viernes, 25 de diciembre de 2020

En qué estamos con la pólvora

  



Por James Cifuentes Maldonado 

 

 

La semana pasada me referí someramente a la tradición colombiana de animar las fiestas con pólvora y recibí varias consultas sobre la legalidad de esa práctica; si está o no prohibida. 

 

Reconociendo un mayor grado de conciencia y progresos en los controles de las autoridades, que se traducen en una sociedad más civilizada, la costumbre se mantiene especialmente en sectores populares y llamativamente se ha venido arraigando en las zonas suburbanas por parte de personas pudientes, quizás emergentes, que se dan el lujo de quemar, literalmente, millones de pesos en pólvora. 

 

Aunque en Colombia existe un marco que parte de la Ley 670 de 2001, cuyo principal objeto es garantizar la vida, la integridad física y la recreación de los niños expuestos al riesgo por el manejo de artículos pirotécnicos o explosivos, reglamentada por el Decreto 4481 de 2006, esa normativa no prohíbe en términos absolutos la pólvora, sino que la regula, proscribiendo de manera total la modalidad de pólvora detonante, pero habilitando el uso y comercialización de artefactos pirotécnicos, clasificándolos en categorías de 1 a 3, según el grado de peligrosidad. 

 

En efecto, existe una prohibición plena para la fabricación, venta y uso de pólvora detonante y a base de fósforo blanco, en todos los ámbitos y presentaciones, como papeletas, tacos, culebras, totes, chorrillos y similares, pero subsiste un comercio de otras modalidades englobadas en la pirotecnia, que si bien cuenta con controles en el expendio, en el transporte, y, cuando se trata de demostraciones públicas, exigiéndose la manipulación por parte de expertos, actualmente no es posible restringirla y controlarla al interior de predios privados, especialmente en condominios y parcelaciones, lo que impide un cierre mayor o total de la brecha de riesgo. 

 

El control que hoy ejercen las autoridades se basa principalmente en la aplicación del artículo 30 del Código Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana, que versa sobre el uso de sustancias peligrosas incluida la pólvora y de manera alterna en la aplicación del artículo 33 del mismo código, que tiene que ver con la alteración de la tranquilidad, cuando la quema de pólvora, por sus efectos como el ruido, deriva en situaciones de convivencia,  que normalmente son atendidas por parte de la Policía Nacional. 

 

En cuanto a su movilización, la pólvora está sujeta a estrictos protocolos, lo que hace que sea inviable transportarla en los automotores comunes y corrientes, y en este orden de ideas, prácticamente el material que diariamente es incautado en los operativos necesariamente termina siendo destruido. Con la pólvora pasa algo similar a lo que sucede con la dosis mínima de estupefacientes, cuyo consumo está permitido, pero no está permitido el porte, lo cual constituye una paradoja. 

 

Lo ideal sería una ley que prohíba en general el uso y comercialización de pólvora, a excepción de los espectáculos públicos dotados de todos los permisos y especificaciones técnicas, con la manipulación exclusivamente por personal experto. Pero esta es una quimera, porque la pólvora, como la droga, es un negocio muy lucrativo, que como muchas otras cosas non sanctas dependen de la voluntad de los políticos. 


Lo importante es la fiesta

 


  

Por James Cifuentes Maldonado 

 

 

Si hay algo que iguala a la humanidad, a los pueblos, a la gente, es el jolgorio, no hay nada más democrático que el deseo de hacer fiestas. 

 

En todos los confines de la tierra se hacen celebraciones de algo, ferias y carnavales para exorcizar los demonios, los pecados y los miedos, en la incesante búsqueda de mejores tiempos, de tiempos nuevos; no importa dónde, ni cuál sea el motivo, ni el significado de las costumbres, sólo importa la fecha  en sí y lo que ocurre en ella, lo que se bebe, lo que se come, lo que se baila, lo que se vende, lo que se compra; la oportunidad para los sentidos, para el alma, para la fe, para la ilusión, para el perdón, para la esperanza; también para la fascinación, para el exceso, para el desenfreno y hasta para la tragedia. 

