jueves, 18 de junio de 2020

La nueva televisión

Por James Cifuentes Maldonado

 Actualmente existe una inmensa oferta, yo diría una avalancha imposible de consumir, de contenidos audiovisuales propiciada por las plataformas tecnológicas, en lo que se conoce como OTT, que se traduce como Over-the-top media services, según su sigla en inglés, y que, de acuerdo con Wikipedia, consiste en la transmisión de audiovisuales a través de Internet, sin la implicación de los operadores tradicionales en el control o la distribución del contenido. Con dichas plataformas tenemos entonces la posibilidad de acceder a radio, música, video, películas, series, documentales, etc., lo que nos lleva a concluir que en materia de servicios públicos el de internet ya no es una cosa suntuaria sino de primerísima necesidad, tan importante, y a veces más, que el tubo del agua.

En este escenario, hoy perfectamente podríamos prescindir del servicio tradicional de televisión o televisión en línea, que frente a las posibilidades que ofrecen operadores disruptivos como NETFLIX, Amazon, HBO y otros, resulta francamente obsoleto, tanto por las limitaciones en la reproducción de los contenidos, solo en tiempo real, como por la variedad y calidad de los mismos. De hecho ya no hay grandes producciones de televisión porque la industria se ha especializado en desarrollarlas y acapararlas para las plataformas que hoy dominan el mercado a través de internet, con referentes de insuperable calidad que han llevado el entretenimiento a otro nivel, como Breaking Bad, Game of Trones, Black Mirror, Vinkingos, 13 Reasons Why, Downton Abbey, Mr. Robot, y el reciente fenómeno de la Casa de Papel. 

Como podrán notar, he relacionado algunos títulos, que son apenas una muestra de todo lo que se puede ver por internet, en todas las temáticas, desde historia, dramas épicos, romance y comedia, hasta ficción y futurismo, a través diversos proveedores y planes, ya muy accesibles que, salvo por los noticieros, nos hacen olvidar la necesidad de ver televisión, y han convertido las salas de cine en un plan romántico, una mera excusa para salir de casa, comer crispetas y perros calientes.

En el puente que acaba de pasar, con algunas dudas, decidí darle clic al documental “Asquerosamente rico”, transmitido por NETFLIX, basado en hechos reales de la vida de Jeffrey Epstein, un magnate financiero e inmobiliario de Estados Unidos, que construyó todo un imperio para ponerlo al servicio de sus más oscuras perversiones. El documental crudamente habla de pedofilia y de abusos sexuales a mujeres vulnerables, pero, por duro que parezca, eso no es lo nuevo; aquí lo novedoso es enterarse cómo las instituciones y las justicia de todo un país se rindieron ante el dinero y el poder de una sola persona, que al final se salió con la suya. Recomendado, pero con cuidado, porque es un contenido fuerte, que hace perder la fe en la especie humana.

miércoles, 10 de junio de 2020

Miscelánea

Por James Cifuentes Maldonado

 

Yo tengo un amigo que cuando siente que un asunto lo supera o que es incapaz de transmitir un determinado concepto, cierra la conversación recurriendo a una ingeniosa frase: “En la vida hay ciertas cosas más fáciles de entender que de explicar”. La frase constituye una máxima perfectamente aplicable a muchas situaciones, en muchos escenarios, sobre todo aquellos en los cuales la información es fragmentaria o insuficiente, o en todo caso, en esos asuntos donde es imposible proclamar una verdad, o por lo menos nadie puede reivindicarla, por razones técnicas.

Lo que pasa en Colombia con la situación del expresidente Álvaro Uribe Vélez, es uno de esos fenómenos indescifrables, cuya discusión y resolución nos tomará algunas décadas más.  Héroe, prócer y prohombre para unos; monstruo, villano y delincuente para otros, pero de ninguna manera un personaje que nos deje indiferentes; eso dependerá de la idea que cada quien tenga sobre la mejor forma de conducir un gobierno y una nación; sobre el mayor o menor grado de autoridad o de fuerza que se deba utilizar.

