualmente, ya estando grandecito, descubrí la maravilla del Quijote de la Mancha, esa joya de la literatura castellana escrita hace ya 420 años, que nadie, absolutamente nadie debería perderse, sin importar cuánto tome leerlo; el Caballero Hidalgo, nos lleva al imaginario de esa época en la que vida era más lenta, cuando el tiempo era más largo, cuando había espacio para pensar, para imaginar, porque no de otra forma, habría sido posible que Cervantes se inventará todas esas aventuras de un señor con el cerebro achicharrado de tanto leer novelas sobre caballerías y su humilde escudero, que abandonó su casa y su familia para seguirlo; Sancho Panza, que a mi juicio es el adulto en la habitación, el que, partiendo de su humildad, su sencillez y de su aparente ignorancia, es el que reflexiona y dice las cosas más sabias, en su afán de mantener a su jefe en la sensatez y la cordura.
 
Ahora voy por la mitad de “1984” la novela escrita por George Orwell que me ha hecho entender el concepto de la distopía, que según el diccionario es la “Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”. Lo especial de esta obra es que fue escrita entre 1947 y 1948, por un señor que se imaginó el mundo de la década de los ochentas, pero cuya narrativa casi profética ha venido a materializarse 41 años después, porque el mundo del gran vigilante, El Gran Hermano, está sucediendo hoy, en una sociedad que cada vez más renuncia a la libertad, al conocimiento y a los principios democráticos, atados al celular, que en la novela Orwell llama la “telepantalla”, por donde le dictan a la gente todo lo que debe hacer. Hoy, gracias a la tecnología, al abuso en el manejo de los datos personales en las redes sociales y a la apología de un mundo vacío, reactivo, insensible y frívolo, es que ha sido posible que en Estados Unidos hayan elegido a un presidente como Donald Trump, que nos tiene arrodillados en una guerra arancelaria. En el increíble mundo de Orwell hay una cosa que se llama “el versificador” con el que se fabrican las canciones que el gobierno decide que la gente escuche, quizás eso se parezca a lo que hoy llamamos Inteligencia Artificial.  
 
Hay que leer, nunca es tarde.

martes, 18 de febrero de 2025

Miscelánea - Mi cielo, mi sol, mi todo.




Por James Cifuentes Maldonado


Solía pasear con ella, acunándola entre mis brazos, para tomar el sol de la mañana luego del baño diario que le daba mi suegra, mientras mi esposa se deba un respiro y se ponía a punto para continuar con la rutina de su recién estrenada maternidad; me gustaba ir y venir por los pasillos del segundo piso, extasiado en su mirada, mientras le decía, que ella era mi cielo, mi sol, mi todo, mi cielo, mi sol, mi todo; luego me sentaba y la acomodaba sobre mis piernas y, meciéndola suavemente, me quedaba hasta 15 minutos diciéndole, mi cielo, mi sol mi todo.
De ahí en adelante, ella ocupó el centro de mi universo y prácticamente fue la determinante de casi todas las decisiones que marcaron en adelante el rumbo de mi vida, como trabajar el doble, cuidarme más y no beber tanto; con 35 años cumplidos, un poco tarde para el estándar de la época, yo empezaba apenas a vivir la aventura de ser papá, cuando nunca, antes de los 30, lo había considerado y cuando mi primo Adrián ya tenía 3 hijos mayores de edad, lo que me causaba cierta envidia. Pero nada, era mi propio destino, mi propia experiencia.
Con la vida de ella empecé a entender el valor de la mía; entendí la importancia de mi presencia y de mi integridad, para garantizar que ella pudiera ser, para que creciera; entendí que ya tenía un propósito y muchas razones para dejar de ser yo; ya nunca más sería el mismo, ya  no, en la versión que tenía antes de que ella naciera.
Ella me dio la fascinante experiencia de ser papá, por primera vez, pero no solo eso, porque fue ella la que un día, en el andén de la casa, esperando la ruta del colegio, con su jardinera verde, me dijo que necesitaba un hermanito para jugar, evitándome el trabajo de pensarlo, fue como una orden que en casa cumplimos con todo el gusto. Por suerte se dio, aunque no tan pronto como lo quisimos.
Primero ella y luego él, que llegó dos años después, me dieron una perspectiva de mi mismo que jamás había tenido. Mirar los rostros de mis hijos, sobre todo sumergirme en los ojos de ella, empezó a ser como mirarme al espejo, para ir entendiendo no solo mis rasgos, mis ademanes y mis manías, sino que además me ayudó a descubrir la esencia de mi ser, con todo lo bueno y lo malo que hay en ello.
Un día, haciendo estas mismas elucubraciones, una amiga me dijo que los hijos son verdaderos maestros, y sinceramente no entendí bien la idea, porque, qué carajos pueden enseñar quienes apenas abren los ojos, quienes apenas empiezan a recorrer el camino que los padres ya llevan andado, a veces con éxito y alegrías y a veces con sufrimiento y fracasos. Hoy, varios años después, tengo la certeza de que cada acto, cada palabra, cada pregunta, cada reacción, cada virtud y cada vicio, de mi hija, me muestran la otra cara de la luna de mí mismo, que sin ella, jamás habría visto.
 
