miércoles, 20 de marzo de 2024

Miscelánea - Es fácil querer al Grande Matecaña

 


 Por James Cifuentes Maldonado

 

 

Mucho se dice que el Deportivo Pereira tiene una de las mejores hinchadas del país; es posible que no sea la más numerosa, por el tamaño de la ciudad, pero sin duda alguna que si es la más fiel y sobre todo la más agradecida. Y es que se tiene que estar muy motivado para ir a futbol un domingo a las 8:30 de la noche, que es el bonito horario que nos han programado en los últimos 2 partidos de locales, pero lo más sorprendente aún es que muchas personas empiezan a hacer el ingreso al estadio desde que abren las puertas a eso de las 4 de la tarde.  

 

El pasado domingo caminaba desde mi casa rumbo al Hernán Ramírez y pensaba que la ruta estaba muy sola, que casi no se veía gente, y me lo explicaba en el hecho de que Águilas Doradas, aunque es un equipo emergente con muy buenas campañas en los últimos años, quizás no sea el mejor gancho para asegurar una nutrida asistencia, pero, ¡oh sorpresa!, cuando subí a la gradería oriental pude notar que ya estaba casi llena, y en el estadio ya calentaban la garganta más 16 mil personas vestidas de amarillo y rojo.

 

La ocasión lo ameritaba, con un Deportivo Pereira sin perder en las últimas 9 fechas y disputando el primer lugar de la clasificación con Tolima, yendo de menos a más, después de iniciar la Liga I de 2024 con un empate y dos derrotas. Un motivo adicional era volver a ver a Leonel Álvarez parado en la raya luego del canazo de 6 fechas que le dieron por protestar los malos arbitrajes. 

 

Muchos temíamos que se rompiera el encanto y que el equipo cayera precisamente con el retorno de “El Tierno”; pero se repitió la historia, Pereira volvió a ganar, aunque hay que decir que debió afrontar uno de los rivales  más duros que le han tocado, que se plantó con una defensa férrea y le apostó al contragolpe y a los lanzamientos largos, de hecho, empezó ganando con uno de ellos en el minuto 15; 0-1 en el marcador, pero las tribunas no callaron y el equipo reaccionó como ha aprendido a hacerlo y rápidamente en menos de 4 minutos “el científico” Darwin Quintero le puso un balón como con la mano a Faber Gil, quien por la punta derecha y con dos soberbias gambetas rompió el cerrojo dorado y empató para alegría de todos.

 

Alguien me preguntará ¿qué tiene esta versión del Deportivo Pereira para que le esté yendo tan bien?  y le respondo, más de lo mismo a lo que ya nos estamos acostumbrando: muy buenas contrataciones, un puñado de hombres que lo dejan todo en la cancha y el respaldo de una hinchada que no para de alentar, ni siquiera cuando la cosa se pone cuesta arriba. Yo lo veo con más pinta de campeón que en 2022, con el nivel superlativo que le están dando el arquero Ichazo, Darwin Quintero, Andrés Ibargüen y “el acrobático Faber Gil.  En general el desempeño de todo el equipo titular se resuelve por lo alto, con un elemento adicional, tenemos recambio y nos estamos dando el lujo de cuidar y consentir en su recuperación al 9, a Gonzalo Lencina, que al parecer va muy bien, igual que la de Jhonny Vásquez.  


Se puede soñar con otro título señores, con la certeza de que si este equipo vuelve a torneos internacionales la va a romper, porque todas las virtudes y potencialidades que le vimos en el proceso con el Profe Alejandro Restrepo han evolucionado y se han llevado a la mejor expresión ahora con Leonel.

miércoles, 13 de marzo de 2024

Miscelánea - Con el corazón



Por James Cifuentes Maldonado

La semana pasada, cuando les iba a contar el trance con mi hija a la hora de elegir una carrera universitaria, hice una semblanza de todas las peripecias que yo mismo sufrí para poder llegar a ser lo que soy, les conté las circunstancias en que terminé siendo abogado; como recompensa de ese ejercicio me llegó un mensaje de una colega a la que aprecio mucho y le tengo una enorme gratitud por el gusto de haber trabajado con ella y por las puertas que le abrió en un momento dado a mi vida profesional, Carolina Echeverri González; a Caro le gustó mucho la historia y me relevó de la pena que sentí por estar contando por estos medios las anécdotas personales y las afugias de mi juventud.

