martes, 18 de febrero de 2025
Miscelánea - Mi cielo, mi sol, mi todo.
viernes, 27 de diciembre de 2024
Miscelánea - Del fraude noticioso y otras yerbas
viernes, 22 de noviembre de 2024
Miscelánea ¿Qué tan pereirano es usted?
Por James
Cifuentes Maldonado
Hablábamos de
regionalismos, en medio de la reunión que, entre cervezas y humo, se trenzaba
en discusiones futboleras, sobre la campaña irregular del Once Caldas,
instalado en las finales de la Liga II de 2024, pero con la curva de rendimiento
hacia abajo; el fracaso del Deportivo Pereira, que se quedó en la puerta de la
clasificación a cuadrangulares y la ilusión de que el Deportes Quindío retorne
a la A, que para este año se quedará en eso, en una ilusión, cuando, de sopetón,
me preguntaron que qué tan pereirano era yo, a propósito de la cara de chino
nacionalizado peruano que me gasto; les respondí, mucho, muy pereirano, como se
los voy a sustentar.
Miren, yo nací en un paraje llamado El Crucero, del corregimiento de Altagracia, entre las veredas El Jazmín y el Estanquillo; allí me tuvieron hasta casi los dos años cuando, siendo un sobreviviente del carranchil o “siete luchas” y con pinta de tullido, porque vine a caminar casi a los 3 años, me trajeron a vivir a un inquilinato en el Barrio Mejía Robledo, donde, para fortalecer los huesos, mi mamá me untaba las sobras de las claras de las cocas de huevo que le pasaban las vecinas y, además, me enterraba hasta la cintura entre la arena y el cisco de café que arrojaba la Trilladora Espinoza, que quedaba cerca, en un costado del Parque Olaya Herrera.
Entonces, criado en la calle, en la 15 con 18, al pie de Expreso Palmira y del Taller Estación, donde solía recoger chatarra para ganarme unas monedas, a 7 cuadras de la Plaza de Bolívar, alimentado con aguapanela, arepa con mantequilla y migote de buñuelo, nieto de Olga María Marulanda, de los Marulandas pobres, efectivamente, me siento muy Pereirano, pero no tanto como que me impida exaltar el valor de mis ancestros vallunos y antioqueños, puesto que mi mamá es arracachipuntuda de Ulloa y mi papá de algún lugar entre Filandia y Chinchiná; por eso aunque el corazón solo me da para declararme hincha del Deportivo Pereira, en la A, en la B o en la Z, no me cuesta nada y, por el contrario me agrada mucho, cuando al Once Caldas, al Deportes Quindío y al América de Cali les va bien y, es más, les hago fuerza.
Seguramente más pereirano que yo, y todos los que aquí nacimos o los que a aquí llegamos, sea solo la misma Pereira; por eso, para medir la pereiranidad, puede ser útil acudir a varios referentes, por ejemplo: Más pereirano que la papa rellena, que en Manizales llaman pastel; más pereirano que el Bolívar Desnudo que un día lo enguacalaron y nos amenazaron con llevárselo a otra ciudad, para que tomáramos conciencia de su valor; más pereirano que el viaducto, que hace de Pereira y Dosquebradas un solo cuerpo y una sola identidad; más pereirano que el Palacio de la Chunchurria, donde llenan la panza y disimulan la rasca los amigos de la noche; más pereirano que el Barrio Cuba, con su parque Guadalupe Zapata y su permanente carnaval; más pereirano que el Barrio La Esneda, que queda en Dosquebradas, al otro lado del río Otún, de la misma forma que la Piedra del Peñol queda en Guatapé.
Sí señor, soy pereirano, aunque prefiero decir que soy del Eje Cafetero, aunque ya poco se cultive el café; que soy de un lugar del Viejo Caldas o del Viejo Cartago, que soy hijo de caucanos y antioqueños, y que, por esa rara mezcla, me siento tan especial, que soy incapaz de llamarme paisa.
Adenda. Punto para la alcaldía de Pereira, con la anticipación del alumbrado en 2024 y por regalarnos dos meses de Navidad.
viernes, 12 de julio de 2024
El fútbol es todo y no es nada.
Por James
Cifuentes Maldonado
Comenzaré diciendo
que el fútbol es un espectáculo, como cualquier otro, como ir a un concierto, a
una obra de teatro, al ballet, al circo
y muchas otras formas, incluso más primitivas o más vulgares de entretenerse,
como los toros o las peleas de gallos, porque el fútbol sólo es eso,
entretenimiento, que nos atrapa como nos atrapa una buena serie.