Para ella, para mi cielo, mi sol, mi todo, para ella que acaba de cumplir los 19, hoy, cuando ya no la acuno en mis brazos sino que camina a mi lado; ahora que nos perdemos juntos en coloquios de sueños, de libros, de series y de canciones, mi felicitación; para ella, todo mi amor y mi gratitud por completarme, por ser ella, que soy yo, por enseñarme tanto.










viernes, 27 de diciembre de 2024

Miscelánea - Del fraude noticioso y otras yerbas

 


Por James Cifuentes Maldonado

El periodismo está en crisis, los medios de comunicación han perdido la brújula en el deber social de informar y han caído en la anarquía de las redes y el desespero por sobrevivir en ellas, pescando lectores incautos con base en titulares artificiosos y sugestivos, pero vacíos, sin sustancia, sobre hechos inciertos o especulativos, mejor dicho, meros chismes.
Luego del primer partido de la final del Fútbol Profesional Colombiano, jugado en Ibagué, un periódico paisa tituló: “Por fin se conoce cuál habría sido el insulto de David González a Morelos...” en alusión a un incidente de cruce de palabras entre el técnico del Tolima y el jugador de Atlético Nacional.
Sobre la noticia, que no fue noticia, ni revistió ningún valor periodístico o interés relevante para nadie, hay que señalar que, en cualquier texto que relata una situación o un hecho, cuando se dice "habría", quiere ello decir que en lo que se habla no hay certeza, que es una mera conjetura, en este caso, lanzada de manera provocadora y engañosa, para llamar la atención y lograr que los lectores hagan click, que caigan en la trampa de acceder a un contenido que finalmente no dice nada.
Hoy, prácticamente todos los medios, todos los portales y todas las redes se dedican a eso, no hay control y a nadie le importa. Claro que se trata de información, que va y viene en el metaverso digital y cada quien es libre de acceder a ella o no, eso se entiende, pero, el tema es que no deberíamos ser ajenos al cuestionamiento ético que se desprende de esa práctica que, aparentemente, está dirigida a distraer, pero que en el fondo está impulsada por motivos mercantilistas, un negocio en el cual los lectores son meros instrumentos, con fines de pauta publicitaria, de consumo y monetización.
Así se trate de temas frívolos o intrascendentes, un engaño es un engaño, es un fraude; exactamente igual a cuando la publicidad muestra una hamburguesa grande, jugosa y apetitosa y, cuando nos la sirven, resulta ser un pedacito de carne triste y pálido en medio de dos panes aplastados.
De otro lado, toca felicitar a los seguidores de Nacional por la estrella 18, fueron los mejores, aunque mi corazón estaba con Tolima y con David González, al que otra vez se les escapó la Liga. En esta Navidad el regalo que pido es que el Deportivo Pereira se mantenga y que los dueños logren revertir el desempeño irregular de la campaña 2024, para la salud mental y el gozo de todos los hinchas matecañas.
Adenda. Mi colega Ernesto Zuluaga escribió un delicioso texto la semana pasada titulado “Por qué el circo es necesario” en el que plantea el sentido y valor de las fiestas, para quienes viven en sociedad.  Al respecto, me permito acotar que, si antes de la pandemia los festejos, la vida social, la rumba, y el compartir en escenarios familiares y de ciudad eran necesarios, luego de 2021 es un aspecto irrenunciable, no hay más; gozar y disfrutar, debe ser el primer punto de la agenda de todos, incluso de los gobernantes.  Si el señor alcalde decide peatonalizar cada fin de semana las carreras 8ª y 7ª para que la gente camine y comparta, o si se le ocurre generar muestras culturales cada mes, desde La Circunvalar hasta la Calle del Encuentro, al estilo San Telmo en Buenos Aires, tiene mi total aprobación.

viernes, 22 de noviembre de 2024

Miscelánea ¿Qué tan pereirano es usted?