Mi amiga me dijo que recordar era muy bonito, porque la acción de recordar, de remontarse a otros tiempos, otras épocas, encierra un significado que yo no imaginaba, me explicó que recordar es “pasar por el corazón”. El diccionario de la RAE dice que recordar es “pasar a tener en la mente algo del pasado”; teniendo clara la acción, entonces hay que agregar que hay cosas en la vida que queremos y nos da gusto recordar y otras que no, de tal manera que las cosas que nos gustan, que nos hacen sentir satisfacción son aquellas que no solamente se nos vienen a la mente sino que además las pasamos por el tamiz del corazón, porque encierran sentimientos, páginas de nuestras vidas escritas con tinta indeleble. Entiendo que, más o menos, así lo explicó Eduardo Galeano en su Libro de los Abrazos.

Yo deduzco que las personas de buen corazón, las que tienen el corazón más grande, pueden disfrutar más y mejor el pasado, y posiblemente pueden experimentar más fácilmente la felicidad.   Ya entiendo por qué es tan especial cuando recordamos y mucho más cuando ese ejercicio lo hacemos en conjunto con otras personas, con la familia, con los amigos; imagínense muchos corazones vibrando al mismo tiempo alrededor de las mismas historias y de los mismos hechos.  Pensándolo bien, yo a eso lo llamo nostalgia y es lo que hace que el camino hacia la vejez sea más llevadero y quizás sea el motivo para que muchos se digan que todo tiempo pasado fue mejor y que recordar es vivir.

Volviendo al presente les cuento que mi hija finalmente decidió no seguir mis pasos y se inclinó por la comunicación social, pero antes de decidirse me comentó que tenía una gran preocupación, me preguntó que si ella cuando se graduara iba a encontrar trabajo y que si iba a poder vivir de esa profesión; yo le respondí que en la situación de ella, distinta a la mía, esas cuestiones no se cavilan cuando se inicia una carrera, que por lo menos ella no tiene que hacerlo porque me tiene a mí; que el único requisito,  además de poder matricularse, es que le guste y viva la experiencia, lo demás vendrá por añadidura y no tiene que ser dinero.

Como puede verse, mi hija tiene mi respaldo, porque soy de la opinión que cualquier persona que se forme en cualquier otra disciplina posteriormente podrá ser un muy buen abogado, cuando quiera fortalecer sus competencias, no sucede igual cuando es al contrario; los abogados entramos y no solemos salir de esa senda y estamos condenados a ver el mundo desde esa sola perspectiva.

En la próxima Miscelánea les contaré lo que pienso del periodismo por estos días.

miércoles, 6 de marzo de 2024

Miscelánea - El camino


Por James Cifuentes Maldonado

Hace poco me tocó el complejo momento de apoyar a mi hija en la toma de la decisión sobre qué carrera estudiar. Para los hijos ese destino se va perfilando por la senda ya construida y por las señales que uno como padre va mostrando, sin embargo, en mi caso no resultaba tan claro porque haberme convertido en abogado fue la suma de muchas circunstancias y escollos que debí sortear como las limitaciones económicas y el hecho mismo de que para personas de mi condición estudiar en la universidad no era una opción, porque en principio no conté con alguien en casa que me animara, por la misma razón, porque, sin plata y proviniendo de una familia pobre, de extracción rural, cuyo mayor nivel de formación lo tenía un tío que alcanzó a hacer la mitad de la secundaria, ser profesional ni siquiera alcanzaba a ser un sueño, porque uno no puede soñar lo que no sabe que existe.

Con mucho sacrificio mi madre, ya viuda, me posibilitó la primaria que hice en la desaparecida Escuela Nacional de Varones Antonio Nariño, como diría El Flecha de David Sánchez Juliao “tronco de nombre  pa 3 salones”; quedaba en la esquina de la carrera 13 con calle 21, donde hoy funciona una estación de servicio; luego me matriculó en el INEM que, para mediados de los ochentas, era lo último en guarachas por aquello del modelo de Educación Media Diversificada, lo más parecido a una universidad, estaba construido por bloques y los estudiantes iban y venían entre ellos porque había un salón para cada asignatura y en cada cambio sonaba una campana, como diría Juanes “una chimba parce”. La institución brindaba 4 ramas o posibilidades de formación: la académica, la comercial, la promoción social y la técnica; luego de haber rotado por ellas en los dos primeros años, escogí la última por la simple razón de que por ahí se fueron todo mis compañeros. Fue la primera gran mala decisión que tomé en mi vida, porque mi perfil no era técnico, pero no tuve quien me lo advirtiera.