 

De todo eso se trata la fiesta, sea cual sea la creencia o el pretexto; porque, si no fuera así, todos los tiempos serían iguales, la vida sería plana, como plano es el mundo que muchos quieren seguir viendo, a sabiendas de su minúscula redondez, en la inmensidad del universo que, aunque poderoso e infinito, sigue sin respondernos las preguntas esenciales, sin resolver los misterios del origen y el desenlace de la existencia, y por ello preferimos dar la espalda, mirar hacia otro lado, y refugiarnos en la fantasía, que algunos llaman religión, que en suma y a la larga hace por nosotros, por nuestro espíritu, mucho más que la ciencia. 

 

Me llama una amiga, a preguntarme cómo va la “fiesta de las velitas”; yo le respondo extrañado y revecero, ¡cuál fiesta de las velitas!, querrá usted decir de la Virgen, al tiempo que mi interlocutora dice ¡ah sí!, -no lo sabía. 

 

Sobre la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, o la Purísima Concepción, Wikipedia dice: “es un dogma de la Iglesia católica decretado en 1854 que sostiene que la Virgen María estuvo libre del pecado original desde el primer momento de su concepción por los méritos de su hijo Jesucristo, recogiendo de esta manera el sentir de dos mil años de tradición cristiana al respecto. Se celebra el 8 de diciembre, nueve meses antes de la celebración de la Natividad de la Virgen el 8 de septiembre”.  

 

La verdad, yo tampoco tenía ni idea; conocía el motivo de la fiesta, porque está señalado en el calendario, pero jamás, en mis casi 50 años, había entronizado ni reflexionado sobre su significado, y creo que a la mayor parte de mis paisanos les pasa lo mismo.  

 

Cuando era niño, en Mejía Robledo y luego por las calles recién pavimentadas del barrio Cuba, el 7 y el 8 de diciembre era sinónimo de parranda, de música tropical, y del ir y venir de las copas de aguardiente, teniendo como fondo los estallidos y el humo de la pólvora.  También recuerdo que casi no había ambulancias y en esas fechas era muy frecuente escuchar los pitos de los taxis, transitando raudos, hacia las urgencias del hospital San Jorge, que se abarrotaban de heridos y de quemados. 

 

Esta semana encendí 12 velas; yo dije que eran para la Virgen, pero en realidad eran para mi celebración, más tranquila, en familia.  Aunque los quemados fueron menos y en los alrededores de mi casa la pólvora no dejó de sonar, mis hijos tendrán una versión menos emocionante pero más civilizada de la fiesta. 


Una alcaldía sin excusas


 

Por James Cifuentes Maldonado 

 

 

Normalmente soy malo para las fechas, pero creo que difícilmente se me podrá olvidar que el 6 de marzo de 2020 reportaron en Colombia el primer caso de Covid-19; de ahí en adelante la sucesión de hechos fue vertiginosa, a la semana siguiente ya se habían suspendido clases, se estaba escaseando el papel higiénico y luego quedamos confinados, después de un simulacro de aislamiento. 

 

El alcalde Maya ya había anunciado lo que serían sus iniciativas  para los primeros 100 días al frente de los destinos de Pereira, que al final del año resultaron siendo 100 logros, según la sustentación hecha el pasado lunes en Expofuturo, de los cuales me llamó la atención que ninguno de ellos lleva un asterisco aludiendo al coronavirus, ni una sola glosa sobre la emergencia sanitaria, lo que deja la sensación de que estamos ante un mandatario serio y que el Gobierno de la Ciudad, no solamente salió adelante en la crisis imprevista sino que además se negó a renunciar a los compromisos fijados antes de la pandemia. 

