Por James Cifuentes Maldonado
Esculcando en mi álbum digital, buscando una foto que me tomé con mi amigo Helmuth Voelkl, al que aprecio mucho y saludo hoy en su convalecencia, luego de ir y venir varias veces del 2026 al 2020 y viceversa, viendo tanta gente, tantos momentos y tantas imágenes, cada una con su propia historia, me invadió una sensación extraña y una inquietud sobre la forma en que vivimos la vida. No me quería soltar a hacer la reflexión porque este tema es un lugar común prácticamente de todas las personas, con el cliché de que “lo verdaderamente importante es vivir el momento” y, como dice la canción de Camilo Sesto, el agua pasada no mueve molinos.
La afirmación sobre el valor del tiempo presente me pareció vacía, que no dice nada, porque la realidad es que muchos individuos, dentro de los que me incluyo, no vivimos bajo esa premisa y en su lugar nos alimentamos del pasado, nos angustiamos con el futuro y poca relevancia le damos a lo que nos sucede y lo que vivimos hoy, malgastando horas y hasta días, tiempo precioso, enredados en amarguras de cosas que ya pasaron o fabricando miedos sobre lo que está por venir.
Para poner la cosa en términos prácticos, una de las situaciones más comunes de pérdida de tiempo y de energía es cuando nos dedicamos al prejuicio, cuando hablamos cosas de las que no sabemos o sobre personas que no conocemos, en esa tendencia que tenemos a creer que todo cuanto pasa merece o requiere nuestra opinión, fenómeno multiplicado a la máxima potencia con las redes sociales.
En algunos casos, nos devanamos el seso pensando en los motivos que otra persona pudo haber tenido para haber actuado de tal o cual manera con la que me siento ofendido, irrespetado o ignorado, de tal suerte que suponemos cosas y elucubramos, en un desgaste inútil e innecesario, cuando la mayoría de las veces esa persona cuya actitud nos roba la calma ni siquiera se entera del predicamento en el que estamos y muy seguramente su actitud no se originaba en nada que tuviera que ver con nosotros; porque nos puede el ego y olvidamos que cada quien tiene su propio mundo y su propio centro, que no somos nosotros.
Le conté estas cuitas a mi hija y me permití aconsejarle que trate de vivir en el presente, no de manera retórica, sino de verdad, aplicada con el cuerpo y con la mente en las acciones que le demanden cada día, sin tanta preocupación por lo que ya pasó o lo que viene, porque del pasado solo nos quedan enseñanzas y el futuro solo nos sirve para soñar, en tanto que el presente es la prueba de fuego permanentemente que nos permite demostrarnos a nosotros mismos que no hemos vivido en vano, que, aún con errores, hemos aprendido, que somos mejores y porque al mismo tiempo, con las cosas que hacemos en el ahora, aunque no sintamos que sea así, estamos construyendo lo que seremos y nos pasará mañana.
Hija, le dije, -
Entre tú y yo hay 40 años que hacen la diferencia, tú tienes 40 años para mirar
hacia adelante y yo 40 años para mirar hacia atrás, por eso lo que tú me
enseñas me es útil ahora mismo, en la ignorancia y la permanente novedad que
son mi presente, y lo que yo te enseño a ti te servirá después, cuando la
experiencia te permita entender la forma y el tiempo en los que me tocó vivir a
mí.

La forma en la que llevas la idea de la experiencia, el pasado y el futuro me lleva a la obligación de vivir lo que me queda de presente, con toda alegría y buscando ser más feliz
ResponderEliminarUn día a la vez
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