Cursando 8º en el INEM desvié el camino, a mis 14 años conocí la noche, mal aconsejado por un compañero que tenía nombre de poeta, estaba próximo a cumplir los 18 y era medio gigoló; en fin, el resultado es que dejé de ir a clases, perdí el cupo en el INEM, mi mamá ya no pudo hacer más por mí y terminé graduándome de bachiller por mis propios medios cuando ya contaba con 22 años, en un colegio nocturno. Pero precisamente, estudiando de noche, en 11, apareció el primer ángel, un profesor de psico orientación que medía como 2 metros, de mal carácter, quien convenció a todo el curso de que teníamos que ir a la universidad, que no sabía cómo pero que debíamos hacerlo; para animarnos nos regaló el pre-ICFES que él mismo nos dictaba cada semana.

Con un puntaje muy bueno en las Pruebas de Estado, que me hubiera permitido ser médico, ya con 23 años y sin tiempo para perder, un segundo ángel, un funcionario de la gobernación, me sugirió ir a la Universidad Libre a estudiar Derecho, porque ser abogado era lo mío, me dijo … y le creí; hice una rifa para pagar la matrícula del primer año y el resto lo pagué financiado con letras. La cosa salió bien, no me hice millonario, como De la Espriella, pero encontré mi vocación.

En la próxima Miscelánea les contaré cómo me fue decidiendo con mi hija.

martes, 27 de febrero de 2024

Miscelánea - No fue gol de Junior

(Foto Pereira En Vivo) 


 Por James Cifuentes Maldonado

 

 

El árbitro Andrés Rojas, con cierto prestigio dentro del futbol profesional colombiano, por lo menos hasta el pasado domingo, en el partido Pereira – Junior cambió su idoneidad y su buena fama por la indignación de una de las mejores hinchadas del país como la Matecaña, por el desconcierto y el enojo de más de 20 mil espectadores que fueron al estadio Hernán Ramírez y la reprobación de los entendidos en la materia, tanto de los periodistas deportivos como de los mismos árbitros.

 

El contexto de la fecha, que deja sentimientos encontrados, se resume en que teníamos al Deportivo Pereira 3° en la tabla de posiciones a 3 puntos del liderato, en una racha de 5 victorias en línea y además venía de ganar el clásico cafetero, doblegando al Once Caldas en su propio campo, lo que nunca ni jamás dejará de ser muy significativo.

 

El ambiente no podía ser el mejor y la hinchada acudió a la cita, aun en el brutal horario del domingo a las 8:30 de la noche. Mi hijo y yo, que estamos abonados, nos tuvimos que poner las pilas para conseguirle boleta a mi hija que se antojó de futbol. Cantamos con entusiasmo los himnos, sobre todo el de Pereira, que es una de las cosas que más me gustan de ir a futbol, todo el estadio es una sola voz, ya tenemos fama por eso.  

 

Rodó el balón, 10 minutos de ímpetu del Pereira que avasalló al Junior pero no pudo concretar, a pesar de haber creado varias oportunidades; el resto del primer tiempo para el olvido; el rival también traía lo suyo y nos fuimos al descanso con dos goles en la mochila.

 

Nos comimos las crispetas y en un abrir y cerrar de ojos, los barranquilleros aún no se habían acomodado en la cancha, el Depor igualó las acciones en los minutos 3 y 7 del segundo tiempo, con anotaciones de Darwin y Jordan. El alma nos volvió al cuerpo pero la angustia no paró, porque había mucho partido por delante y Junior era muy punzante con un Didier Moreno que, de no haber jugado, otra hubiera sido la historia.