Así, para algunos, el expresidente Uribe es un buen padre de familia, un poco enérgico y gruñón, que con determinación tomó las decisiones administrativas y militares que otros no tomaron y llevaron al país a sentir una forma de paz y de progreso que hace mucho tiempo no se sentían, como poder viajar por carretera y volver a las fincas, porque estábamos eternizados en una confrontación sin sentido, con unos vándalos y unos terroristas sin causa, haciendo “pescas milagrosas” y dedicados a desdibujar las instituciones con su anarquismo.

Para otros, Uribe es un autoritario, al que no le importan las formas, los métodos, ni las realidades sociales que no sean las que interesan a su clase y su establecimiento rural y agropecuario, empeñado en mantener el poder político y económico, de cualquier manera y a cualquier costo; al que no le importan los medios, sino sólo los resultados, así tenga que fabricarlos; al que la paz le cabe en la cabeza únicamente como la expresión de la victoria del más fuerte. 

En una serie que están pasando actualmente por distintas plataformas, entre ellas YouTube y WhatsApp, crudamente y sin eufemismos han llamado a Uribe “Matarife”, y, como era de esperarse, han reaccionado muchos en favor del expresidente y otros, que no son pocos, celebrando el contenido y el terrible apelativo.  Lo cierto es que hoy es imposible darle la razón a los unos o a los otros, porque estamos frente a unos hechos que en realidad a muy pocos les constan, y que, a falta de pruebas, el prejuicio dependerá de la orilla ideológica en la que nos ubiquemos y del deseo con el que estemos pensando; porque Uribe es y será, por mucho tiempo, la representación de una de esas cosas que son más fáciles de entender que de explicar.

Miscelánea - Como un caballo desbocado

Por James Cifuentes Maldonado

 

Mirando en perspectiva, considerando el presente y el futuro sobre la base de lo que ya ocurrió, es inevitable sobrecogerse y pensar en lo insospechado que resulta cada día de nuestras vidas. En cualquier instante el destino, esa cosa que es como un caballo que nos lleva, sin rienda y desbocado, da un giro y cambia radicalmente el panorama y pone todo patas arriba, para bien o para mal, las prioridades cambian y muchas cosas que eran importantes desaparecen y lo que era urgente ya no lo es, por simple sustracción de materia.

Sucede, cuando estamos en los preparativos de un viaje o de una fiesta y nos llega la noticia de que un ser querido ha desaparecido o que lo aqueja un feroz cáncer terminal, o cuando estamos estudiando la ampliación de nuestra empresa o nuestro negocio y llega una catástrofe, un terremoto, un incendio o una inundación, y lo destruye todo. Cuando esas cosas pasan, los planes se van a la porra, nos concentramos en lo que la situación y el instinto de conservación nos dictan como lo esencial. Normalmente superamos las crisis, porque tenemos la capacidad de adaptación y la resiliencia para soportar el dolor y seguir adelante, pero en algunos casos no, y eso también hace parte de ser humanos.

Las instituciones a pesar de las tragedias no sucumben ni desaparecen, se adaptan, se reconstruyen, se transforman y siguen avanzando, con o sin nosotros. Dentro de 50 o 100 años alguien contará la historia de Colombia y de nuestra ciudad, y habrá un capítulo especial para la pandemia del coronavirus, con las estadísticas sobre los contagiados, los recuperados y los muertos, las empresas que quebraron, los desempleados que quedaron y el desastre económico. Seremos víctimas anónimas, unos mejor librados que otros, pero ninguno ileso; seremos números, en los niveles más bajos, que solo podrán ir para arriba, hacia la recuperación.

El primero de enero de 2020, nadie imaginaba el país que tres meses más tarde debería conducir Iván Duque, o la Pereira que le tocaría gobernar a Carlos Maya; pero ya está, simplemente sucedió; el destino o la divina providencia, esas cosas con las que nos debatimos diariamente, lo quisieron así, el virus llegó, lo alteró todo, pero los planes oficiales siguen.

Sea que sobrevivamos o no al Covid-19, este país y esta ciudad permanecerán; al final la mayoría seremos olvidados; los gobernantes quizás no, si lo hacen bien, y si les ayudamos en la tarea y en el interés común de construir un mejor futuro para las próximas generaciones.