 

Si no es por las referencias a la ampliación de camas para la atención hospitalaria, la gestión de ventiladores, el otorgamiento de beneficios tributarios, el no cobro de servicios públicos en los estratos bajos y la flexibilización de los horarios de los establecimientos de comercio, con el informe del alcalde podría uno despistarse y olvidarse de que llevamos 8 meses padeciendo los efectos de un virus que ha sometido al planeta a la peor debacle sanitaria y económica de que se tenga noticia en la historia reciente y que, en el caso de Risaralda, ya ha cobrado la vida de más de 550 personas, la mayor parte de ellas en Pereira, además de la consecuente erosión del empleo y la productividad. 

 

La única diapositiva del informe con la palabra emergencia, es la que refiere a los deslizamientos en el Portal de la Villa, por efectos del invierno, que obligó a la evacuación y demolición de más de 300 viviendas, para lo cual el gobierno central hizo anuncios de importantes recursos que, aunque no llegaron, ello no menguó el compromiso de la administración local para recuperar la zona y apoyar a la comunidad afectada. 

 

En manos de otro gobernante quizás hubiéramos asistido no a una rendición de cuentas sino a la lectura de un rosario de lamentos y excusas de lo que pudo haber sido y no fue; no sucedió así, y ahí están el papel y el PowerPoint, que aunque pueden con todo, en esta ocasión corroboran con hechos que tenemos un alcalde ejecutivo, que en los momentos más difíciles y desafiantes no se cruza de brazos e incluso rema contra la corriente y da ejemplo al país de la determinación y el valor que se deben tener para reactivar la ciudad bajo una clara amenaza, con las responsabilidades que ello implica. 

 

A mi colega Luis García Quiroga, a quien el alcalde se esmera tanto en contestarle, porque le da zanahoria, pero también garrote, le digo que la que algunos peyorativamente llaman la “huevorieta” de Corales, puede que no sea la súper estructura que nos merecemos pero que hoy no hay forma de financiar, ha trasformado el entorno y ha mejorado la movilidad del sector; pues, si hoy en esa intersección se forma un trancón, no hay que olvidar que en el pasado se formaban cuatro. 


Vivir, no sabemos más


  

 

Por James Cifuentes Maldonado  

  

 

Siempre hemos sabido que la humanidad es en esencia vulnerable, que la vida es frágil, pero con el Covid-19, nos sentimos, además de débiles, impotentes; al día de hoy no se sabe a ciencia cierta la lógica del virus, solo sabemos que le puede dar a cualquiera y que la reacción en cada quién es imprevisible; puede ser mínima o extrema, puede ser que uno resulte asintomático o puede ser que nos mande a la UCI y que nos terminemos muriendo, sin saber por qué.  

 

No sabemos esto cuánto va a durar, o si es que, en realidad, este coronavirus, que llegamos a creer era otra de esas gripas de nombre raro, se volverá endémico, nunca se irá, y cada vez más tendremos que acostumbrarnos a escuchar de cuando en cuando y en círculos más cercanos, que fulano, que zutano, que un conocido, que un amigo de un amigo, que un amigo entrañable y finalmente, que un pariente se murió, que la misa y el velorio serán por zoom.   

 

No importa que el virus ande por ahí enfermando y matando gente por millares, ni que los noticieros nos atiborren de estadísticas que ya no nos dicen nada, lo que importa es que hasta el momento el muerto o el entubado no es de los nuestros; pero, cuando la víctima es el vecino con el que tomábamos cerveza, cuando el muerto es el hermano deportista o la abuela que pintaba para llegar a los 100, porque no le dolía nada; cuando el muerto es el joven que rondaba los 30 y apenas empezaba a hacer familia, ahí la cosa cambia, ahí nos convencemos que los siguientes podemos ser nosotros, y ahí es cuando la vida cobra un nuevo significado, y esas frases de cajón “la vida es una”, “la vida es corta”, “no todo es plata”, “la felicidad es otra cosa”, dejan de ser meros clichés y se vuelven advertencias de que esto no es cuento, y que, en una o dos semanas, podríamos ya no estar.  