 

Y pasó lo inimaginable; el partido estaba muy cerrado, con un leve dominio local; corría el minuto 82 cuando Carlos Darwin Quintero, que no hay adjetivos para calificarlo, recupera un balón por la punta izquierda y avanza como una culebra a mil por hora esquivando rivales, se adentra en el área chica, y en un acto de magia se auto habilita, el balón en el regate con el defensa juniorista  pica hacia arriba casi dos metros y “el científico” lo volea sólido y lo manda con furia al fondo de la red, Santiago Mele sólo lo vio pasar.

 

3 a 2, un resultado que era justo para el equipo y para la tribuna, hacíamos historia con la seguidilla de 6 triunfos, el Pereira estaba al tope de la tabla. Pero pasó lo que no podía pasar.  A los 6 minutos de adición llega el tercer gol de Junior el cual es anulado inicialmente y sin duda por el juez de línea, sin embargo el árbitro se ahogó en el mar de las confusiones que le generaron los “genios” del VAR. Andrés Rojas hoy podrá decir misa, pero sabía era fuera de lugar, lo supo en su momento y lo confirmó luego a solas en la tranquilidad del camerino, Bacca no tenía que tocar nada, con solo moverse ante el lanzamiento de Bocanegra contaminaba la jugada, todo el país lo entendió así, menos los del VAR, ni con el reglamento en la mano y 5 pantallas… muy raro. Un empate con sabor a robo.

miércoles, 7 de febrero de 2024

Miscelánea - Vivir … morir



Por James Cifuentes Maldonado

 

Me muero del susto; me muero de la dicha; me muero del miedo; me muero de la ira; me muero de la emoción; me muero de la tristeza; me muero del hambre; me muero de la llenura; me muero de sueño; me muero de placer; me mata la incertidumbre; me mata la intriga; me matas con esa respuesta; me matas con ese beso; me matas con tu desdén; me matas con tu mirada; me muero del frío; me muero del calor; me muero por verte; me muero por saber; no me digas, que me muero; si te vas me matas; si volvemos no tendremos vida.

 

Se me quedan por fuera muchas otras formas o sentidos figurados con los que los seres humanos decimos a diario que nos morimos, sin tener conciencia de lo drástica que es la muerte real, y no importan los sucesos ni las tragedias ni las perdidas que personalmente nos tocan y nos causan pena; la muerte sigue siendo una ventana lúgubre en la que de vez en cuando nos asomamos pero a la que normalmente preferimos dar la espalda. Suelo pensar que el estado que más nos sobrecoge, que más nos genera inquietud sobre la muerte y por ende sobre el valor de vivir, es cuando nos paramos frente al cajón en la velación de un conocido, de un amigo o de un pariente, sin embargo ese estado es efímero, pasa, se nos olvida rápido.

 

Me causó gran impacto ver la película la Sociedad de la Nieve, quedé lleno de sensaciones extrañas, pero muy especialmente me quedé pensando que los seres humanos somos demasiado retóricos sobre la vida y muy poco coherentes frente a lo que significa vivir, cuando indefectiblemente nuestro destino es la muerte.

 

En el viaje fatal del equipo uruguayo de rugby cuyo avión se siniestró en las montañas de Chile, el 13 de octubre de 1972, 13 personas murieron instantáneamente, otros padecieron varios días, hubo un grupo de 13 que literalmente convivieron con la muerte por semanas, con el tiempo suficiente para afrontarla, para mirarla a los ojos y finalmente dejarse llevar por ella en su desfallecimiento;  la parte grandiosa, milagrosa, 16 personas que creyeron morir no lo hicieron y para dicha de sus familias volvieron, reducidos en sus cuerpos pero engrandecidos en sus almas, la experiencia más íntima y más religiosa que alguien jamás pudiera tener.

 

Este nivel de conciencia sobre la vida y la muerte es el que no tenemos, el que permanentemente olvidamos cuando no nos cuidamos, cuando de una forma u otra recortamos la estancia de la vida, que en la línea del tiempo universal es una mera exhalación, o cuando inconscientemente hacemos todo lo posible para perder la calidad de nuestros días, cuando acortamos el camino hacia la enfermedad con nuestros malos hábitos o lo que es peor, cuando activamente nos arrojamos a los brazos de la muerte por irresponsables, por imprudentes.

 

La película me dejó claro que morir, como ese algo que en determinado momento solo le sucede a uno, es un desenlace inevitable y hasta un descanso, un alivio, pero resulta que como no estamos solos morir también es una fuente de dolor para aquellos a quienes dejamos.