Pero, si la cosa es tan simple, entonces ¿en qué radica la diferencia? ¿por qué el fútbol es un río de pasión que se desborda en las calles?
Quizás el detalle es el carácter masivo de un deporte muy popular, que no excluye a nadie, que lo puede practicar cualquiera, pobre o rico, igual en el más humilde de los peladeros en Tumaco o en el Jardín de los Príncipes de París, y en general lo puede ver cualquiera, ya sea en un bar en el parque de la 93 o en la tienda de Don Alberto en Manrique. Un partido de fútbol es capaz de despertar el mismo entusiasmo en ciertos individuos, no importa si se trata de la final de la Champions o de una recocha de solteros y casados a fin de año.
Dos cosas le dan efervescencia al fútbol, por un lado el sentido de pertenencia que nos ata a la tierra y a la divisa que representa al colectivo que la habita, ya sea en un barriada, una ciudad, un país o incluso todo un continente, y, por otro lado, está el mero gusto, que hace que sigamos a un equipo, no porque nos pertenezca, sino por la calidad del espectáculo que brinda, por sus triunfos, sus estrellas y sus copas, lo que de alguna forma satisface nuestro arribismo, nuestra necesidad de sentirnos del equipo ganador, solo así se explica que en un rincón remoto de un pueblo en el Chocó o en el Guaviare haya "hinchas" con camisetas del Real Madrid o del Manchester City.
Y esa efervescencia alcanza su mayor expresión cuando un partido de fútbol toca el Alma Nacional y casi que se vuelve un asunto de Estado, cuando todo un país vuelca su atención, sus ánimos, su orgullo y sus frustraciones en una final como la que la Selección jugará el próximo domingo.
Si Colombia gana, el alma nacional futbolera se elevará y seremos felices, en esa forma de felicidad que sólo se siente en el fervor del grito de gol y en el calor de las masas que celebran títulos en los estadios o en las plazas, pero que, cuando nos quedamos a solas, pierde sentido, porque esa felicidad no representa mucho para el individuo, porque, así un día la Selección obtenga la Copa Mundo, eso solo servirá para elevar la moral colectiva y quizás sacar pecho en los aeropuertos. Aunque fuéramos campeones del mundo del fútbol, nuestro propio mundo seguiría siendo el mismo, con todas sus realidades y crudezas.
El fútbol es un espectáculo, sólo eso, una función, una puesta en escena, con ingredientes de emocionalidad y competencia, muy bien montada, de la que casi nadie puede sustraerse, por una razón o por otra de las que ya he comentado; pero, más que eso, el futbol es un negocio con una multinacional como la FIFA a la cabeza, organización privada y todopoderosa que tiene más afiliados que la ONU y que mueve más dinero que la economía entera de un país como Colombia, en entradas, en pases de jugadores y, lo más inquietante, de manera indirecta, en apuestas, las apuestas que incluso son capaces de torcer los resultados y corromper el espíritu deportivo.
El fútbol es un espectáculo tan envolvente y tan arrollador, que sirve para perder la noción en los malos tiempos del gobierno y disimular anuncios de reformas tributarias que no preocuparán a nadie, si Colombia se alza con la Copa América, esa copa que lo representará todo para 50 millones de esperanzas y nada, absolutamente nada, cuando se apague la radio o el televisor en nuestras casas; una pasión que morirá en el silencio de nuestra habitación antes de dormir, pero que explotará y se inflamará de nuevo cuando nos encontremos en la mañana con la gente en el ascensor, o cuando comentemos los resultados en el paradero del bus o en el trabajo.
Adenda. La final de la Copa América en Estados Unidos es un capricho del destino, que se empeñó en darnos la oportunidad de poner las cosas en orden, Colombia victoriosa en Miami (ya no en Bogotá) contra la Argentina hoy campeona del mundo, la misma que despreció el torneo cuando se hizo en nuestro país en 2001, quitándole lustre a nuestro único título continental. De esas dimensiones puede ser la cosa. Alá es grande.
miércoles, 19 de junio de 2024
Miscelánea - La salud en el país del nunca acabar
Por James Cifuentes
Maldonado
En Colombia el
escenario noticioso es un permanente deja vu y entiende uno porque la gente se
cansa y pierde el interés por informarse. En el plano nacional no pasamos del
tire y afloje entre el gobierno Petro y la oposición empeñada en hacerle la
vida a cuadritos, bloqueando todas las reformas entre ellas la más
problemática, la reforma a la salud que mantiene la polarización entre derecha
e izquierda; unos defendiendo el modelo actual de las EPS y los que se empeñan
en centralizar los servicios de salud en los entes territoriales, en un esquema
zonificado para garantizar la cobertura universal.