Por James Cifuentes Maldonado

 

Hablábamos de regionalismos, en medio de la reunión que, entre cervezas y humo, se trenzaba en discusiones futboleras, sobre la campaña irregular del Once Caldas, instalado en las finales de la Liga II de 2024, pero con la curva de rendimiento hacia abajo; el fracaso del Deportivo Pereira, que se quedó en la puerta de la clasificación a cuadrangulares y la ilusión de que el Deportes Quindío retorne a la A, que para este año se quedará en eso, en una ilusión, cuando, de sopetón, me preguntaron que qué tan pereirano era yo, a propósito de la cara de chino nacionalizado peruano que me gasto; les respondí, mucho, muy pereirano, como se los voy a sustentar.

Miren, yo nací en un paraje llamado El Crucero, del corregimiento de Altagracia, entre las veredas El Jazmín y el Estanquillo; allí me tuvieron hasta casi los dos años cuando, siendo un sobreviviente del carranchil o “siete luchas” y con pinta de tullido, porque vine a caminar casi a los 3 años, me trajeron a vivir a un inquilinato en el Barrio Mejía Robledo, donde, para fortalecer los huesos, mi mamá me untaba las sobras de las claras de las cocas de huevo que le pasaban las vecinas y, además, me enterraba hasta la cintura entre la arena y el cisco de café que arrojaba la Trilladora Espinoza, que quedaba cerca, en un costado del Parque Olaya Herrera.

Entonces, criado en la calle, en la 15 con 18, al pie de Expreso Palmira y del Taller Estación, donde solía recoger chatarra para ganarme unas monedas, a 7 cuadras de la Plaza de Bolívar, alimentado con aguapanela, arepa con mantequilla y migote de buñuelo, nieto de Olga María Marulanda, de los Marulandas pobres, efectivamente, me siento muy Pereirano, pero no tanto como que me impida exaltar el valor de mis ancestros vallunos y antioqueños, puesto que mi mamá es arracachipuntuda de Ulloa y mi papá de algún lugar entre Filandia y Chinchiná; por eso aunque el corazón solo me da para declararme hincha del Deportivo Pereira, en la A, en la B o en la Z, no me cuesta nada y, por el contrario me agrada mucho, cuando al Once Caldas, al Deportes Quindío y al América de Cali les va bien y, es más, les hago fuerza.

Seguramente más pereirano que yo, y todos los que aquí nacimos o los que a aquí llegamos, sea solo la misma Pereira; por eso, para medir la pereiranidad, puede ser útil acudir a varios referentes, por ejemplo:  Más pereirano que la papa rellena, que en Manizales llaman pastel; más pereirano que el Bolívar Desnudo que un día lo enguacalaron y nos amenazaron con llevárselo a otra ciudad, para que tomáramos conciencia de su valor; más pereirano que el viaducto, que hace de Pereira y Dosquebradas un solo cuerpo y una sola identidad; más pereirano que el Palacio de la Chunchurria, donde llenan la panza y disimulan la rasca los amigos de la noche; más pereirano que el Barrio Cuba, con su parque Guadalupe Zapata y su permanente carnaval; más pereirano que el Barrio La Esneda, que queda en Dosquebradas, al otro lado del río Otún, de la misma forma que la Piedra del Peñol queda en Guatapé.

Sí señor, soy pereirano, aunque prefiero decir que soy del Eje Cafetero, aunque ya poco se cultive el café; que soy de un lugar del Viejo Caldas o del Viejo Cartago, que soy hijo de caucanos y antioqueños, y que, por esa rara mezcla, me siento tan especial, que soy incapaz de llamarme paisa.

Adenda. Punto para la alcaldía de Pereira, con la anticipación del alumbrado en 2024 y por regalarnos dos meses de Navidad. 

viernes, 12 de julio de 2024

El fútbol es todo y no es nada.