 

La vida merece ser vivida, para uno y para los seres queridos, mientras podamos y dependa de nosotros. Dejo esta reflexión a los motociclistas que no respetan las normas de tránsito ni los límites de velocidad, a los que se drogan y a los que conducen borrachos.

miércoles, 31 de enero de 2024

Miscelánea - El igualado


 

 

Por James Cifuentes Maldonado

 

 

Soy consciente que lo que yo como opinador piense y diga ni quita ni pone, pero me siento inmensamente afortunado porque entiendo que hay otros territorios y otros sistemas políticos en el mundo en los que opinar no es tan fácil, por lo menos no sin que ello tenga consecuencias. La libertad de expresión es una de las mayores conquistas del mundo moderno y quizás las generaciones mas recientes no comprenden su valor como la mayor garantía que nos brinda la democracia, porque como sociedad ya hemos avanzado y poder decir lo que se piensa constituye un mínimo irreversible e innegociable.

 

En diciembre pasado tuve la oportunidad de intervenir en una jornada académica sobre derecho disciplinario organizado por el Ministerio de las TIC en la que se abordó el derecho de expresión en el contexto de la función pública y como parte de la dinámica de las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones; en dicho evento se trató de establecer el grosor de esa delicada línea que divide la libertad de expresión frente a otras premisas como el deber de informar y especialmente frente a la integridad y el buen nombre de las personas que eventualmente se pueden ver afectadas por una opinión sin fundamento o por una información falsa.

 

Se hizo referencia a varios pronunciamientos de las autoridades judiciales y especialmente de la Corte Constitucional en los que, en suma, se concluye que por su naturaleza fundamental no es fácil y no es conveniente pensar en poner límites al derecho de expresión sin pisar los terrenos de la censura, es decir que de alguna forma por estos días en los que las redes sociales y los medios de comunicación  son esas tribunas en las que cualquiera puede manifestar lo que sea, incluso lo que no sepa o no le conste, esa especie de abuso o de arbitrariedad con las que se hacen algunas afirmaciones, es una carga que todos los ciudadanos debemos soportar, algo así como un sacrificio que la humanidad tiene que hacer, que se justifica en función del derecho mismo de expresión. En otras palabras, es preferible que la mayoría diga mentiras si permitirlo es útil para que la masa siga hablando y dentro de esa masa en algún rinconcito llegue a brillar la verdad.

 

Para ejemplo un solo botón basta: Encuentro inconveniente que desde las principales emisoras de radio de este país le abran sin límites los micrófonos al fiscal Barbosa no propiamente para que informe sobre sus ejecutorias y sobre las políticas de la investigación criminal sino para que mantenga ese pugilato que la prensa ha venido azuzando con  Gustavo Petro y en el que el señor Francisco Barbosa en repetidas ocasiones le ha faltado al respeto, no a Petro como tal sino a la figura del Presidente de la República, refiriéndose al mismo sin ningún decoro, como si se tratara de pares o iguales y en mi sentir no lo son.

 

El expresidente Iván Duque no fue santo de mi devoción, pero en la oportunidad que tuve de estar en un evento oficial con él sentí la majestad de su cargo, porque quien me hablaba no era el ciudadano Duque sino mi presidente, así no hubiera votado por él. De eso se trata la democracia, yo lo tengo claro y por eso asumo la desgracia de tener que seguir soportando al señor fiscal haciendo política por radio, abusando de su cargo. 

miércoles, 17 de enero de 2024

Tío Alberto

En memoria de José Alberto Maldonado Marulanda
2 de agosto de 1960 - 15 de enero de 2024


Por James Cifuentes Maldonado  

  

  

Me preguntaron por qué el tío Alberto era tan especial; no tuve una respuesta clara ni inmediata; atiné a decir que era distinto, diferente a los otros hijos varones que tuvieron mis abuelos maternos.  La verdad no compartí con él tanto como hubiera querido, pero las contadas ocasiones en que pude hacerlo, algunas temporadas que pasó en mi casa, al cuidado de mi mamá, conocí a un ser sencillo, recursivo, laborioso, con una gran imaginación, pero con los sueños cortos e inmediatos, hechos apenas a la medida de lo que pudo conocer y aprender, nunca salió de Pereira y no estoy seguro de que haya terminado la primaria.    

