miércoles, 24 de agosto de 2016

La paz de Colombia, 25 años de conversación.




Por James Cifuentes Maldonado


El proceso de paz en Colombia no se inició en el año 2012, no es un invento de un partido ni de un candidato presidencial; el acuerdo al que nos estamos aproximando, empezó a construirse hace 25 años con la Constitución del 91, sobre la cual se erigieron los nuevos valores del Estado colombiano y las nuevas instituciones y herramientas que han permitido los avances de cada gobierno en su particular estilo, con sus énfasis y sus prioridades, con sus logros y sus equivocaciones, para llegar a la coyuntura en la que hoy estamos. Porque la Constitución Política de un país es en sí misma un pacto de paz, el más grande de todos, que fija las condiciones de cara a una sociedad más justa y civilizada. 

A quienes deslegitiman la negociación y quieren ver el proceso de paz como un pelotón de fusilamiento, hay que precisarles que esa idea de cierre vengativo, de ajusticiamiento, solo es posible cuando hay un ganador en el conflicto, situación que no se ha dado Colombia, a pesar de tantos años de disparos y de tanta sangre derramada. Por ello, aunque a muchos les resulte irritante, los delegados del Gobierno que estuvieron en La Habana, que actuaron en nombre del Estado, se sentaron en la misma mesa con los guerrilleros, que asistieron en igual número de delegados, tomaron agua de la misma jarra y fueron atendidos por los gobiernos facilitadores de Cuba y Noruega exactamente en las mismas condiciones. 

Es probable que los diálogos con las Farc, al haber sido promocionados pomposamente sobre la base de “la verdad, la reparación y la justicia”, hayan generado expectativas equivocadas o desmesuradas, producto del desconocimiento de cómo es que en la práctica se desarrollan este tipo de procesos, cuando se ha elegido la solución política, donde toca “masticar poquito y tragar muy grueso”.

La reparación y la justicia son elementos simbólicos, ya que, de un lado, no existen los medios suficientes para que todas las víctimas queden enteramente resarcidas; los muertos no pueden volverse a la vida y las viudas, los huérfanos y los mutilados no dejarán de serlo; y de otro lado, el concepto de justicia del que se habla en un proceso de paz no es la justicia ordinaria, no es aquella que se practica normalmente en los tribunales nacionales; de lo que se habló en la Habana no fue de eso, como tampoco en Sur África o en Irlanda, donde hoy por hoy y a pesar de tantas infamias, tan antiguas y tan profundas, lograron reconciliarse.

Así pues que, si queremos ver a Timochenko, a Iván Márquez y a todos los guerrilleros, vestidos de rayas, dentro de una jaula colgando de una polea, exhibidos en horario triple A, cual trofeos de guerra, como hicieron con Abimael Guzmán en el Perú, el momento no es ahora y el SI a los acuerdos no es la opción; deberíamos entonces votar NO en el plebiscito del 2 de octubre y seguir matándonos, otros 50 años; fácil.
  

jueves, 11 de agosto de 2016

El palo en la rueda de los derechos civiles





Cuando los señores de la Procuraduría General de la Nación, arropados con la bandera de la moralidad y de la familia, pero contaminados con la dogmática religiosa, en sus denuncias omiten y pasan por alto que todas las acciones del gobierno  asociadas a la no discriminación por causas de género o condición sexual corresponden a lineamientos ordenados por la Corte Constitucional, cuando desvían el tema y hacen señalamientos con nombre propio acabando con la imagen de funcionarios específicos llevando el debate a nivel personal,  como ha sucedido con la ministra Gina Parody, es inevitable sentir un gran desaliento y una gran desesperanza frente al papel de las instituciones.  

El protagonismo desbordado de los funcionarios del ministerio público, la persecución selectiva a quienes se salgan de su línea ideológica y su permanente y abierta participación en política son reprochables en grado sumo, máxime cuando en el caso de la Procuraduría sus funciones apuntan a la protección de los derechos y las garantías de los ciudadanos como lo señalan los tres primeros numerales del artículo 277 de la Constitucional Nacional, que se han convertido en letra muerta, pero que ahí están escritos y claramente dicen: 1. Vigilar el cumplimiento de la Constitución, las leyes, las decisiones judiciales y los actos administrativos. 2. Proteger los derechos humanos y asegurar su efectividad, con el auxilio del Defensor del Pueblo. 3. Defender los intereses de la sociedad.

Alerta máxima en los olímpicos.





Por James Cifuentes Maldonado

Que los escenarios no estarían a tiempo, que la inseguridad de Rio de Janeiro no daría tregua; que la inestabilidad política, por los escándalos de corrupción de los últimos gobiernos, lanzaría a la gente a las calles para sabotear el evento; que muchos atletas le sacarían el cuerpo a Rio 2016 por el riesgo del zika o simplemente porque los juegos se hicieran en Suramérica; que la amenaza terrorista de los radicales, de los jihadistas;  en fin, recientemente no recuerdo unos juegos olímpicos más tensos que los que hemos visto inaugurar el pasado viernes  en Brasil. 

Pero la anarquía y el fantasma del terrorismo ya no son exclusivos del subdesarrollo, emergen hasta en los países más poderosos y más organizados; para la muestra los flemáticos ingleses que se polarizaron y rompieron la unidad europea con el triunfo del brexit, o los españoles que con dos elecciones no han podido armar la coalición de gobierno.  

En Estados Unidos las cosas están a punto de quedar patas arriba con una carrera presidencial que está demostrando que las maquinarias ya no son lo que eran, que los partidos están perdiendo su ascendencia y que los fenómenos mediáticos como el protagonizado por Donald Trump son una terrible opción de poder, impulsados por la inconformidad de unas minorías cansadas y unidas por la inmediatez y la capilaridad de las redes sociales, montados en una peligrosa ola de nacionalismo. 

Inglaterra, Francia, Bélgica y los mismos gringos, están pagando el precio de su colonialismo, están sufriendo la pésima decisión de repartirse el Medio Oriente hace 70 años, disponiendo los límites de un puñado de naciones sin miramiento alguno del desarraigo cultural que estaban generando y las nefastas consecuencias que hoy estamos presenciando con la paranoia de ISIS que ha puesto en jaque a los europeos y a toda la humanidad, con fanáticos y desadaptados parapetados en todos los rincones del mundo, como soldados ad honorem  de una nueva y terrible forma de guerra, desde las trincheras de internet, dispuestos a sacrificar su vida por un minuto de exposición y de “reconocimiento” en televisión. 

El problema entonces no es Río, no es Brasil, no es Suramérica, el problema somos todos, musulmanes, cristianos y políticos, que no respetamos la autodeterminación y la diversidad de los pueblos y queremos evangelizar a la fuerza y meter nuestras narices en todas partes, para sacar provecho en el nombre de dios. 

Con todo y el nerviosismo, la apertura de los juegos de Rio 2016 fue formidable, un espectáculo lleno de creatividad y simbolismo, ambientado en la fiesta y la alegría latinoamericana, recordándole al mundo la importancia del espíritu deportivo pero además haciendo conciencia sobre el valor de la vida que hoy despreciamos y del planeta que estamos asesinando.  

Nunca vi un fuego olímpico tan emocionante como el que hoy arde en el Maracaná, tan brillante como el oro del pesista colombiano Oscar Figueroa que, en buena hora, nos ayudó a pasar el trago amargo de la caída del ciclista Sergio Luis Henao.