 


Por James Cifuentes Maldonado

 

Comenzaré diciendo que el fútbol es un espectáculo, como cualquier otro, como ir a un concierto, a una obra de teatro, al ballet,  al circo y muchas otras formas, incluso más primitivas o más vulgares de entretenerse, como los toros o las peleas de gallos, porque el fútbol sólo es eso, entretenimiento, que nos atrapa como nos atrapa una buena serie. 

Pero, si la cosa es tan simple, entonces ¿en qué radica la diferencia? ¿por qué el fútbol es un río de pasión que se desborda en las calles?

Quizás el detalle es el carácter masivo de un deporte muy popular, que no excluye a nadie, que lo puede practicar cualquiera, pobre o rico,  igual en el más humilde de los peladeros en Tumaco o en el Jardín de los Príncipes de París, y en general lo puede ver cualquiera, ya sea en un bar en el parque de la 93 o en la tienda de Don Alberto en Manrique. Un partido de fútbol es capaz de despertar el mismo entusiasmo en ciertos individuos, no importa si se trata de la final de la Champions o de una recocha de solteros y casados a fin de año.

Dos cosas le dan efervescencia al fútbol, por un lado el sentido de pertenencia que nos ata a la tierra y  a la divisa que representa al colectivo que la habita,  ya sea en un barriada,  una ciudad, un país o incluso todo un continente, y, por otro lado, está el mero gusto, que hace que sigamos a un equipo, no porque nos pertenezca, sino por la calidad del espectáculo que brinda, por sus triunfos, sus estrellas y sus copas, lo que de alguna forma satisface nuestro arribismo, nuestra necesidad de sentirnos del equipo ganador, solo así se explica que en un rincón remoto de un pueblo en el Chocó o en el Guaviare haya "hinchas" con camisetas del Real Madrid o del Manchester City.  

Y esa efervescencia alcanza su mayor expresión cuando un partido de fútbol toca el Alma Nacional y casi que se vuelve un asunto de Estado, cuando todo un país vuelca su atención, sus ánimos, su orgullo y sus frustraciones en una final como la que la Selección jugará el próximo domingo.

Si Colombia gana, el alma nacional futbolera se elevará y seremos felices, en esa forma de felicidad que sólo se siente en el fervor del grito de gol y en el calor de las masas que celebran títulos en los estadios o en las plazas, pero que, cuando nos quedamos a solas, pierde sentido, porque esa felicidad no representa mucho para el individuo, porque, así un día la Selección obtenga la Copa Mundo, eso solo servirá para elevar la moral colectiva y quizás sacar pecho en los aeropuertos. Aunque fuéramos campeones del mundo del fútbol, nuestro propio mundo seguiría siendo el mismo, con todas sus realidades y crudezas.

El fútbol es un espectáculo, sólo eso, una función, una puesta en escena, con ingredientes de emocionalidad y competencia, muy bien montada, de la que casi nadie puede sustraerse, por una razón o por otra de las que ya he comentado; pero, más que eso, el futbol es un negocio con una multinacional como la FIFA a la cabeza, organización privada y todopoderosa que tiene más afiliados que la ONU y que mueve más dinero que la economía entera de un país como Colombia, en entradas, en pases de jugadores y, lo más inquietante, de manera indirecta, en apuestas, las apuestas que incluso son capaces de torcer los resultados y corromper el espíritu deportivo. 

El fútbol es un espectáculo tan envolvente y  tan arrollador, que sirve para perder la noción en los malos tiempos del gobierno y disimular anuncios de reformas tributarias que no preocuparán a nadie, si Colombia se alza con la Copa América, esa copa que lo representará todo para 50 millones de esperanzas y nada, absolutamente nada, cuando se apague la radio o el televisor en nuestras casas; una pasión que morirá en el silencio de nuestra habitación antes de dormir, pero que explotará y se inflamará de nuevo cuando nos encontremos en la mañana con la gente en el ascensor, o cuando comentemos los resultados en el paradero del bus o en el trabajo.

Adenda. La final de la Copa América en Estados Unidos es un capricho del destino, que se empeñó en darnos la oportunidad de poner las cosas en orden, Colombia victoriosa en Miami (ya no en Bogotá) contra la Argentina hoy campeona del mundo, la misma que despreció el torneo cuando se hizo en nuestro país en 2001, quitándole lustre a nuestro único título continental.   De esas dimensiones puede ser la cosa. Alá es grande.