  

Vivía día a día, nunca dejó de ser jornalero, primero del campo y luego de la construcción, con las mismas satisfacciones e ingratitudes que se narran en el tango de Pepe Aguirre; pasaba con entereza los tragos dulces y los amargos que el destino le sirvió en la copa de la vida, la vida que en su caso fue dura, injusta y que llegó a tener significado por las mujeres que amó y los hijos que le dejó al mundo, que ahí están, que salieron adelante y sólo ellos pueden dar cuenta de la conexión que tuvieron con su papá.  

  

Era un ser esencial, su principal valor era su humanidad, con todo lo que ello implica, con lo bueno y con lo no tan bueno, que es la condición que tenemos todos y que nos prohíbe o nos niega la autoridad moral de señalar o de juzgar. Mi tío Alberto solo fue culpable del pecado original que llevamos a cuestas desde que nacemos, por el mero hecho de existir y de ser; estigma que se remueve con la muerte que es la otra forma de empezar a vivir, en la eternidad a donde acaba de partir.   

  

Mi tío Alberto, no era el mismo del que habla la canción de Serrat, puesto que no tuvo títulos, ni cetro de oro ni corona, tampoco cató de todos los vinos ni anduvo por mil caminos, pero dio lo que pudo dar, compartió lo que tenía en su alacena y en sus bolsillos y especialmente nunca dejó de sonreír, ni en los momentos de mayor dureza, como cuando perdió la libertad y luego cuando estuvo a punto de perder una pierna por una fractura expuesta y rebelde que vino a sanar después de dos años.   

  

Él ya no está, una enfermedad silenciosa y no identificada apagó sus ojos a sus 63 años, pero su canción, como yo la entiendo, seguirá sonando, muy cercana a su último verso: “En el final del camino te esperó la sombra fresca de una piel dulce de 20 años donde olvidar los desengaños de diez lustros de amor … Tío Alberto”.  En mi repisa quedan el Ferrari de madera y la tractomula de cartón que hizo con sus propias manos, que un día me regaló y que hoy no tienen precio, en mi corazón y en mi mente queda lo más importante, su recuerdo, que hará que viva para siempre.   

 

PDTA. Los anteriores párrafos fueron escritos la mañana del 16 de enero de 2024, horas antes de las honras fúnebres de mi tío Alberto; la crónica muy compacta y resumida que aquí les he presentado corresponde a la perspectiva muy limitada que tuve de una persona a la que no conocí en toda su dimensión, pero a la que definitivamente me unía una gran afinidad, por razones que no puedo del todo explicar.  Así como la luna, mi tío Alberto tuvo una faz que nunca vi; en sus últimos años anduvo por escenarios en los que conoció a mucha gente e hizo parte de proyectos y obras que le dieron la plenitud de la que yo no sabía. Me avergüenzo por no haber estado ahí y no haber sido consciente de ello. 

 

Por suerte se dio la oportunidad para reivindicar ante mis ojos y mi ignorancia la vida y obra de mi tío quien literalmente construyó el templo donde habría de ser homenajeado y despedido para su viaje a la eternidad.  En la carrera 5ª entre calles 28 y 29 de Pereira, hay una capilla perteneciente a la Iglesia Católica Anglicana, congregación con la cual mi tío tuvo lazos muy estrechos y con la cual colaboró especialmente para levantar, durante casi dos décadas, los muros y hacer los acabados de ese bello lugar para el ejercicio de la fe cristiana, fe que él intentó seguir luchando permanentemente con sus escepticismos y sus dudas.  

 

El Padre Germán, con otros 5 sacerdotes, concelebró la misa más hermosa en la que yo haya estado.  Un acto muy cálido y muy intimo que trascendió lo litúrgico y se constituyó en el más grandioso testimonio sobre la vida de alguien, con todos los detalles que me hicieron comprender, para mi orgullo y gozo, que mi tío Alberto fue inmensamente querido e hizo parte de realizaciones de las que muchos de sus parientes no teníamos idea.  Gracias, padre Germán, a usted y a todos los que caminaron con mi tío en la mejor parte de su recorrido.