Podría uno decir que ambos extremos tienen la razón, los primeros, porque los empresarios privados pueden tener un mejor criterio para administrar los recursos, lo que pasa es que ellos no lo hacen gratis, deben tener utilidades y eso le fastidia a los progresistas, y por otro lado los que propenden por un modelo comunitario o de médico familiar a cargo de los municipios, en el que se elimina la intermediación y, en teoría, rinde más la plática, pero con una predecible ineficiencia, porque lo que es de todos es de nadie, refiriéndonos a la pésima fama que tienen los entes públicos como administradores.
Deberíamos encontrar entonces un punto intermedio, porque el sistema de las EPS ya lleva en práctica más de 30 años, ha evolucionado y ya sabemos qué modelos son dañinos, como el de SaludCoop y los que deben mejorarse y mantenerse como el de SURA. De otra parte, es innegable que existen territorios del país con menos oportunidades, donde la salud es un calvario, porque los usuarios tienen que desplazarse a centros urbanos de mayor tamaño, siendo claro que el Estado tiene que llegar igual donde haya mil pacientes o donde haya uno.
No vivimos en Suiza, pero tampoco somos Haití; es necesario dejar la pugnacidad que pretende destruir al oponente, desviándonos del objetivo principal que debería ser mejorar lo que ya tenemos y no enfrascarnos en el bloqueo, posponiendo la decisión para volver a barajar y repartir en las próximas elecciones. Entiende uno porque Petro se impacienta y hace insinuaciones de reforma constituyente que luego recoge con la misma rapidez con la que lanza mensajes confusos que ponen a botar corriente a la oposición y a los medios. No tenemos un país político a la altura de las circunstancias democráticas, sino que seguimos en la idea de que cada corriente ideológica aplique su modelo a sangre y fuego; a nadie le sirven las propuestas que no sean las suyas.
A propósito de los vientos de ultraderecha que soplan en Europa, algunos creemos que el atraso de los países subdesarrollados frente a los del "primer mundo" puede estar entre unos 20 o 40 años, quizás 50, si nos comparamos con los países nórdicos; lo triste es que en regiones como Suramérica, es posible que nos demoremos todo ese tiempo para llegar al nivel de conciencia que los europeos tienen sobre los males presentes de su sociedad, los riesgos del nacionalismo y la ultraderecha y el desvanecimiento de los principios democráticos. El futuro es azaroso en esa combinación de retroceso de la política como ciencia, atrapada en la espiral vertiginosa de las nuevas formas en que la gente se comunica, se informa y toma decisiones, al vaivén de las pasiones.
Miscelánea - Armar el Equipo, El primer gran reto de una administración
Por James Cifuentes Maldonado
El primer semestre de cada administración es un tiempo que la
opinión pública y los distintos estamentos se toman a modo de espera, para que
el nuevo gobernante consolide su equipo (lo cual no es fácil), para que
complete las herramientas de gestión, dentro de ellas la más importante, el
Plan de Desarrollo, y, en general se acomode dentro de las realidades heredadas
y las iniciativas (promesas) que apalancaron su campaña.
Tenemos la tendencia simplista a pensar que el equipo de un alcalde son los jefes de cada despacho y los de los organismos del sector central, error; en ese componente, que tiene la inercia y la vida propia que le dan los acuerdos políticos que posibilitan ganar las elecciones, filtrar y depurar los que son y los que no son se torna lento y bien difícil en la medida en que se va adelgazando la cadena y los puestos a repartir son, en apariencia menos relevantes, porque, siendo muy importantes los alfiles para la gestión, sobre todo en el componente estratégico, la realidad es que los que hacen, los que construyen y llevan a buen destino una administración son los del nivel raso, los operativos, entiéndase los funcionarios de planta, los trabajadores oficiales y, el más sensible de todos, los contratistas; porque, han de saber los lectores que gran parte de la misionalidad en las diferentes secretarías, diría yo en un 70%, es soportada y ejecutada por contratistas, con todo lo bueno y lo malo que ello implica. El hecho es que, con cada inicio de gobierno, toda esta gente constituye una gran Torre de Babel, por las diferencias y la multiplicidad de intereses que se combinan y hacen bien difícil poner a remar a todos para el mismo lado.