 

Aunque las dimensiones del Covid-19 sigan siendo discutidas y anden por ahí personas como si nada, sin tapabocas, porque la pandemia no existe y todo es una conspiración china y haya otros que no se lo quitan ni para dormir, lo cierto es que frente a esa enfermedad vamos perdiendo, y vamos perdiendo por una sola razón: porque no podemos contenerla ni controlarla sin limitarnos y sin dejar de vivir un poco.  

 

Vivir o no vivir, he ahí la cuestión; y qué es vivir; depende de donde se mire; si se mira desde el lado del gobierno y de la economía, vivir es trabajar, producir, consumir; vivir es compartir; vivir es comer, beber, comprar, bailar, besar, correr, saltar, ir en bicicleta; vivir es tomar vino o café, o simplemente jugar parqués. Y si le preguntamos a la gente, al transeúnte, al tendero, a los muchachos de la esquina, a las familias, a los amigos e incluso a los solitarios, nos dirán que vivir es exactamente lo mismo, y por eso los negocios, las tiendas, los parques, los restaurantes, las cafeterías, los billares, los moteles, los bares y quizás las discotecas, tienen que estar abiertos, porque no podemos solamente sobrevivir, porque esa es una forma de morir.   

 

El alcalde de Pereira Carlos Maya, y hasta el presidente Duque, han hecho lo que han tenido que hacer, apretando y aflojando el puño cuando ha sido necesario, así la ciudadanía no se los reconozca, porque la ciudadanía no sabe o no quiere entender, solo sabe vivir. 


Renuncio - No voy más con la Revista Semana

Por James Cifuentes Maldonado 

 

 

Creo en la responsabilidad de quienes tienen la oportunidad de escribir en un medio, para expresar sus puntos de vista y a la vez ayudar a formar las opiniones de otros, con todo lo que ello implica, si lo que se escribe no es debidamente ponderado o, peor aún, cuando ni siquiera es verdad o se trata de mero proselitismo, la promoción de intereses propios o de terceros, disfrazados de opinión. 

 

Los editorialistas o quienes arreglamos el país en una tertulia, requerimos un contexto informativo o unas fuentes que nos lleven a reunir los elementos o los conceptos necesarios para construir o consolidar un texto. Así, entre los medios y los suscriptores, entre quienes escriben y los lectores, se establece una relación no solo de utilidad sino además de confianza. Elegir qué leer es tan importante como elegir qué comer; si comemos balanceado, los resultados de una u otra forma se van a notar; si leemos sólo basura muy seguramente hablaremos basura, al igual que si sólo comemos chatarra nuestro cuerpo terminará convertido en eso.  

 

Durante más de 10 años fui suscriptor y lector de la Revista Semana y como no soy muy recorrido ni cosmopolita y todavía tengo batatilla en las orejas, admito que en gran medida mi visión en lo político, en lo económico, en lo social y en las diferentes perspectivas del acontecer de Colombia y del mundo, partía de lo que encontraba cada 8 días en esa publicación, la cual, por alguna extraña manía, leía siempre de adelante hacia atrás.  

 

Cada domingo comenzaba mi ritual con Daniel Samper Ospina, con toda su gracia y su irreverencia, para fascinarme luego con el conocimiento histórico y la agudeza de Antonio Caballero, pasando por la capacidad de retratar el país en un solo trazo de Vladdo. Luego de la sección de Tecnología, Mundo Moderno y otras variedades me deleitaba con la claridad de Alfonso Cuéllar, para, después de leer los reportajes especiales y de sumergirme en las cloacas de la corrupción, denunciadas por María Jimena Duzán y Daniel Coronell, terminar fisgoneando en los confidenciales.  