Luego de conformado el Equipo, en el cual no hay cama para tanta gente y obviamente son muchos los descabezados, se viene la producción, el gobierno de verdad, que no se agota con los videos y los anuncios, sino que se adelanta a través de los planes, programas y proyectos consignados en el Plan de Desarrollo y que se llevan a cabo mediante el indicador más duro de todos, el de LA EJECUCIÓN, que se ve de una forma cuando se está afuera del gobierno y que se ve de otra muy distinta cuando el administrador es uno. Para ejemplo un solo botón, el gobierno de la Colombia Humana, al que tanto le ha costado formular proyectos y ejecutar obras.
En la transición de un nuevo gobierno también juega el tema de la imagen, que suele estar bien arriba en los primeros meses y luego va cayendo, cuando la sensación va pasando y vamos aterrizando en el hecho de que las dificultades, las problemáticas y los retos prácticamente son los mismos que en los gobiernos anteriores, al igual que los recursos, por regla general esquivos y escasos.
En el caso del alcalde de Pereira, lo que se percibe es que el optimismo se mantiene, que sigue teniendo el favor y la esperanza de la gente, que ha venido entendiendo que el estilo disruptivo de Mauricio Salazar, de involucrarse conversando con los habitantes de calle, haciendo parte de los operativos de seguridad ciudadana o de las intervenciones de la Secretaría de Salud en los establecimientos de comercio, no son flor de un día y por el contrario reflejan el talante y el sello propio con el que podremos seguir contando.
miércoles, 5 de junio de 2024
Miscelánea - Cuelga tu
Por James Cifuentes Maldonado
La tecnología revolucionó el uso del teléfono, pasando de la modalidad fija a la móvil hace unos 30 años, con una mayor disponibilidad de los usuarios y la inmediatez de la comunicación.
Lo normal antes, si a uno lo llamaban al celular, salvo que se tratara de avanzadas horas de la noche o de la mañana, era que uno contestara, porque conversar en tiempo real o sostener un diálogo de viva voz era lo más eficiente, en tanto los mensajes cortos de texto no eran una buena opción; luego apareció el pin de BlackBerry y posteriormente el WhatsApp, que permitieron comunicaciones de texto simultáneas, en las cuales luego se pudieron compartir archivos con contenidos audiovisuales; una maravilla para comunicarnos, para entretenernos y, lo que creo más importante, la utilidad y el impacto que ello significó en términos de productividad en el ámbito laboral, con la segunda gran revolución luego de la movilidad, la interacción a través de los grupos; hoy por hoy un usuario promedio puede pertenecer a unos 10 o 20 grupos de WhatsApp entre familiares, de amigos y de trabajo.
A donde quiero llegar con esta disertación no es al hecho de lo mucho que ahora se puede hacer con el teléfono móvil y con las aplicaciones sino a lo mucho que dejamos de hacer, ya que irónicamente, pudiendo dialogar más ya no lo hacemos tanto. Según el diccionario dialogar significa comunicarse con palabras, hablar, conversar, platicar, charlar, departir, parlamentar; pero resulta que ahora la gente no habla, no conversa, no dialoga, con el placer y la claridad que ello conlleva; no, ahora la gente, cuando no se envía mensajes de texto, se envía audios.
Hacer llamadas de audio por la red de telefonía y aún por las aplicaciones como WhatsApp, que dicen son más seguras, son prácticas en vía de extinción; en su lugar, quizás por la aparente comodidad de que la comunicación no tiene que ser continua, ya que entre audio y audio pueden pasar minutos, horas y hasta semanas, la gente se comunica a través de grabaciones de voz. Aparentemente esa forma de comunicarse, muy utilizada por los jóvenes, es funcional y es inofensiva, sin embargo llamo la atención sobre los riesgos.
Intercambiar audios de manera indiscriminada y descontrolada, sin considerar la posibilidad del mal uso que nuestros interlocutores hagan de esos audios, es peligroso, máxime cuando las grabaciones pueden darse en estados de animosidad, de alteración y se dicen cosas altisonantes, agresivas, indiscretas o incluso ofensivas o hirientes no solo para los destinatarios directos del audio sino para terceras personas que en principio no hacen parte de la “conversación” a los que luego les pueden compartir esos audios, incluso editados. En muchos casos hay un exceso de confianza y una gran imprudencia al sostener comunicaciones a través de audios.
En materia de comunicaciones los códigos sociales han cambiado, cada vez llamamos menos por teléfono, porque eso se ha vuelto exótico, muy raro y hasta mal visto; ya no es normal o natural simplemente marcar el número para hablar, para dialogar de manera expedita, porque corremos el gran riesgo de molestar y ser inoportunos, por esa razón ha hecho carrera que si uno quiere hablar con alguien debe primero ponerle un mensaje consultándole si se puede.
A esto hemos llegado. En un futuro ya no habrá más “cuelga tu … no,
cuelga tu”.