 

Obviamente y aunque me costara y a veces me revolcara el estómago, también leía a Salud Hernández, en su momento a José Manuel Acevedo y más recientemente a Vicky Dávila, y los seguiré leyendo, por supuesto, porque ahí radica la riqueza de este ejercicio, conocer todas las versiones, por extremas, incomprensibles o parcializadas que nos lleguen a parecer. La cuestión es que, con el revolcón en SEMANA ya no se justifica seguir pagando para leer solamente a columnistas como esos. 

 

Pretendiendo ser objetivos, pero sin lograrlo, porque se les notó la solidaridad de gremio, Camila Zuluaga y su equipo de Blu Radio, intentaron poner contra las cuerdas a Gabriel Gilinski, nuevo propietario de Publicaciones SEMANA, cuestionándolo por el cambio de línea editorial y las decisiones administrativas que llevaron a la desbandada  de los columnistas más antiguos y que más aportaron a la impronta y al prestigio de la revista; sin embargo, el inversionista no se arrugó y de una manera contundente defendió la realidad de los medios en la nueva era tecnológica, vaticinando la desaparición del papel impreso y la disrupción de lo digital, no solamente para informar, sino para hacer crecer el negocio. 

 

Así, sin ser más que un simple suscriptor, también renuncio. 

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Miscelánea - Una mala persona


Por James Cifuentes Maldonado 

 

El complejo sistema electoral estadounidense, donde al presidente lo eligen los territorios, con los dichosos votos del colegio electoral, y no directamente el pueblo, ha sido puesto a prueba como nunca antes, y, siendo que en Estados Unidos no existe una autoridad electoral nacional, como si pasa en Colombia, a quien pretendiera hacer fraude, le tocaría saltarse las normas y corromper urnas y votos en cada uno de los 50 estados. 

Las quejas de Trump sobre un supuesto fraude en las elecciones, son patadas de ahogado, estertores delirantes de su desgobierno. Pareciera que el destino está compensando, hace 4 años Trump ganó en votofinish y ahora en 2020 le toca perder por la misma vía, a juzgar por los resultados en Pensilvania, Georgia, Nevada y Arizona; sin que nada haga pensar que ha habido fraude; hasta el momento solo hay gritos y demandas, pero nada de evidencias. 

Los Estados Unidos han tenido 20 presidentes demócratas y 25 entre republicanos e independientes. Pero la vocera de la campaña de Trump, Maricruz Magowan no tuvo problema en decir que con Joe Biden ganaría el socialismo; una afirmación sin sustento pero sí con mucho efecto, al mejor estilo del fascismo. Una de las tantas mentiras de las que este fin de semana rebozaron la taza de los medios de comunicación norteamericanos, que cortaron las alocuciones del derrotado Donald Trump; algunos dicen que por censura y yo digo que por seguridad nacional. 

Lo único que emerge claramente en todo esto, es que los Estados Unidos, como el resto del planeta, ideológicamente y literalmente, están partidos a la mitad, y esa división que se manifiesta en todos los ámbitos, en mi opinión nada tiene que ver con capitalismo o comunismo, aunque quienes quieren encender las redes insistan en hacerlo ver así; en realidad toda esta peleadera corresponde a dos formas distintas de ver el mundo y la vida, con mayor o menor énfasis en el uso de la fuerza y de la autoridad; con mayor o menor énfasis en la justicia social, con mayor o menor énfasis en la sensibilidad ecológica y ambiental, con una idea diferente de la riqueza y la prosperidad; con una idea diferente sobre la religión, sobre dios, sobre nuestro origen y sobre nuestra muerte. Sólo es eso. 

Algunos, a este antagonismo lo llaman derecha e izquierda, conservatismo y liberalismo, pero que en el contexto actual de polarización y en lo que ha venido sucediendo en eventos democráticos, como el plebiscito por la paz en Colombia, el Brexit en Reino Unido o las elecciones en Estados Unidos, no tiene nada que ver con los sistemas políticos o la forma de producir los bienes y servicios del país; porque es un hecho, recontraprobado, que la propiedad privada y el emprendimiento son las piedras angulares del desarrollo y que el capitalismo, según las evidencias, desde la caída del Muro de Berlín, aún con sus desequilibrios, es el menos peor de los sistemas, si no pegúntenle a los chinos, que son comunistas para gobernar pero bien capitalistas para captar inversión y producir. 

De Trump no sé mucho, como suele suceder con casi todo el mundo; no sé si es millonario o está quebrado, si es culpable o inocente, si es buen o mal papá o si es un buen o mal marido; pero lo he oído hablar y he leído sus trinos, y sé que no es una buena persona; y eso para mí es determinante.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Miscelánea, Trump vs Biden

 


Por James Cifuentes Maldonado 

 

 

Hace 4 años no podíamos dar crédito al hecho de que un personaje como Donald Trump hubiera sido nominado por el Partido Republicano y, contra todos los pronósticos, ganara las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, por márgenes estrechos, similares a los que le dieron la ventaja al NO, en el plebiscito por la paz en Colombia. 

 

Al momento de escribir estas notas, cuando están abiertos los comicios en todos los estados de la unión, pareciera que lo increíble se volviera a repetir; para este mundo al revés no ha sido suficiente con elegir a Trump, sino que además habría que reelegirlo. Como muchos otros ingenuos, yo pensé que la elección de Trump como presidente del país más poderoso, por lo menos de este lado del mundo, había sido un accidente, una mala pasada que nos había dado el destino, propiciada por la manipulación de la opinión pública a través de las redes, y que muy seguramente Trump tendría un desempeño espantoso y que ese accidente no volvería a suceder. 

 

Pues resulta que no; a pesar de las barbaridades y los desplantes de Trump, su total incorrección política y su ramplonería, el desastre que todos esperábamos en realidad no sucedió, porque el tiempo nos fue enseñando que el discurso puede con todo y que el pintoresco Trump es más lo que habla que lo que hace y que las jugadas con las que ganó hace 4 años eran netamente efectistas.  

 

El muro en la frontera con México no fue construido; Venezuela no fue invadida y por el contrario Maduro se fortaleció, por los devaneos del gobierno gringo que jamás pasaron de unos apuntes del exconsejero de seguridad John Bolton, que insinuaban que Colombia serviría de tránsito a las tropas gringas para liberar a Venezuela; por suerte eso se quedó en una simple anécdota, porque en verdad Trump jamás ha tenido intenciones de intervenir nuestro vecindario, ni se la ha jugado con la oposición venezolana; particularmente no le ha creído mucho a Guaidó, con el gobierno de ficción que le dejaron proclamar, en cuya farsa participamos los colombianos, con concierto y todo en la frontera. 

 

En la guerra comercial con China lo más crítico ha sido el bloqueo al gigante tecnológico Hua Wei, pero de resto los chinos siguen asomándose como la economía más grande y más potente del planeta, en un horizonte de 20 años, y ni Trump ni Biden podrán impedirlo. El dólar se fortaleció y los fundamentales económicos de los Estados Unidos se mantuvieron estables, lo que parece confirmar que los hilos de esa nación no los maneja el presidente, sino unos señores tras bambalinas, dicen que un puñado de familias que manejan la Reserva Federal, que constituyen el verdadero poder y a los que les da lo mismo que el presidente sea demócrata o republicano. 

 

Pareciera que el mundo se acostumbró a Trump y él pudo sacar adelante su ego y su show, aportando su granito de arena para que este mundo sea cada vez más invivible, por la polarización y la intolerancia llevada a su máxima expresión, gracias a la masa de incautos cada vez más grande, azuzada por un sentimiento nacionalista y antiinmigrante. 

 

Irónicamente, si Trump es reelegido, lo sería gracias a esas minorías de las que tanto se asqueó; por ejemplo, el voto latino en la Florida en donde miles de hispanos se comieron el cuento de que Estados Unidos se volvería como Venezuela.